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VISITA PASTORAL A KAZAJSTÁN
ENCUENTRO CON LOS JÓVENES

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Astana - Universidad Eurasia
Domingo 23 de septiembre de 2001

 

Amadísimos jóvenes: 

1. Con gran alegría me encuentro con vosotros y os agradezco la cordial acogida. Saludo en particular al señor rector y a las autoridades académicas de esta reciente y ya prestigiosa universidad. Su nombre mismo, Eurasia, indica su peculiar misión, que es la misma de vuestro gran país, situado como encrucijada entre Europa y Asia:  misión de puente entre dos continentes, entre sus respectivas culturas y tradiciones, entre los diversos grupos étnicos que os habéis encontrado aquí  a lo largo de los siglos.

En realidad, la convivencia y la armonía entre pueblos diferentes que existe en vuestro país puede señalarse al mundo como signo elocuente de la llamada de todos los hombres a vivir juntos en paz, esforzándose por conocerse y acogerse recíprocamente, descubriendo progresivamente y valorando las tradiciones propias de cada uno. Kazajstán es tierra de encuentro, de intercambio y de novedad; tierra  que estimula en cada uno el interés por nuevos descubrimientos e impulsa a vivir la diversidad no como amenaza sino como enriquecimiento.

Con esta convicción, queridos jóvenes, os saludo a cada uno. A todos digo con corazón de amigo:  ¡la paz esté con vosotros!, ¡la paz colme vuestro corazón! Sentíos llamados a ser artífices de un mundo mejor. Sed constructores de paz, porque una sociedad sólidamente fundada en la paz tiene un gran porvenir.

2. Al preparar este viaje, me pregunté qué querrían escuchar del Papa los jóvenes de Kazajstán, qué querrían preguntarle. Conozco a los jóvenes y sé que se interesan por las cuestiones fundamentales. Probablemente la primera pregunta que desearíais hacerme es esta:  "¿Quién soy yo, según tu opinión, Papa Juan Pablo II, según el Evangelio que anuncias? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Cuál es mi destino?". Mi respuesta, queridos jóvenes, es sencilla, pero de enorme alcance:  Mira, tú eres un pensamiento de Dios, tú eres un latido del corazón de Dios. Afirmar esto es como decir que tú tienes un valor, en cierto sentido, infinito, que cuentas para Dios en tu irrepetible individualidad.

Así podéis comprender, queridos jóvenes, por qué me presento a vosotros, esta tarde, con respeto y emoción, y os miro con gran afecto y confianza. Me alegra encontrarme con vosotros, descendientes del noble pueblo kazajo, orgullosos de vuestro indomable anhelo de libertad, tan vasto como la estepa en la que habéis nacido. Habéis pasado vicisitudes diversas, marcadas por el sufrimiento. Ahora estáis aquí sentados, uno al lado de otro, y os sentís amigos, no porque hayáis olvidado el mal que ha habido en vuestra historia, sino porque con razón os interesa más el bien que podéis construir juntos. En efecto, no existe auténtica reconciliación que no desemboque generosamente en un compromiso común.

Sed conscientes del valor único que cada uno de vosotros posee y sabed aceptaros en vuestras respectivas convicciones, pero buscando juntos la verdad plena. Vuestro país ha sufrido la violencia mortificante de la ideología. Ahora, no os dejéis arrastrar por la violencia, no menos destructora que la "nada". Si en la vida no se busca algo que valga la pena, si no se cree en nada, se produce un vacío asfixiante. La nada es la negación del infinito, que vuestra vasta estepa evoca con fuerza, de aquel Infinito al que aspira de modo irresistible el corazón del hombre.

3. Me han dicho que en vuestra hermosísima lengua, el kazajo, "te amo" se dice:  "mien siené jaksè korejmen", expresión que se puede traducir:  "yo te miro bien, tengo puesta sobre ti una mirada buena". El amor del hombre, pero antes aún el amor mismo de Dios al hombre y a la creación nace de una mirada buena, una mirada que hace ver el bien e impulsa a hacer el bien:  "Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien", dice la Biblia (Gn 1, 31). Esa mirada permite captar todo lo que hay de positivo en la realidad y lleva a considerar, más allá de un enfoque superficial, la belleza y el valor de todo ser humano que nos sale al encuentro.

Surge espontáneamente la pregunta:  "¿Qué es lo que hace bello y grande al ser humano?". He aquí la respuesta que os propongo:  lo que hace grande al ser humano es la huella de Dios que lleva en sí mismo. Según las palabras de la Biblia, ha sido creado "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 1, 26). Precisamente por esto, el corazón del hombre nunca está satisfecho:  quiere algo mejor, quiere más, lo quiere todo. Ninguna realidad finita lo colma y lo deja tranquilo. Decía san Agustín de Hipona, el antiguo Padre de la Iglesia:  "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti" (Confesiones, I, 1). De esta misma intuición brota la pregunta que vuestro gran pensador y poeta Ahmed Jassavi repite con frecuencia en sus versos:  "¿Para qué sirve la vida, si no es para ser donada, para ser donada al Altísimo?".

4. Queridos amigos, estas palabras de Ahmed Jassavi entrañan un gran mensaje. Recuerdan lo que la tradición religiosa define como "vocación". Al dar la vida al hombre, Dios le encomienda una tarea y espera de él una respuesta. Afirmar que la vida del hombre, con sus vicisitudes, alegrías y dolores, tiene como fin "ser donada al Altísimo" no constituye una disminución o una renuncia. Más bien, es la confirmación de la altísima dignidad del ser humano:  creado a imagen y semejanza de Dios, está llamado a convertirse en su colaborador para transmitir la vida y someter la creación (cf. Gn 1, 26-28).

El Papa ha venido para deciros precisamente esto:  hay un Dios que os ha pensado y os ha dado la vida. Os ama personalmente y os encomienda el mundo. Es él quien suscita en vosotros la sed de libertad y el deseo de conocer. Permitidme profesar ante vosotros, con humildad y orgullo, la fe de los cristianos:  Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre hace dos mil años, vino a revelarnos esta verdad con su persona y su doctrina. Sólo en el encuentro con él, Verbo encarnado, el hombre halla plenitud de autorrealización y felicidad. La religión misma, sin una experiencia de descubrimiento con asombro y de comunión con el Hijo de Dios, que se hizo nuestro hermano, se reduce a una suma de principios cada vez más difíciles de entender y de reglas cada vez más duras de soportar.

5. Queridos amigos, intuís que ninguna realidad terrena os podrá satisfacer plenamente. Sois conscientes de que la apertura al mundo no basta para colmar vuestra sed de vida y que la libertad y la paz sólo pueden venir de Otro, infinitamente más grande que vosotros, pero familiarmente cercano a vosotros.

Reconoced que no sois los dueños de vosotros mismos, y abríos a Aquel que os ha creado por amor y quiere hacer de vosotros personas dignas, libres y hermosas. Yo os aliento a tomar esta actitud de apertura confiada:  aprended a escuchar en el silencio la voz de Dios, que habla en lo más íntimo de cada uno; poned bases sólidas y seguras en la construcción del edificio de vuestra vida; no tengáis miedo al compromiso y al sacrificio, que exigen hoy empeñar todas las fuerzas, pero que son garantía de éxito en el futuro. Así descubriréis la verdad sobre vosotros mismos y se abrirán incesantemente ante vosotros nuevos horizontes.

Queridos jóvenes, tal vez estas palabras os parezcan anticuadas. Pero yo creo que son muy actuales y esenciales para el hombre moderno, que a veces concibe la idea ilusoria de que es todopoderoso porque ha realizado grandes progresos científicos y ha logrado controlar, de algún modo, el complejo mundo tecnológico. Pero el hombre tiene un corazón:  si la inteligencia dirige las máquinas, el corazón late por la vida. Dad a vuestro corazón recursos vitales, permitid a Dios entrar en vuestra existencia y quedará iluminada por su luz divina.

6. He venido a vosotros para animaros. Estamos en el alba de un nuevo milenio:  es una época importante para el mundo, porque cada vez se está difundiendo más entre la gente la convicción de que no podemos seguir viviendo tan divididos. Por desgracia, aunque las comunicaciones resulten cada día más fáciles, a menudo las diferencias se sienten de modo incluso dramático. Os exhorto a trabajar por un mundo más unido, y a hacerlo en la vida ordinaria, dando la contribución creativa de un corazón renovado.

Vuestro país cuenta con vosotros y espera mucho de vosotros con vistas al futuro:  vuestra nación seguirá la ruta que le imprimáis con vuestras opciones. ¡El Kazajstán de mañana tendrá vuestro rostro! Sed valientes e intrépidos, y no quedaréis defraudados.

Os acompañen la protección y la bendición del Altísimo, que invoco sobre cada uno de vosotros, sobre vuestros seres queridos y sobre toda vuestra vida.

* * *

Al final del encuentro, el Papa pronunció en italiano estas palabras: 

Quiero expresar mi profundo agradecimiento por este encuentro con la universidad. La universidad ha estado muy cercana a mí. Y me alegra mucho encontrarme con ella aquí, porque es el fundamento de la cultura nacional y del desarrollo nacional. La cultura es el fundamento de la identidad de un pueblo. Muchas gracias.

 

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