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VISITA PASTORAL A KAZAJSTÁN ENCUENTRO
CON EL MUNDO DE LA CULTURA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Astana,
24 de septiembre de 2001
Señor presidente de la República; amables señoras;
ilustres señores:
1. Con gran alegría me encuentro con vosotros esta tarde. A todos saludo
con respeto y afecto, a la vez que doy las gracias al que, con nobles palabras,
ha expresado los sentimientos de todos los presentes. He aceptado con gusto la
invitación a pasar unos momentos con vosotros, para manifestar una vez más la
atención y la confianza con las que la Iglesia católica y el Papa miran a los
hombres de la cultura. En efecto, soy consciente de la insustituible
contribución que podéis dar al estilo y a los contenidos de la vida de la
humanidad con la investigación honrada y la expresión eficaz de la verdad y
del bien.
Hombres de la cultura, del arte y de la ciencia, Kazajstán ha heredado una
historia que vicisitudes complejas y a menudo dolorosas han enriquecido con
tradiciones diversas, hasta el punto de que hoy ha llegado a ser un ejemplo
singular de sociedad pluriétnica, pluricultural y pluriconfesional. Podéis
estar orgullosos de vuestra nación, conscientes de la gran tarea que tenéis
con vistas a la preparación del futuro. Pienso, particularmente, en los jóvenes,
que tienen derecho a esperar de vosotros un testimonio de ciencia y sabiduría,
transmitida a ellos a través de la enseñanza y sobre todo con el ejemplo de la
vida.
2. Kazajstán es un gran país, que a lo largo de los siglos ha cultivado una
cultura local viva y rica en fermentos, entre otras causas gracias a la
aportación de exponentes de la cultura rusa, deportados aquí por el régimen
totalitario.
¡Cuántas personas han recorrido vuestra tierra! Me complace recordar, en
particular, el diario del viajero y comerciante veneciano Marco Polo, quien, ya
en la Edad Media, describió con admiración las cualidades morales y la riqueza
de las tradiciones de los hombres y mujeres de la estepa. La enorme extensión
de vuestras llanuras, el sentido de la fragilidad humana alimentado por la
violencia de las fuerzas de la naturaleza, la percepción del misterio escondido
tras los fenómenos captados por los sentidos, todo favorece en vuestro pueblo la
apertura a los interrogantes fundamentales del hombre y la búsqueda de
respuestas significativas para la cultura universal.
Ilustres señores y señoras, estáis llamados a difundir en el mundo la rica
tradición cultural de Kazajstán: tarea ardua y a la vez fascinante,
que os compromete a descubrir sus elementos más profundos para recogerlos en
armoniosa síntesis.
Un gran pensador de vuestra tierra, el maestro Abai Kunanbai, los expresaba así:
"El hombre no puede ser hombre si no percibe los misterios visibles y
ocultos del universo, si no busca una explicación para cada cosa. Aquel que
renuncia a hacerlo no se distingue en nada de los animales. Dios ha hecho al
hombre diferente de los animales dotándole de un alma..." (Dichos, cap.
7).
3. No podemos por menos de captar la profunda sabiduría de estas palabras,
que parecen un comentario a la inquietante pregunta que planteó Jesús en el
Evangelio: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si
arruina su vida?" (Mc 8, 36). Existen en el corazón del hombre
preguntas inevitables; el hombre que las ignora no se hace más libre, sino más
débil, y a menudo acaba a merced de sus propios instintos, así como de la
prepotencia de los demás.
"Si el corazón no desea ya nada -dice también Abai Kunanbai-, ¿quién
puede despertar el pensamiento? (...) Si la razón deja de buscar, pierde toda
su profundidad. (...) Un pueblo digno de este nombre, ¿puede prescindir de la
razón?" (Poesía 12).
Preguntas como estas son de índole religiosa, en el sentido de que
remiten a aquellos valores supremos que tienen en Dios su fundamento último. A
su vez, la religión no puede por menos de afrontar esos interrogantes
existenciales si no quiere perder el contacto con la vida.
4. Los cristianos saben que en Jesús de Nazaret, llamado Cristo, se halla
la respuesta exhaustiva a los interrogantes que el hombre lleva en su corazón.
Las palabras de Jesús, sus gestos y, finalmente, su misterio pascual lo
revelaron como Redentor del hombre y Salvador del mundo. De esta "buena
nueva", que desde hace dos mil años transmiten innumerables hombres y
mujeres en todas las partes de la tierra, el Papa está hoy ante vosotros
como testigo humilde y convencido, respetando plenamente la búsqueda que
otras personas de buena voluntad están realizando por caminos diversos. Quien
ha encontrado la verdad en el esplendor de su hermosura no puede por menos de
sentir la necesidad de hacer partícipes de ella también a los demás. Antes
que una obligación derivada de una norma, para el creyente se
trata de la necesidad de compartir con todos el Valor supremo de su existencia.
Por esto -aun dentro del marco de un sano laicismo del Estado, llamado por su
función a garantizar a cada ciudadano, sin diferencia de sexo, raza o
nacionalidad, el derecho fundamental a la libertad de conciencia-, es preciso
afirmar y defender el derecho del creyente a testimoniar públicamente su fe.
Una auténtica religiosidad no puede reducirse a la esfera de lo privado ni
encerrarse en espacios restringidos y marginales de la sociedad. La belleza de
los nuevos edificios sagrados, que se comienzan a ver casi por doquier en el
nuevo Kazajstán, es un signo muy positivo de renacimiento espiritual y permite
presagiar un buen futuro.
5. Incluso los centros de educación y cultura no podrán por menos
de salir beneficiados con la apertura al conocimiento de las experiencias
religiosas más vivas y significativas en la historia de la nación. En el
Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 2001, puse en
guardia contra "la servil aceptación" de la cultura occidental,
afirmando que "por su destacado carácter científico y técnico, los
modelos culturales de Occidente son fascinantes y atrayentes, pero, por
desgracia, cada vez con mayor evidencia muestran un progresivo empobrecimiento
humanístico, espiritual y moral. La cultura que los produce está marcada por
la dramática pretensión de querer realizar el bien del hombre prescindiendo de
Dios, Bien supremo" (n. 9: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 15 de diciembre de 2000, p. 10).
Escuchemos de nuevo al gran maestro Abai Kunanbai: "La prueba de la
existencia de un Dios único y todopoderoso es que desde hace muchos milenios
los hombres hablan en lenguas diferentes de esta existencia y todos, sea cual
sea su religión, atribuyen a Dios el amor y la justicia. En el origen de la
humanidad se encuentran el amor y la justicia. Aquel en quien dominan los
sentimientos del amor y la justicia es un verdadero sabio" (Dichos,
cap. 45).
En este contexto, y precisamente aquí, en esta tierra abierta al encuentro y al
diálogo, y ante una asamblea tan cualificada, deseo reafirmar el respeto de la
Iglesia católica por el islam, el auténtico islam: el islam que ora, que
sabe ser solidario con los necesitados. Recordando los errores del pasado,
incluso reciente, todos los creyentes deben aunar sus esfuerzos para que nunca más
Dios sea rehén de las ambiciones de los hombres. El odio, el fanatismo y el
terrorismo profanan el nombre de Dios y desfiguran la auténtica imagen del
hombre.
6. Me complace ver y saludar en vosotros, aquí presentes, ilustres señores
y señoras, a "investigadores de la verdad", dedicados a transmitir a
las nuevas generaciones de este gran país los valores en los que han de fundar
su propia existencia personal y social. Sin un sólido arraigo en esos valores,
la vida es como un árbol de ramas frondosas, que el viento de la prueba puede fácilmente
sacudir y arrancar.
Gracias, señor presidente; gracias, señores y señoras representantes del
mundo de la cultura de Kazajstán. Al final de este encuentro, con el que en
cierto sentido concluye mi visita a vuestro fascinante país, deseo aseguraros,
además de la colaboración efectiva, la oración más sincera del Papa y de
toda la Iglesia católica al Dios altísimo y todopoderoso, para que Kazajstán,
fiel a su vocación euroasiática natural, siga siendo tierra de encuentro y
acogida, en la que los hombres y mujeres de los dos grandes continentes
puedan vivir muchos días de prosperidad y paz.
* * * * * * *
Al final del encuentro con el mundo de la cultura, el Santo Padre dirigió
las siguientes palabras:
Quiero dar las gracias cordialmente por este encuentro con la cultura de
Kazajstán. El encuentro con la cultura es siempre el corazón del encuentro con
un pueblo. Muchas gracias por haberme abierto vuestro corazón y vuestra
cultura, al final de mi visita a vuestro país. Gracias de todo corazón.
En polaco dijo:
En mi memoria y en mi corazón quedará grabada esta visita a Kazajstán. Os
agradezco todo lo que habéis hecho por mí, todo lo que han hecho el señor
presidente y sus colaboradores. A Kazajstán, a su pueblo y a su sociedad, a los
representantes del Gobierno, a la Iglesia del país, y a todas las comunidades
religiosas, deseo la bendición de Dios por muchos años, por un futuro mejor.
Terminó diciendo en ruso:
Os deseo larga vida, al presidente, a los representantes del Estado y a todo
el pueblo.
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