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DECLARACIÓN COMÚN DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II Y SU SANTIDAD KAREKIN II
La celebración del XVII centenario de la proclamación del
cristianismo como religión de Armenia nos ha reunido a nosotros, Juan Pablo II,
Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica, y Karekin II, Patriarca supremo
y Catholicós de todos los armenios; damos gracias a Dios por brindarnos esta
feliz oportunidad de unirnos de nuevo en la oración común, para alabar su santísimo
nombre. Bendita sea la santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora
y por siempre.
Al conmemorar este extraordinario acontecimiento, recordamos con reverencia,
gratitud y amor al gran confesor de nuestro Señor Jesucristo, san Gregorio el
Iluminador, así como a sus colaboradores y sucesores, los cuales no sólo han
iluminado al pueblo de Armenia, sino también a otros en las regiones vecinas
del Cáucaso. Gracias a su testimonio, entrega y ejemplo, el pueblo armenio en
el año 301 después de Cristo fue inundado con la luz divina y se adhirió
totalmente a Cristo, como la verdad, la vida y el camino de salvación.
Los armenios han adorado a Dios como su Padre, han confesado a Cristo como su Señor
y han invocado al Espíritu Santo como su santificador; han amado a la Iglesia
apostólica universal como su Madre. El mandamiento supremo de Cristo -amar a
Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos- se ha
convertido en un estilo de vida para los armenios desde la antigüedad.
Sostenidos por su gran fe, eligieron dar testimonio de la verdad y aceptaron
morir cuando fue necesario, para participar en la vida eterna. Así, el martirio
por amor a Cristo se convirtió en una gran herencia para muchas generaciones de
armenios. El tesoro más precioso que una generación podía legar a la sucesiva
era la fidelidad al Evangelio, para que, con la gracia del Espíritu Santo, los
jóvenes llegaran a ser tan firmes como sus antepasados en el testimonio de la
verdad. El exterminio de un millón y medio de cristianos armenios, en lo que se
considera generalmente como el primer genocidio del siglo XX, y la siguiente
aniquilación de miles bajo el antiguo régimen totalitario, son tragedias que
todavía perduran en la memoria de la generación actual. Esos inocentes que
fueron asesinados sin motivo no han sido canonizados, pero muchos de ellos
fueron ciertamente confesores y mártires por el nombre de Cristo. Oramos por el
descanso de sus almas y exhortamos a los fieles a no perder jamás de vista el
sentido de su sacrificio. Damos gracias a Dios porque el cristianismo en Armenia
ha sobrevivido a las adversidades de los diecisiete siglos pasados, y porque la
Iglesia armenia ahora goza de libertad para cumplir su misión de proclamar la
buena nueva en la moderna República de Armenia y en muchas regiones cercanas y
lejanas, donde hay comunidades armenias.
Armenia es de nuevo un país libre, como en tiempos del rey Tirídates y de san
Gregorio el Iluminador. Durante los últimos diez años en la naciente República
ha sido reconocido el derecho de los ciudadanos de profesar libremente su religión.
En Armenia y en la diáspora se han fundado nuevas instituciones armenias, se
han construido iglesias y se han creado asociaciones y escuelas. En todo ello
reconocemos la mano amorosa de Dios, porque ha obrado milagros a lo largo de la
historia de una nación pequeña, que ha conservado su identidad peculiar
gracias a su fe cristiana. Por su fe y su Iglesia, el pueblo armenio ha
desarrollado una única cultura cristiana que es, sin duda alguna, una
contribución muy valiosa al tesoro del cristianismo en su conjunto.
El ejemplo de la Armenia cristiana atestigua que la fe en Cristo infunde
esperanza en cualquier situación humana, por difícil que sea. Oramos para que
la luz salvífica de la fe cristiana brille sobre los débiles y los fuertes,
sobre las naciones desarrolladas de este mundo y sobre las que están en vías
de desarrollo. Hoy, en particular, la complejidad y los desafíos de la situación
internacional exigen una elección entre el bien y el mal, entre las tinieblas y
la luz, entre la humanidad y la inhumanidad, entre la verdad y la mentira. Las
cuestiones actuales relativas a la ley, a la política, a la ciencia y a la vida
familiar atañen al significado mismo de la humanidad y de su vocación. Interpelan
a los cristianos de hoy, como a los mártires de otros tiempos, a dar testimonio
de la verdad, incluso con el riesgo de pagar un precio muy alto.
Este testimonio será mucho más convincente si todos los discípulos de Cristo
profesan juntos la única fe y sanan las heridas de la división entre ellos.
Que el Espíritu Santo guíe a los cristianos y a todas las personas de buena
voluntad por el camino de la reconciliación y de la fraternidad. Aquí, en la
santa Echmiadzin, renovamos nuestro solemne compromiso de orar y trabajar para
apresurar el día de la comunión entre todos los miembros de la grey fiel de
Cristo, respetando verdaderamente nuestras respectivas tradiciones
sagradas.
Con la ayuda de Dios, no haremos nada contra el amor, sino que, "teniendo
en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudiremos todo lastre y el pecado
que nos asedia, y correremos con perseverancia la prueba que se nos
propone" (cf. Hb 12, 1).
Exhortamos a nuestros fieles a orar sin cesar para que el Espíritu Santo nos
conceda a todos, como a los santos mártires de todos los tiempos y lugares, la
sabiduría y la valentía de seguir a Cristo, camino, verdad y vida.
Santa Echmiadzin, 27 de septiembre de 2001
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