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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DE LA PLENARIA
DEL DICASTERIO PARA LA VIDA CONSAGRADA

 

 

Señores cardenales;
venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio:
 

1. "A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo" (1 Co 1, 2-3).

Con el saludo del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto me dirijo ante todo a usted, señor cardenal Eduardo Martínez Somalo, que con tanto acierto y prudencia guía la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica. Extiendo mi saludo a los demás señores cardenales, a los venerados prelados y a los oficiales de la Congregación que participan en la plenaria, en la que se reflexiona sobre el profundo y sugestivo tema:  "Recomenzar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio".

Os agradezco la colaboración que prestáis a la Santa Sede en el estudio y el discernimiento de las orientaciones que conviene proponer a las personas consagradas. La Iglesia cuenta con la entrega constante de este selecto grupo de hijos e hijas suyos, con su deseo de santidad y con el entusiasmo de su servicio para "favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección" y fortalecer la "solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado" (Vita consecrata, 39). De este modo, se testimonia la presencia vivificante de la caridad de Cristo en medio de los hombres.

2. Sigue vivo el recuerdo del gran jubileo, al término del cual invité a toda la Iglesia a proseguir el itinerario espiritual emprendido, recomenzando con renovado vigor de la "contemplación del rostro de Cristo:  considerado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, y confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino" (Novo millennio ineunte, 15).

En este camino, que concierne a toda la comunidad eclesial, las personas consagradas, llamadas a "poner la propia existencia al  servicio  de la causa del reino de Dios, dejando todo e imitando de cerca la forma de vida de Jesucristo" (Vita consecrata, 14), desempeñan un papel eminentemente pedagógico para todo el pueblo de Dios. La escucha asidua de la Palabra, la alabanza frecuente al Padre, dador de todo bien, y el testimonio de una caridad operante con los hermanos más necesitados muestra a todos "el abismo  de  la riqueza, de la sabiduría  y  de la ciencia de Dios" (Rm 11, 33).

Para desempeñar este ministerio pedagógico en la Iglesia, la vida consagrada debe desarrollar relaciones espirituales y apostólicas cada vez más auténticas dentro del entramado ordinario de las comunidades cristianas, compartiendo los bienes espirituales:  el camino de fe y la experiencia de Dios, el carisma y los dones del Espíritu que la distinguen. Gracias a esta participación, madurará en cada comunidad eclesial un apoyo recíproco y más intenso. Cada uno se hará responsable del otro y, al mismo tiempo, necesitará de él, avanzando en la vida de fe según su carisma y su ministerio propio.

3. Es un compromiso importante, que requiere un renovado impulso de santidad. "La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el programa de las familias de vida consagrada, de tal modo que cada instituto y cada comunidad aparezcan como escuelas de auténtica espiritualidad evangélica" (Vita consecrata, 93). La vida diaria de los consagrados y las consagradas, iluminada por el contacto asiduo con el Señor en el silencio y la oración, por la gratuidad del amor y del servicio, especialmente en favor de los más pobres, testimonia que la libertad es fruto de haber encontrado la perla preciosa (cf. Mt 13, 45-46), Cristo, por quien se está dispuesto a abandonarlo todo, afectos y seguridades terrenas, diciendo con alegría:  Maestro, "te seguiré adondequiera que vayas" (Lc 9, 57). Este es el itinerario de tantos consagrados y consagradas en muchas partes de la tierra, que llegan incluso hasta el don supremo de su vida con el martirio.

En esta profunda relación de amor a Cristo y de camino espiritual tras sus huellas se halla encerrada toda esperanza de futuro para la vida consagrada, que requiere un compromiso personal, consciente, voluntario, libre y amoroso con vistas a la santidad. Los consagrados y las consagradas están llamados a mostrar en este camino una auténtica "profesionalidad" espiritual, afrontando con gozosa esperanza los sacrificios y las renuncias, las dificultades y las expectativas que conlleva y exige. Es el camino del regreso a la casa del Padre, que Cristo nos abrió y en el que nos precedió. Es renuncia y, al mismo tiempo, búsqueda; une los aspectos duros de la renuncia a los aspectos gozosos del amor (cf. Lc 9, 23 ss). Los consagrados y las consagradas, fieles a su vocación, podrán un día cantar jubilosos con el salmista:  "Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre. Dichosos los que encuentran en ti su fuerza al preparar su peregrinación:  cuando atraviesan áridos valles los convierten en oasis, como si  la  lluvia temprana los cubriera de bendiciones; caminan  de  baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión" (Sal 84, 5-8).

4. La pedagogía de la santidad se expresa de modo singular dando prioridad a la comunión que debe resplandecer en la vida consagrada de todos los tiempos. Cada comunidad religiosa está llamada a ser lugar donde se aprende naturalmente a orar, donde se educa a reconocer y a contemplar el rostro de Cristo, y donde se crece día a día en el seguimiento radical del Señor, buscando con sinceridad la verdad sobre uno mismo y orientándose decididamente al servicio del reino de Dios y de su justicia.

Compartir la fe, con humildad y empeño, lleva a la comunión auténtica. En efecto, no sólo impulsa a poner en común los dones de bondad y gracia, sino también los límites y la pobreza de cada persona. Los bienes de gracia y bondad se comparten para que alimenten la santidad de todos; se participa de la pobreza humana y espiritual de cada uno, para asumirla y celebrar juntos la misericordia del Padre.

Así, la auténtica comunión en Cristo promueve un nuevo estilo de apostolado. El anuncio del evangelio de la vida consagrada, cuando parte de una fraternidad intensa y generosa, llega a ser cada vez más vivo y eficaz. Es lo que nos enseña el apóstol san Juan en su primera carta:  "Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (...) os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros" (1 Jn 1, 1. 3).

De este modo, también lo más típico de la vida consagrada, como por ejemplo los votos o su espiritualidad peculiar, se convierte en un don recibido que no se ha de guardar celosamente para sí, sino que hay que comunicar humilde y generosamente al pueblo de Dios con la palabra y el testimonio, para que todos, incluidos los que se hallan alejados o parecen hostiles, conozcan y comprendan la profunda novedad del cristianismo.

5. En la historia de la Iglesia la vida consagrada ha estado siempre en primera línea en la obra de evangelización. También hoy se hace peregrina, camina junto a toda persona, comparte sus vicisitudes, inflama su corazón con el amor recibido en la contemplación del rostro de Cristo, y la conduce a las fuentes de agua viva de la gracia divina, compartiendo con ella el pan de la Eucaristía y de la caridad. En este itinerario misterioso, hecho de entrega y acogida, de renuncias y conquistas, los consagrados aprenden a reconocer las provocaciones y los desafíos de la sociedad actual.

Al seguir a Cristo pobre, casto y obediente, con todo su corazón y con todas sus fuerzas, brindan el testimonio de una existencia capaz de dar sentido y esperanza a todo compromiso personal y, por tanto, de una existencia alternativa al modo de vivir del mundo.

Este testimonio es el camino más eficaz para fomentar las vocaciones a la vida consagrada. Sí, es preciso presentar a los jóvenes el rostro de Cristo contemplado en la oración y servido tiernamente en los hermanos con amor gratuito. Debemos convencernos de que "no será una fórmula lo que nos salve, sino una Persona" (Novo millennio ineunte, 29). Jesús nos asegura:  "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). No sólo debemos "hablar" de él; debemos también "mostrarlo" con el testimonio audaz de la fe y de la caridad. Cristo debe convertirse en el punto de referencia seguro; su rostro, en la fuente de luz, fuerte y misericordiosa, que ilumina el mundo. Solamente en él se encuentra la energía sobrenatural que puede transformar el mundo según el designio divino.

Deseando a todos un sereno y fecundo trabajo bajo la guía luminosa del Espíritu Santo, os imparto con afecto a cada uno de vosotros y a todos los miembros de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, mi paterna bendición apostólica.

Vaticano, 21 de septiembre de 2001

 

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