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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ACADEMIA PONTIFICIA DE CIENCIAS SOCIALES

Jueves 11 de abril de 2002

 

Señor presidente;
excelencia;
señoras y señores académicos:
 

1. Me alegra acogeros con ocasión de la VIII asamblea plenaria de la Academia pontificia de ciencias sociales. Saludo en particular al señor Edmond Malinvaud, vuestro presidente, al que expreso mi gratitud por las palabras que acaba de dirigirme en nombre de todos vosotros, y doy las gracias también a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo y a todas las personas que coordinan los trabajos de vuestra academia. Con vuestras competencias, habéis elegido proseguir vuestra reflexión sobre los temas de la democracia y la globalización, iniciando así la investigación sobre la cuestión de la solidaridad entre las generaciones. Esta reflexión es valiosa para el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, para la educación de los pueblos y para la participación de los cristianos en la vida pública, en todas las instancias de la sociedad civil.

2. Vuestro análisis pretende también esclarecer la dimensión ética de las opciones que los responsables de la sociedad civil y todo hombre tienen que realizar. La creciente interdependencia entre las personas, las familias, las empresas y las naciones, así como entre las economías y los mercados -interdependencia que se suele llamar globalización-, ha cambiado el sistema de las interacciones y de las relaciones sociales. Aunque entraña aspectos positivos, también conlleva amenazas inquietantes, sobre todo el aumento de las desigualdades entre las economías poderosas y las dependientes, entre las personas que se benefician de nuevas oportunidades y las que son excluidas. Así pues, esto invita a pensar de un modo nuevo la cuestión de la solidaridad.

3. Desde esta perspectiva, y con el alargamiento progresivo de la vida humana, la solidaridad entre las generaciones debe ser objeto de gran atención, con una solicitud particular por los miembros más débiles, los niños y las personas ancianas. Antes, la solidaridad entre las generaciones era en numerosos países una actitud natural por parte de la familia; ahora se ha convertido también en un deber de la comunidad, que debe ejercerlo con espíritu de justicia y equidad, velando para que cada uno tenga su justa parte en los frutos del trabajo y viva dignamente en cualquier circunstancia.
Con el progreso de la era industrial, se ha visto que algunos Estados adoptaban sistemas de ayuda a las familias, principalmente por lo que concierne a la educación de los jóvenes y al sistema de pensiones. Conviene que se desarrolle la actitud de hacerse cargo de las personas a través de una verdadera solidaridad nacional, para que nadie se vea excluido sino que todos tengan acceso a la seguridad social. No se puede por menos de alegrarse de estos avances, aunque sólo se beneficie de ellos una pequeña parte de los habitantes del planeta.

Con este espíritu, corresponde en primer lugar a todos los responsables políticos y económicos emplear todos los medios posibles para que la globalización no se realice en detrimento de los más necesitados y de los más débiles, ensanchando aún más la brecha entre pobres y ricos, entre naciones pobres y ricas. Invito a los que tienen funciones de gobierno y a los responsables de la vida social a ser particularmente solícitos, reflexionando para tomar decisiones a largo plazo y crear equilibrios económicos y sociales, sobre todo para la puesta en práctica de sistemas de solidaridad que tengan en cuenta las transformaciones causadas por la globalización y eviten que estos fenómenos empobrezcan cada vez más a importantes sectores de ciertas poblaciones, o incluso de países enteros.

4. A escala mundial, es preciso programar y poner en práctica opciones colectivas a través de un proceso que favorezca la participación responsable de todos los hombres, llamados a construir juntos su futuro. Desde esta perspectiva, la promoción de modos democráticos de gobierno permite implicar a toda la población en la gestión de la res publica, "sobre la base de una recta concepción de la persona humana" (Centesimus annus, 46) y respetando los valores antropológicos y espirituales fundamentales. La solidaridad social supone salir de la simple búsqueda de intereses particulares, que deben valorarse y armonizarse "según  una equilibrada jerarquía de valores y, en última instancia, según una exacta comprensión de la dignidad y de los derechos de la persona" (ib., 47). Así pues, conviene esforzarse por educar a las generaciones jóvenes en un espíritu de solidaridad y en una verdadera cultura de apertura a lo universal y de atención a todas las personas, independientemente de su raza, cultura o religión.

5. Los responsables de la sociedad civil son fieles a su misión cuando buscan ante todo el bien común, respetando plenamente la dignidad del ser humano. La importancia de las cuestiones que afrontan nuestras sociedades y de los desafíos del futuro debe impulsar a todos a buscar este bien común para un crecimiento armonioso y pacífico de las sociedades, así como para el bienestar de todos. Invito a los organismos de regulación que están al servicio de la comunidad humana, como las organizaciones intergubernamentales o internacionales, a apoyar, con rigor, justicia y comprensión, los esfuerzos de las naciones con vistas al "bien común universal". Así se asegurarán poco a poco las modalidades de una globalización no impuesta, sino controlada.

En realidad, corresponde a la esfera política regular los mercados y someter las leyes del mercado a las de la solidaridad, para que las personas y las sociedades no queden a merced de todo tipo de cambios económicos y estén protegidas de las sacudidas vinculadas a la falta de regulación de los mercados. Por tanto, aliento una vez más a los protagonistas de la vida social, política y económica a desarrollar las posibilidades de la cooperación entre personas, empresas y naciones, para que la gestión de la tierra se realice teniendo en cuenta a las personas y a los pueblos, y no exclusivamente el lucro. Los hombres están llamados a salir de su egoísmo y a mostrarse más solidarios. Ojalá que la humanidad de hoy, en su camino hacia una unidad, una solidaridad y una paz mayores, transmita a las generaciones futuras los bienes de la creación y la esperanza en un futuro mejor.

Renovándoos la seguridad de mi estima y mi agradecimiento por el servicio que prestáis a la Iglesia y a la humanidad, invoco sobre vosotros la asistencia del Señor resucitado y, de todo corazón, os imparto la bendición apostólica a vosotros, así como a vuestras familias y a todos vuestros seres queridos.

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