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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL BOLIVIANA
EN VISITA "AD LIMINA"

Sábado 13 de abril de 2002

 

Queridos Hermanos en el Episcopado: 

1. Me es grato recibiros hoy, con ocasión de la visita ad limina, que, tras un largo recorrido, os ha traído a Roma para renovar vuestro compromiso pastoral ante las tumbas de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y fortalecer los vínculos con esta Sede de Pedro y sus Sucesores, en los que reside "el principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión" (Lumen gentium, 18).

Agradezco cordialmente al Señor Cardenal Julio Terrazas, Arzobispo de Santa Cruz y Presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana, las amables palabras que me ha dirigido, expresándome con ellas vuestro afecto y adhesión, y haciéndome partícipe al mismo tiempo de las esperanzas e inquietudes propias de vuestra generosa entrega al ministerio pastoral.

Al encontrarme con sus Pastores, pienso con especial afecto en el querido pueblo boliviano, su grey, que ha tenido la gracia de acoger el mensaje de Cristo desde los primeros momentos de la Evangelización del Continente americano y que ahora se encuentra ante el apasionante desafío de transmitirlo, íntegro y fecundo, a las generaciones de un nuevo milenio.

2. En este sentido, me complace constatar cómo el Gran Jubileo del año 2000 ha marcado también profundamente la vida eclesial boliviana, con diversas celebraciones diocesanas y nacionales que han contado con numerosa participación y han significado un especial impulso para el crecimiento de la vida cristiana. En esta ocasión, también la Iglesia boliviana "se ha convertido, más que nunca, en pueblo peregrino, guiado por Aquél que es "el gran Pastor de las ovejas" (Hb 13, 20)" (Novo millennio ineunte, 1). Por eso reitero a todos los Pastores, sacerdotes, religiosos y religiosas, catequistas y demás agentes de pastoral, lo que ya dije el año pasado a los sacerdotes:  "hoy deseo agradecer a cada uno de vosotros todo lo que habéis hecho durante el Año Jubilar para que el pueblo confiado a vuestro cuidado experimentara de modo más intenso la presencia salvadora del Señor resucitado" (Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo de 2001, 3).

La rica experiencia de un momento tan significativo para la historia de la Iglesia y la humanidad no ha de quedarse en meros recuerdos, sino que ha de ser escuela y aliciente para un nuevo dinamismo evangelizador, pues "en la causa del Reino, no hay tiempo para mirar para atrás, y menos aún para dejarse llevar por la pereza" (Novo millennio ineunte, 15). No faltan en vuestras comunidades eclesiales retos importantes a los que debéis hacer frente. Deseo alentaros de corazón en este cometido, tantas veces sembrado de dificultades en apariencia insolubles, recordando que Jesús mismo envió a los suyos a predicar sin llevar nada consigo (cf. Mt 10, 9-10) y que Pedro, tras fiarse plenamente de la palabra del Maestro, obtuvo una pesca tan abundante como insospechada (cf. Lc 5, 6).

3. Si bien no faltan indicios que alimentan la esperanza de un incremento de las vocaciones sacerdotales y religiosas, sé bien que éste es unos de los aspectos que más os apremian en el afán de hacer más incisivo el anuncio del Evangelio, más completa y organizada la atención pastoral al Pueblo de Dios, más rica y floreciente la búsqueda de la santidad en todas las comunidades eclesiales. Por eso se ha de insistir incansablemente en la oración al "Dueño de la mies" (cf. Mt 9, 38) para que siga bendiciendo a Bolivia con el precioso don de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en sus diversas formas. El anuncio de Cristo ha de hacerse eco también de su invitación a seguirle en el camino específico de la vida sacerdotal o de especial consagración, y suscitar la experiencia de aquellos discípulos que "oyeron hablar así y siguieron a Jesús" (Jn 1, 37).

A ello se orienta la pastoral de las vocaciones, una de las grandes urgencias de nuestro tiempo, que ha de ser "amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y familias" (Novo millennio ineunte, 46). Nadie puede sentirse  eximido de esta responsabilidad que "pertenece a todo el Pueblo de Dios" (Ecclesia in America, 40).

Como Pastores, conocéis bien lo delicado de esta labor que, si por un lado requiere la audacia de hacerse mediadores de la llamada del Maestro a través de una propuesta directa y personal, exige también un paciente acompañamiento espiritual y la indomable esperanza propia del sembrador, que continúa su tarea aun sabiendo lo incierto de la cosecha.

4. Ha de ponerse, además, un especial cuidado en la formación de los candidatos al sacerdocio y la vida consagrada, pues la penuria de los llamados a proclamar y dar testimonio del Evangelio nunca justifica que no se exija la debida idoneidad para esta crucial misión de la Iglesia. Por eso, se les debe brindar una sólida preparación teológica y una profunda espiritualidad, con el fin de que comprendan y acepten con gozo las exigencias del ministerio y la consagración, dando prueba de que son capaces de "gastar" toda la vida por Cristo (cf. 2 Co 12, 15) y de poner los propios talentos al servicio de la Iglesia, lo cual da pleno sentido a la existencia personal y la colma en todos sus aspectos.

Os invito, pues, a seguir infundiendo aliento a vuestros seminaristas y sacerdotes, sin tener miedo a presentar y exigir enteramente los requisitos que la Iglesia, inspirada en el modelo del Buen Pastor, pide para sus ministros ordenados. Pienso en la necesaria fraternidad sacerdotal, sin forma alguna de animadversión, prejuicio o discriminación; en la indispensable obediencia y comunión, sin reticencias, con el propio Obispo, al que deben prestar con gozo y generosidad su entera disponibilidad; en el aprecio sincero y efectivo del celibato y en el desapego ante los bienes materiales (cf. Presbyterorum Ordinis, 14-17). Vuestra caridad pastoral sabrá encontrar el modo de que dichas exigencias, más que como simples y penosas renuncias, sean aceptadas y vividas con el corazón henchido de gozo de quien, "al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra" (Mt 13, 46). También sabéis lo decisivo que puede resultar en muchos casos el trato individual, afable y paternal del Obispo con sus sacerdotes, interesándose también por los pormenores de la vida cotidiana que inciden en su ánimo personal y pastoral. Éste es precisamente uno de los ámbitos privilegiados para desarrollar el "espíritu de comunión" que ha de caracterizar la Iglesia del tercer milenio (cf. Novo millennio ineunte, 43).

5. No se ha de olvidar un aspecto tan importante para la mayoría de vuestras diócesis como es la presencia de numerosas personas consagradas, a las que agradezco muy cordialmente su contribución al servicio del Reino de Dios en Bolivia. Lo hacen en múltiples campos, según el carisma del propio Instituto, desde el apostolado directo en parroquias y misiones, a las obras educativas, sanitarias, o de asistencia social y caritativa. No solamente merecen el reconocimiento de los Pastores, sino el aliento continuo para sostener e incrementar su generosidad y entrega, en plena sintonía con las directrices de cada Iglesia particular. Esto les ayudará, además, a tomar una conciencia cada vez más viva de que su aportación a la vida de la comunidad eclesial no se limita a la eficacia material de sus servicios, sino que la enriquecen sobre todo por su testimonio, personal y comunitario, del Evangelio de las bienaventuranzas, por la presencia del propio carisma, que recuerda a todos la inconmensurable acción del Espíritu, y por ese importantísimo cometido de contribuir de una manera muy peculiar a que las comunidades lleguen a ser "auténticas escuelas de oración" (ibíd., 33).

6. También es un signo de vitalidad en muchas de las Iglesias particulares que presidís la presencia de numerosos laicos comprometidos, que "realizan, según su condición, la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo" (Lumen gentium, 31). Su papel adquiere una especial importancia en aquellos lugares donde resulta aún imposible contar con la presencia permanente de sacerdotes que presidan la comunidad. Su disponibilidad para promover la catequesis o animar encuentros de oración comunitaria y de lectura de la Palabra de Dios, merece el sincero reconocimiento de los Pastores que, a su vez, deberán esforzarse en dotarles de una formación teológica, litúrgica y espiritual, adecuada a los cometidos que les son asignados.

A este respecto, sin embargo, se debe procurar que el interés y dedicación a los servicios eclesiales no lleve, en ciertos casos, "a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político" (Christifideles laici, 2). En efecto, esta vocación específica de los laicos tiene una importancia decisiva en la sociedad actual, en la que, como sucede también en Bolivia, se producen rápidas y profundas transformaciones que requieren el respeto de los principios éticos y la iluminación de los valores evangélicos para que las realidades temporales se ordenen según Dios (cf. Lumen gentium, 31). Por eso, en la formación específica de los laicos no se deben escatimar medios, porque ellos son los llamados en primer lugar a concretar y hacer efectiva la doctrina social de la Iglesia.

Es importante, pues, que cada Obispo ponga un especial empeño en cumplir, también en este campo, su responsabilidad de "reunir y formar a toda la familia de su grey, de tal manera que todos, conscientes de sus deberes, vivan y actúen en comunión de amor" (Christus Dominus, 16).

Las diversas formas de asociación son un cauce adecuado para realizar este cometido entre los laicos y, por eso, han de ser atendidas, promovidas y saludadas como una verdadera "primavera del Espíritu" para la Iglesia (cf. Novo millennio ineunte, 33). Como Pastores, sabéis de sobra el bien inestimable que las diversas asociaciones laicales, cuando siguen los "criterios de eclesialidad" (cf. Christifideles laici, 30), pueden aportar tanto a la santificación de sus miembros como a la acción evangelizadora de la Iglesia.

7. Como en otras partes de Latinoamérica, en Bolivia sentís también preocupación por el avance proselitista de las sectas, que frecuentemente aprovechan las mismas raíces religiosas sembradas por la Iglesia en las gentes para apartarlas de quien las sembró. Es un fenómeno doloroso que a veces hace revivir la experiencia de Jesús cuando decía:  "Si digo la verdad, ¿por qué no me creéis?" (Jn 8, 46). Sin embargo, la firmeza de la fe y la plena confianza en la fuerza de la verdad misma para ganar los corazones es un precioso recurso para inspirar apropiadas acciones pastorales. Una de ellas es precisamente proclamar incesantemente el mensaje de Cristo de manera comprensible para todos, con "estilo llano, como conviene a la bondad de Dios" (S. Cipriano, A Donato, 2) y, al mismo tiempo, mostrando todo su vigor y atractivo. Hemos de aprender siempre de Jesús que, con su forma de actuar y su enseñanza, causaba el asombro de las gentes (cf. Lc 4, 32).

No faltan en la rica tradición boliviana medios expresivos adecuados, capaces de encauzar una vivencia profunda de fe, ni formas de piedad popular bien arraigadas que llegan al corazón del pueblo. La sencillez de éstas manifestaciones no se ha de confundir con la superficialidad de la fe. Ésta sí que ha de ser motivo de grave preocupación, sobre todo cuando se debe a una escasa atención personal a los fieles, según su propia condición, o a un retraimiento de la acción evangelizadora ante las expectativas más profundas de quien ansía oír en lo más íntimo de su ser aquellas palabras de Jesús:  "Hoy ha llegado la salvación a esta casa" (Lc 19, 9). En efecto, la experiencia demuestra que las sectas no prosperan donde la Iglesia vive intensamente la vida espiritual y se entrega al servicio de la caridad.

8. Queridos Hermanos, os ha tocado ejercer vuestro ministerio pastoral en unos momentos difíciles para el País, a causa de una situación social delicada, con diversos conflictos y brotes de violencia. Habéis aceptado ser parte de las iniciativas pacificadoras, con el único fin de favorecer el acercamiento y el diálogo entre las partes en conflicto.

En efecto, ésta es sólo una forma temporal de ejercer una labor más amplia, que integra la acción evangelizadora y lleva a la promoción de la justicia y de la solidaridad fraterna entre todos los ciudadanos. Con vosotros hago un llamado a todos los creyentes bolivianos a que, fundándose en la fe que profesan y en la esperanza en Cristo que los anima, se hagan paladines de una sociedad ajena a todo partidismo egoísta, a cualquier forma de violencia o a la falta de respeto de los derechos de la persona humana, especialmente el derecho a la vida.

9. Al terminar este encuentro, invoco sobre vosotros y vuestros diocesanos la maternal protección de Nuestra Señora de Copacabana, pidiéndole que vele por todos los bolivianos. Llevad el saludo y el afecto del Papa a los hogares, a las comunidades y parroquias, animándolos a ser difusores de los grandes ideales del Evangelio. Repito hoy cuanto dije en el Aeropuerto de Santa Cruz al terminar mi Viaje pastoral a vuestra patria en 1988:  "A todos os llevo en mi corazón y de todos guardaré un recuerdo imborrable" (Discurso, 14-5-1988, 2).

Con tales sentimientos os imparto de corazón la Bendición Apostólica, que complacido extiendo a todos los hijos e hijas de Bolivia.

    

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