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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA MISIÓN CIUDADANA DE LATINOAMÉRICA EN ROMA

Sábado 13 de abril de 2002

 

Queridos Hermanos y Hermanas de Latinoamérica en Roma: 

1. Me complace tener este encuentro, que me da la oportunidad de saludaros personalmente, con ocasión de la Misión Ciudadana promovida por la diócesis de Roma para vuestras comunidades.

Habéis solicitado esta audiencia para reafirmar vuestra devoción al Sucesor de Pedro, bella expresión de la fe propia de vuestras Naciones de origen. Os doy a todos mi más cordial bienvenida. Saludo de manera particular al Cardenal Vicario Camillo Ruini, y le agradezco las amables palabras que me ha dirigido.

Saludo y agradezco a los Señores Cardenales, a los Arzobispos y Obispos Latinoamericanos que han querido estar presentes, al Vicegerente, a los responsables de la Migrantes diocesana y al Capellán de vuestra comunidad, que han preparado y promovido la misión, así como a tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y misioneros laicos que han apoyado la iniciativa desde sus comienzos hasta la conclusión.

2. "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11, 28).

Esta es la invitación suave y firme del Salvador, que la misión ha hecho resonar en estos meses en el alma de tantos inmigrantes latinoamericanos. El cansancio y el desánimo de quien se siente oprimido, débil e indefenso, encuentran alivio en el encuentro de fe con el Señor, porque Él carga con nuestras penas y miserias más profundas, haciendo renacer el vigor y la esperanza para seguir viviendo. Aprendiendo de Él, manso y humilde de corazón, y siguiendo la vía de su Evangelio, podemos encontrar paz y serenidad también en los momentos más costosos y difíciles, porque su yugo es suave y su carga ligera (cf. Mt 11, 28-29). Se trata de una vivencia singular de amor y de misericordia que vosotros, queridos hermanos y hermanas latinoamericanos, habéis experimentado tantas veces en vuestras comunidades de origen, donde la fe en Cristo Salvador marca profundamente la vida personal y familiar, así como la cultura de vuestros Países.

Conservad con celo, testimoniándolo también aquí, en la tierra de emigración, el apego a vuestro patrimonio de fe y de cultura, rico de valores espirituales y de tradiciones religiosas que se expresan en el canto y en las fiestas, en la danza y en el atuendo, en las peregrinaciones y en la devoción popular a las imágenes del Señor, de la Virgen y de los Santos Patronos, como habéis manifestado con gran gozo y unidad durante esta misión.

Yo mismo, con ocasión de mis visitas a vuestros Países del querido Continente Latinoamericano, he podido experimentar directamente el calor, el entusiasmo y la alegría que la fe católica desencadena en el corazón de las personas, de las familias y de los jóvenes.

Este es el tesoro más preciado que cada uno de vosotros posee en lo más íntimo de sí y que da cohesión a vuestra unidad y solidaridad. La misión lo ha recalcado vigorosamente a todos los latinoamericanos a través del generoso compromiso de los misioneros -sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- que han llevado el Evangelio de Marcos a las casas, a las cárceles y hospitales, por las calles y a cualquier lugar donde podría encontrarse un hermano o hermana emigrado.

A ellos les doy las gracias de todo corazón, a la vez que les invito a proseguir con empuje esta obra de acercamiento capilar a los propios compatriotas, para hacer sentir a cada uno de ellos el amor de Cristo y el abrazo materno de la Iglesia, ofreciendo la posibilidad de consolidar la fe y la solidaridad con la propia comunidad étnica presente en la ciudad.

La misión ha reservado una atención particular a los jóvenes, a los que me dirijo para invitarles a que se hagan promotores de la evangelización entre sus coetáneos y en su comunidad. Os renuevo también a vosotros, queridos jóvenes latinoamericanos, la invitación del Señor, que preside la próxima Jornada mundial de Toronto:  ¡sed la sal de la tierra y la luz del mundo! Junto con los jóvenes de la Diócesis esforzaos por mantener vivo el anuncio del Evangelio en la ciudad y en el mundo juvenil, dando testimonio de la alegría que nace del encuentro con Jesucristo y con su Iglesia.

3. La misión ha podido aprovechar el eficaz apoyo de los centros pastorales que desde hace años operan en la ciudad y que procuran atender las necesidades espirituales y humanas de los inmigrantes, promoviendo la catequesis, las celebraciones litúrgicas y sacramentales, y brindando todo tipo de ayuda necesaria para afrontar las dificultades que el inmigrante encuentra para satisfacer sus necesidades primarias, desde el trabajo a la casa o al servicio sanitario. Estos centros han surgido principalmente en el seno de Parroquias donde párrocos y sacerdotes diligentes han abierto generosamente las puertas de la comunidad a tantos hermanos y hermanas inmigrantes, dándoles hospitalidad y apoyo material y espiritual.

La misión ha querido valorar estos centros, que espero que se multipliquen, favoreciendo la necesaria integración de vuestras comunidades étnicas con las comunidades cristianas y civiles de Roma, para un intercambio mutuo de dones espirituales y culturales. Vuestra presencia y vuestro servicio es muy apreciado por el empeño con que realizáis vuestro trabajo, especialmente con tantos ancianos, en las casas y en otros ámbitos de la vida social.

Hago los mejores votos para que la misión haga crecer este espíritu de acogida y de mutua comunión, y que cada inmigrado sea considerado no como extranjero o huésped, sino como persona portadora de valores humanos, culturales y religiosos, que enriquecen la sociedad y la Iglesia local. Para ello es preciso que se reconozca a cada uno los derechos fundamentales de toda persona y, en particular, la posibilidad de la reunificación familiar y el conjunto de condiciones de vida y de trabajo necesarias para llevar una existencia digna y serena en la sociedad.

4. Venid a mí ... y yo os aliviaré.

Sí, queridos hermanos y hermanas latinoamericanos, acojamos con gozo la invitación del Señor. Acudamos a Él sin temor y con confianza. Confirmemos que sólo Él es nuestra esperanza.

Llevemos a todos, con el anuncio y el testimonio, esta consoladora palabra del Salvador, sobre todo a los que, lejos de su tierra y su familia, sufren situaciones de desorientación y desánimo en el campo de la fe y la vida cristiana. Que la misión prosiga su compromiso de mantener viva en el corazón de cada hermano y hermana inmigrado la fe en Cristo, la luz de su Evangelio, la solidaridad con los más pobres y necesitados, la voluntad de consolidar la comunión y la unidad entre todos los latinoamericanos y las comunidades cristianas de la ciudad.

Confiemos los frutos de la misión a la Virgen María, Señora de Guadalupe, dulce madre de todo latinoamericano, Señora y patrona del Continente.

    

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