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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA XI ASAMBLEA DE LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA
Viernes 26 de abril de 2002
Amadísimos muchachos, jóvenes y adultos de la Acción católica:
1. Me alegra particularmente acogeros en esta audiencia especial con ocasión
de vuestra XI asamblea nacional. La relación entre la Acción católica y el
Papa es muy estrecha, y con el tiempo se ha consolidado. En efecto, desde su
inicio, vuestra asociación ha tenido en la persona y en la enseñanza del
"Padre blanco" un importante punto de referencia para sus programas y
su acción. Este vínculo se podría definir como una sólida amistad, que se
expresa en algunos encuentros significativos: todos los años, por
Navidad, los muchachos de la Acción católica vienen a felicitarme, mientras
que cada trienio nos volvemos a ver con ocasión de vuestra asamblea nacional.
Es lo que está sucediendo esta mañana, en estas primeras horas de vuestra XI
asamblea nacional.
Saludo de modo especial al cardenal Camillo Ruini, presidente de la Conferencia
episcopal italiana, y a los obispos que os han acompañado, a la
presidenta nacional, señora Paola Bignardi, al consiliario eclesiástico
general, monseñor Francesco Lambiasi, y a los demás consiliarios y
responsables. Extiendo mi saludo a cada uno de vosotros, que participáis en la
asamblea, y a todos los miembros.
2. En esta circunstancia, ante todo deseo daros las gracias por vuestro
amor a la Iglesia, que la fe os hace sentir como vuestra familia. Gracias por
vuestro compromiso en la vida ordinaria de las comunidades parroquiales. Sé que
"estáis presentes", aunque vuestra presencia prefiere los modos
discretos de actuar en medio del pueblo de Dios con el servicio humilde y
diario.
Vuestro servicio eclesial no ha de reducirse jamás a mero activismo; debe ser
signo concreto de la compasión con la que el Señor se inclina ante los
sufrimientos de los pobres y pide a cada uno que abra su corazón a los dramas
de cuantos se encuentran en dificultad.
Seguid construyendo en el seno del pueblo de Dios vínculos de comunión y de diálogo:
en los consejos pastorales y en las relaciones con los sacerdotes y con los demás
grupos y movimientos. Si mostráis de modo afable y sereno el rostro maduro de
un laicado abierto y emprendedor, será muy apreciado vuestro servicio.
Para este fin es importante forjar verdaderas conciencias cristianas, mediante
una formación dirigida a jóvenes y adultos, a muchachos y ancianos, a familias
y adolescentes. En este marco, me complace expresar mi aprecio en particular por
todos los que en la Acción católica desempeñan el servicio educativo,
comprometiéndose a acompañar a las personas con la enseñanza y la escucha,
con la comprensión y el apoyo de la exhortación y del ejemplo. En la historia
de la Juventud femenina se tenía como lema: "El ideal vale más que
la vida". Especialmente vosotros, queridos formadores, mostrad a los más jóvenes
la belleza de una existencia que también hoy está dispuesta a sacrificarse por
el ideal que Cristo propone en el Evangelio.
3. Permitidme aprovechar esta feliz ocasión para daros algunas consignas,
que considero importantes.
Ante todo, quisiera deciros que la Iglesia no puede prescindir de la Acción
católica. La Iglesia necesita un grupo de laicos que, fieles a su vocación
y congregados en torno a los legítimos pastores, estén dispuestos a compartir,
junto con ellos, la labor diaria de la evangelización en todos los ambientes.
Como os han escrito recientemente vuestros obispos, "el vínculo directo y
orgánico de la Acción católica con la diócesis y con su obispo, el asumir la
misión de la Iglesia y sentirse "dedicados" a la propia Iglesia y a
la totalidad de su misión; hacer propios el camino, las opciones pastorales y
la espiritualidad de la Iglesia diocesana: todo esto hace que la Acción
católica no sea una asociación eclesial cualquiera, sino un don de Dios y un
recurso para el incremento de la comunión eclesial" (Carta del Consejo
permanente de la Conferencia episcopal italiana a la Presidencia nacional de la
Acción católica italiana, 12 de marzo de 2002).
La Iglesia necesita la Acción católica, porque necesita laicos dispuestos a
dedicar su existencia al apostolado y a entablar, sobre todo con la comunidad
diocesana, un vínculo que deje una huella profunda en su vida y en su camino
espiritual. Necesita laicos cuya experiencia manifieste, de manera concreta y
diaria, la grandeza y la alegría de la vida cristiana; laicos que sepan ver en
el bautismo la raíz de su dignidad, en la comunidad cristiana a su familia, con
la cual han de compartir la fe, y en el pastor al padre que guía y sostiene el
camino de los hermanos; laicos que no reduzcan la fe a un hecho privado, y no
duden en llevar la levadura del Evangelio al entramado de las relaciones humanas
y a las instituciones, al territorio y a los nuevos lugares de la globalización,
para construir la civilización del amor.
4. Precisamente porque la Iglesia necesita una Acción católica viva,
fuerte y hermosa, quiero repetiros a cada uno: Duc in altum!
¡Duc in altum, Acción católica! Ten la valentía del futuro. Que tu
historia, marcada por el ejemplo luminoso de santos y beatos, brille también
hoy por la fidelidad a la Iglesia y a las exigencias de nuestro tiempo, con la
libertad propia de quien se deja guiar por el soplo del Espíritu y tiende con
fuerza a los grandes ideales.
Duc in altum! Sé en el mundo presencia profética, promoviendo las
dimensiones de la vida a menudo olvidadas y, por eso, más urgentes aún, como
la interioridad y el silencio, la responsabilidad y la educación, la gratuidad
y el servicio, la sobriedad y la fraternidad, la esperanza en el futuro y el
amor a la vida. Trabaja eficazmente para que la sociedad de hoy recupere el
verdadero sentido del hombre y de su dignidad, el valor de la vida y la familia,
de la paz y la solidaridad, de la justicia y la misericordia.
Duc in altum! Ten la humilde audacia de fijar tu mirada en Jesús para
recomenzar desde él tu auténtica renovación. Así te resultará más fácil
distinguir lo que es necesario de lo que es fruto del tiempo, y vivirás la
anhelada renovación como una aventura del Espíritu, que te capacitará para
recorrer también los arduos senderos del desierto y de la purificación, de
modo que experimentes la belleza de la vida nueva, que Dios da sin cesar a
cuantos confían en él.
Acción católica, ¡no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia y te ama el Señor,
que guía siempre tus pasos hacia la novedad jamás descontada y jamás superada
del Evangelio.
Cuantos formáis parte de esta gloriosa asociación sabed que el Papa os
sostiene y acompaña con la oración en este itinerario y, a la vez que os
invita cordialmente a perseverar en los compromisos asumidos, os bendice de
corazón a todos.
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