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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL MOVIMIENTO JUVENIL GUANELIANO 

 

Amadísimos jóvenes "guanelianos"

1. Me alegra dirigiros mi afectuoso saludo a todos vosotros, que desde las diversas regiones italianas os habéis reunido en Como para participar en el encuentro nacional del Movimiento juvenil guaneliano. Esta importante cita prologa y profundiza, con la luz y la alegría del tiempo pascual, la experiencia entusiasmante que compartisteis, en el año 2000, con tantos otros coetáneos procedentes de todas las partes del mundo con ocasión de la inolvidable Jornada mundial de la juventud en Tor Vergata. Al mismo tiempo, el encuentro de estos días en Como constituye para vosotros una nueva etapa significativa en el camino de preparación para la próxima Jornada mundial de la juventud de Toronto, a la que ya desde ahora os doy cita.

2. Durante los trabajos de esta asamblea de Como estáis realizando una profunda confrontación con la experiencia de dos auténticos discípulos del Señor:  los beatos don Luis Guanella y sor Clara Bosatta. No dudéis en seguir su ejemplo de santidad, especialmente mediante la entrega a los más necesitados y abandonados, impulsados por una plena e inquebrantable confianza en la Providencia.

Don Guanella y sor Clara estaban tan fascinados por la caridad de Cristo, que fueron profundamente solidarios con el sufrimiento de los pobres, en los que veían resplandecer el rostro del Señor (cf. Mt 25, 31-46). Este mensaje de sensibilidad y atención al otro es muy necesario en el mundo actual, que a menudo corre el riesgo de naufragar en el egoísmo y en la indiferencia, y necesita radicalmente testigos generosos del ideal de amor y comunión con todos, sobre todo con los hermanos más probados.

Se trata ciertamente de un ideal elevado y arduo, pero no debéis pensar que no está a vuestro alcance. El secreto del "éxito espiritual" de Luis y Clara, ¿no consiste en su sencillez de vida, fundada en una sólida espiritualidad, hecha de oración asidua y de constante referencia a la Eucaristía?

Queridos amigos, permitidme que os dirija, a este propósito, unas palabras sinceras:  sin la oración no es posible tener éxito en la empresa de llegar a ser santos. La oración nos abre al Otro, a Jesucristo, nos entrena para ver a las personas y las situaciones desde el punto de vista de su amor. En la oración nos esforzamos por construir dentro de nosotros al hombre nuevo, formado según el corazón de Cristo.

3. Sacad fuerza de la gracia sacramental de la Eucaristía, la cual os permitirá permanecer firmemente arraigados en la voluntad de Dios. La devoción eucarística debe modelar toda vuestra vida, orientar vuestras opciones, inspiraros ideales de solidaridad y ayudaros a vivir en comunión con los hermanos, comenzando por los que viven a vuestro lado, para llegar luego a abrazar idealmente a todo ser humano.

A este respecto, he sabido con satisfacción que todos los primeros sábados de mes os reunís en el santuario del Sagrado Corazón de esa ciudad para la adoración eucarística nocturna. Me congratulo con vosotros por esta hermosa iniciativa, que queréis vivir juntos incluso durante este encuentro. Se trata de un fuerte testimonio contra corriente con respecto a la mentalidad común, pues propone una singular "discoteca del silencio", donde se puede encontrar a Jesús "de corazón a corazón" y hacer de la Eucaristía el principio inspirador de las opciones fundamentales de la vida.
Que verdaderamente Jesús Eucaristía sea cada vez más el centro de vuestra existencia personal y comunitaria, según la acertada intuición del beato Luis Guanella:  "Él quiere hablar contigo de corazón a corazón".

Me complace repetiros de modo particular a vosotros lo que dije a todos los jóvenes en el encuentro de Tor Vergata:  "Que la Eucaristía modele vuestra vida, la vida de las familias que vais a formar. Que oriente todas vuestras opciones de vida. (...) Os inspire ideales de solidaridad y os haga vivir en comunión con vuestros hermanos esparcidos por todos los rincones del planeta" (Homilía en la misa de clausura de la XV Jornada mundial de la juventud, 20 de agosto de 2000, n. 6:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 25 de agosto de 2000, p. 12).

4. El encuentro con Jesús en la oración y en la Eucaristía iluminará con una luz nueva vuestra existencia y os impulsará a ser sus testigos entre vuestros coetáneos. Desde esta perspectiva, os dirijo también a vosotros la invitación a ser misioneros del Evangelio en los ambientes donde realizáis vuestras actividades diarias. Llevad la palabra de Jesús, que es palabra de vida y de esperanza, a todos, especialmente a los que atraviesan dificultades  y corren el riesgo de perder el sentido y el valor de su vida.

En esta significativa circunstancia, quisiera renovaros la exhortación que dirigí a todos los jóvenes en Tor Vergata:  acoged el compromiso de ser los centinelas de la mañana en el alba del nuevo milenio. Se trata de un compromiso primario, que conserva intacta toda su validez y urgencia en este primer tramo de siglo, sobre cuyo horizonte por desgracia se ciernen una vez más nubes oscuras de violencia y de miedo. Hoy, más que nunca, se necesitan personas de vida santa, centinelas que anuncien al mundo entero un nuevo amanecer de esperanza, fraternidad y paz
.
5. Queridos amigos del Movimiento juvenil guaneliano, proseguid con entusiasmo y generosidad el camino que habéis emprendido, en íntima comunión con toda la comunidad eclesial. Esforzaos por  ser, en  todo  ambiente, "sal de la tierra y luz del mundo" (cf. Mt 5, 13-14):  en la escuela y en la universidad, en el mundo de trabajo y en el deporte, en la familia y entre los amigos.

Os encomiendo a la protección materna de la Virgen María, discípula fiel de su Hijo Jesús y ejemplo para todos los creyentes de adhesión plena a la gracia de Dios. Invoco también sobre todos vosotros la intercesión celestial de los beatos Luis Guanella y Clara Bosatta, para que os acompañen durante estos días de encuentros y en todo vuestro camino espiritual, personal y comunitario.

Con estos sentimientos, asegurándoos mi cercanía en la oración, os bendigo de corazón a vosotros, así como a los sacerdotes, a los animadores de vuestro movimiento y a todos vuestros amigos.

Vaticano, 20 de abril de 2002

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