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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES E
ITINERANTES
Lunes 29 de abril de 2002
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y
hermanas:
1. Me alegra daros mi cordial bienvenida con ocasión de la asamblea
plenaria del Consejo pontificio para la pastoral de los emigrantes e
itinerantes, que tiene como tema el mundo del mar. Saludo con afecto al
presidente de vuestro dicasterio, monseñor Stephen Fumio Hamao, al que
agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme en nombre de los
presentes. A cada uno os expreso profunda gratitud por el gran esmero y el
generoso esfuerzo con que os hacéis intérpretes, mediante vuestra actividad
diaria, de la solicitud de la Iglesia para con cuantos están comprometidos en
este complejo ámbito de la movilidad humana.
Escribe san Agustín: "Contemplo la grandeza del mar que me rodea, me
asombro, lo admiro; busco a su autor..." (Homilía sobre el salmo
41, 7). Estas palabras sintetizan bien la actitud del cristiano ante la creación,
gran don de Dios a la humanidad, y especialmente ante la majestuosidad y la
belleza del mar. Estoy seguro de que estos mismos sentimientos animan a todos
los que, en su apostolado, se dirigen al vasto mundo de la emigración y del
turismo que tiene como punto de referencia el mar.
Se trata de un ámbito social muy diversificado, donde, aunque son muchos los
desafíos, no faltan las oportunidades de evangelización.
2. El incremento de la movilidad humana y el proceso de globalización han
influido notablemente en las corrientes migratorias y turísticas y en la
actividad de la gente del mar. Han aumentado las ocasiones de encuentro. Pero,
junto a notables ventajas derivadas del fenómeno, se registran también efectos
negativos, dolorosas separaciones y situaciones complejas y difíciles. Pienso,
por ejemplo, en los marineros, que se ven obligados a vivir largos períodos
lejos de sus familias; en el intenso ritmo de trabajo, interrumpido sólo por
breves paradas en los puertos, al que tanta gente del mar está sometida; en los
numerosos emigrantes que surcan mares y océanos en busca de mejores condiciones
de vida y que, a menudo, descubren amargas realidades, muy diversas de las que
presentan los medios de comunicación.
No se pueden olvidar tampoco las singulares ofertas turísticas de "paraísos
artificiales", donde se explotan, con fines meramente comerciales, a
poblaciones y culturas locales en beneficio de un turismo que, en ciertos casos,
no respeta ni siquiera los más elementales derechos de la gente del lugar.
3. Es importante lograr que a cuantos forman parte de la gran familia del
mar no les falte un apoyo espiritual. Hay que ofrecerles la oportunidad de
encontrar a Dios y de descubrir en él el verdadero sentido de la vida. Es tarea
de los creyentes testimoniar que los hombres y las mujeres están llamados a
vivir por doquier una "humanidad nueva", reconciliada con Dios (cf. Ef
2, 15).
Los turistas, si cuentan con el apoyo de cualificados agentes pastorales, podrán
apreciar más las vacaciones y los cruceros, porque no serán sólo viajes de
placer. Así, disfrutarán de su tiempo libre y de un merecido período de
descanso, pero al mismo tiempo se les ayudará a dialogar con las personas y las
civilizaciones con las cuales se ponen en contacto y a vivir momentos de reflexión
y de oración. También es importante procurar que a los emigrantes se les
preste una acogida fraterna y una asistencia religiosa adecuada, de manera
que se sientan comprendidos en sus problemas y bien acogidos en sociedades que
respeten su identidad cultural. Y tampoco se ha de abandonar a su suerte a los
clandestinos, que se arriesgan a viajar a bordo de embarcaciones frágiles.
En toda situación, será necesario asegurar condiciones de trabajo más justas
y respetuosas de las exigencias individuales y familiares; a la vez, habrá que
esforzarse por proponer oportunidades que permitan cultivar la propia fe y la práctica
religiosa. Esto requiere la planificación de una pastoral atenta a las diversas
condiciones, con formas de presencia apostólica adaptadas a las múltiples
necesidades de las personas.
4. Vuestra plenaria quiere enfocar mejor estos aspectos, teniendo en cuenta
que se impone una visión global de una realidad humana y social muy compleja.
Los agentes pastorales no deben dejar de actuar en colaboración y comunión
fraterna entre sí, para afrontar de modo eficaz los grandes desafíos que
plantea esta singular "cantera" misionera.
Con este fin, resulta útil recordar las normas vigentes, enunciadas en la carta
apostólica Stella maris y en la instrucción De pastorali migratorum
cura, de la que se está preparando una edición actualizada, así como las
indicaciones del documento Orientaciones para la pastoral del turismo. No
se ha de olvidar la urgente necesidad de formar bien a los fieles laicos
llamados a trabajar en este ámbito apostólico, y de suscitar una renovada
conciencia en las comunidades cristianas sobre los problemas de la movilidad
humana, mediante una actualización constante.
A la vez que expreso mi deseo de que vuestra plenaria contribuya a profundizar
la comprensión de estas diversas situaciones sociales y pastorales, os animo a
realizar cualquier iniciativa útil para la evangelización de este complejo
sector.
Encomiendo los trabajos de vuestro encuentro a la protección materna de María,
Stella maris, a la que pedimos que nos conduzca al puerto de un mundo más
solidario, más fraterno y más unido. Con estos sentimientos, imparto de corazón
a todos la bendición apostólica.
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