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PALABRAS DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL INICIO DE LA MISA EN LA FIESTA
DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Lunes 6 de agosto de 2002

 

"Su rostro se puso brillante como el sol" (Mt 17, 2):  así leemos en el evangelio de hoy. El rostro de Cristo es rostro de luz que disipa la oscuridad de la muerte: es anuncio y prenda de nuestra gloria, puesto que es el rostro del Crucificado resucitado. En él, la Iglesia, su Esposa, contempla su tesoro y su gloria: "Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia".

Recordamos hoy a mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, que hace veinticuatro años, en el ocaso de este día, fiesta de la Transfiguración del Señor, precisamente desde este lugar entró en la paz de Dios, para contemplar su gloria resplandeciente.

¡Cuántas veces, recogido en oración, anheló ver en la fe el rostro del Señor! Su inquebrantable testimonio de Cristo, luz del mundo, en los tiempos difíciles en los que desempeñó el supremo pontificado, vive aún hoy en la Iglesia. Fue un incansable y paciente artífice de la construcción de la "civilización del amor", iluminada por el rostro resplandeciente del Redentor.

Mientras nos preparamos para celebrar la santa misa, encomendemos a Dios el alma de este fiel siervo suyo. Pidamos, además, a la Virgen María, Madre de la Iglesia, que cada día de nuestra vida sea un testimonio concreto de amor al Señor, cuyo rostro sigue brillando sobre nosotros (cf. Sal 67, 3).

   

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