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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A POLONIA

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DE JUAN PABLO II

Aeropuerto de Kraków-Balice
Viernes 16 de agosto de 2002

 

Señor presidente de la República polaca;
señor cardenal primado;
señor cardenal metropolitano de Cracovia;
amadísimos hermanos y hermanas:

1. Saludo de nuevo a Polonia y a todos mis compatriotas. Lo hago con los mismos sentimientos de emoción y alegría que experimento cada vez que me encuentro en mi patria. Agradezco profundamente al señor presidente las palabras de saludo que acaba de dirigirme en su nombre y en el de las autoridades civiles de la República polaca. Agradezco al cardenal Franciszek Macharski, mi sucesor en la sede de Cracovia, las expresiones de benevolencia que me ha dirigido en nombre de la Iglesia metropolitana de Cracovia, tan cercana a mí, así como en nombre del Episcopado polaco y de todo el pueblo de Dios que vive en nuestra patria.

Esta vez vengo sólo a Cracovia, pero con un saludo cordial abrazo a toda Polonia y a todos mis compatriotas. Saludo al señor cardenal primado, a los demás cardenales, a los hermanos en el episcopado, a los sacerdotes, a los representantes de las familias religiosas masculinas y femeninas, a los seminaristas y a todos los fieles laicos. Saludo a los representantes de las autoridades estatales, encabezadas por el presidente de la República, y locales, a los miembros del Cuerpo diplomático con su decano, el nuncio apostólico, y a las autoridades civiles de las ciudades de Cracovia, Kalwaria Zebrzydowska y Wadowice.

Quiero saludar, de modo particular, a mi ciudad de Cracovia y a toda la archidiócesis. Saludo al mundo de la ciencia y de la cultura, a los ambientes universitarios y a cuantos, con un trabajo intenso en la industria, en la agricultura y en los demás sectores, contribuyen a construir el esplendor material y espiritual de la ciudad y de la región.

Quiero abrazar a los niños y saludar cordialmente a los jóvenes. Agradezco a estos últimos el testimonio de fe que dieron hace pocos días en Toronto (Canadá), durante la inolvidable XVII Jornada mundial de la juventud. De modo particular, saludo a los que llevan el peso del sufrimiento: a los enfermos, a las personas solas, a los ancianos y a los que viven en la pobreza y en la indigencia. Durante estos días seguiré encomendando vuestros sufrimientos a la misericordia de Dios, y a vosotros os pido que oréis para que mi ministerio apostólico sea fecundo y colme toda expectativa.

Me dirijo con respeto y deferencia a los hermanos obispos y a los fieles de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia evangélica luterana, y a los fieles de las otras Iglesias y comunidades eclesiales. Saludo a la comunidad de los judíos, a los seguidores del islam y a todos los hombres de buena voluntad.

2. Hermanos y hermanas, "Dios, rico en misericordia" es el lema de esta peregrinación. Es su proclama. Está tomado de la encíclica Dives in misericordia, pero aquí, en Cracovia, en Lagiewniki, esta verdad tuvo su revelación particular. Desde aquí, gracias al humilde servicio de una insólita testigo, santa Faustina, resuena el mensaje evangélico del amor misericordioso de Dios. Por eso, la primera etapa de mi peregrinación y el primer objetivo es la visita al santuario de la Misericordia Divina. Me alegra tener la posibilidad de dedicar el nuevo templo, que se convierte en centro mundial del culto a Jesús misericordioso.

La misericordia de Dios se refleja en la misericordia de los hombres. Desde hace siglos Cracovia se gloría de grandes personajes que, confiando en el amor divino, han testimoniado la misericordia con gestos concretos de amor al prójimo. Basta mencionar a santa Eduvigis de Wawel, a san Juan de Kety, al padre Piotr Skarga o, más cerca de nuestros tiempos, a san Alberto Chmielowski. Si Dios quiere, se unirán a ellos los siervos de Dios que elevaré a la gloria de los altares durante la santa misa en el parque Blonie. La beatificación de Segismundo Félix Felinski, Juan Beyzym, Sanzia Szymkowiak y Juan Balicki constituye la segunda finalidad de mi peregrinación. Espero desde ahora que estos nuevos beatos, que dieron ejemplo de un servicio de misericordia, nos recuerden el gran don del amor de Dios y nos dispongan a practicar diariamente el amor al prójimo.

Hay una tercera finalidad de la peregrinación, a la que quiero referirme ahora. Es la oración de acción de gracias por los 400 años del santuario de Kalwaria Zebrzydowska, al que estoy unido desde la infancia. Allí, por senderos recorridos en la oración, busqué la luz y la inspiración para mi servicio a la Iglesia que está en Cracovia y en Polonia, y allí tomé varias decisiones pastorales difíciles. Precisamente allí, entre el pueblo fiel y orante, recibí la fe que me guía también en la Sede de Pedro. Por intercesión de la Virgen de Kalwaria quiero dar gracias a Dios por este don.

3. La peregrinación y la meditación en el misterio de la Misericordia divina no pueden realizarse sin referencia a los acontecimientos diarios de los que viven en Polonia. Por eso, con particular atención deseo ocuparme de ellos y encomendarlos a Dios, confiando en que él multiplicará con sus bendiciones los éxitos, y que las dificultades y los problemas encontrarán feliz solución gracias a su ayuda.

Lo que acontece en Polonia me interesa mucho. Sé cuánto ha cambiado nuestra patria desde mi primera visita, en 1979. Esta es una nueva peregrinación, durante la cual puedo observar cómo los polacos gestionan la libertad reconquistada. Estoy convencido de que nuestro país se dirige valientemente hacia nuevos horizontes de desarrollo en paz y prosperidad.

Me alegra que, con el espíritu de la doctrina social de la Iglesia, muchos de mis compatriotas se comprometan a construir la casa común de la patria sobre el fundamento de la justicia, el amor y la paz. Sé que muchos observan y valoran con mirada crítica el sistema, que pretende gobernar el mundo contemporáneo según una visión materialista del hombre. La Iglesia ha recordado siempre que no se puede construir un futuro feliz de la sociedad en la pobreza, la injusticia y el sufrimiento de un hermano. Los hombres que actúan según el espíritu de la ética social católica no pueden permanecer indiferentes ante la condición de los que se quedan sin trabajo y viven en un estado de pobreza creciente, sin ninguna perspectiva de mejorar su situación y el futuro de sus hijos.

Sé que muchas familias polacas, sobre todo las más numerosas, muchos desempleados y personas ancianas soportan el peso de los cambios sociales y económicos. A todos ellos quiero decirles que comparto sus dificultades y su suerte. Comparto sus alegrías y sus sufrimientos, sus proyectos y sus compromisos, encaminados a un futuro mejor. Todos los días los sostengo en sus buenas intenciones con una ferviente oración.

A ellos y a todos mis compatriotas les traigo hoy el mensaje de la esperanza que brota de la buena nueva: Dios, rico en misericordia, revela todos los días en Cristo su amor. Él, Cristo resucitado, dice a cada uno y a cada una de vosotros: "¡No temas! Soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 17-18). Esta es la proclamación de la misericordia divina, que traigo hoy a mi patria y a mis compatriotas: "¡No temas!". Confía en Dios, que es rico en misericordia. Cristo, el infalible Dador de la esperanza, está contigo.

Quiero disculparme de nuevo: el presidente está de pie; el cardenal está de pie; y yo estoy sentado. Pido disculpas por esto, pero debo constatar también que me han creado aquí una barrera, que no me permite ponerme de pie.

Amadísimos hermanos y hermanas, espero que los tres días de mi estancia en la patria hagan renacer en nosotros una profunda fe en el poder de la misericordia de Dios; que nos unan aún más en el amor; que nos estimulen a la responsabilidad por la vida de todo hombre y de toda mujer y por sus exigencias diarias; y que nos impulsen a la bondad y a la comprensión recíproca, para que estemos aún más cercanos en el espíritu de la misericordia. Que la gracia de la esperanza llene vuestros corazones.

Una vez más, saludo cordialmente a los presentes, y a todos los bendigo de corazón.

Que Dios os bendiga.

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