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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL PRIMER GRUPO DE OBISPOS DE BRASIL
EN VISITA "AD LIMINA"


Sábado 31 de agosto de 2002 

 

Venerados hermanos en el episcopado: 

1. Con gran alegría os doy la bienvenida, obispos de la región Sur-2 de Brasil, al reuniros en Roma para la visita ad limina Apostolorum. Ella está destinada a expresar el vínculo de comunión que une a cada uno de vosotros y a vuestras comunidades  locales  con el Sucesor de Pedro, llamado a confirmar a sus hermanos y hermanas en la fe (cf. Lc 22, 32). Con afecto fraterno os saludo con las palabras del Apóstol:  A vosotros gracia y paz, de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (cf. Rm 1, 7). A través de vosotros dirijo este mismo saludo a los sacerdotes, religiosos y fieles laicos de las Iglesias particulares de Paraná, que presidís en la caridad.

2. Agradezco las amables palabras que el señor arzobispo de Cascavel, don Lúcio Ignácio Baumgaertner, en representación de vuestra región, ha querido dirigirme, pues expresan bien los sentimientos de unión fraterna de todos los obispos con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia que, desde los cuatro puntos cardinales, está unida a esta Sede apostólica. ¿Acaso no es este el aspecto central de una de las conclusiones que quiso manifestar el Sínodo de los obispos del año pasado?

"Sólo si es claramente perceptible -dije en la solemne concelebración eucarística de clausura- una profunda y convencida unidad de los pastores entre sí y con el Sucesor de Pedro, como también de los obispos con sus sacerdotes, se podrá dar una respuesta creíble a los desafíos que provienen del actual contexto social y cultural" (Homilía durante la misa de clausura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, 27 de octubre de 2001, n. 4:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre de 2001, p. 8).

La Iglesia que está en Paraná afronta ciertamente las perspectivas propuestas por las Directrices generales de la acción evangelizadora de Brasil, como fruto de la Tertio millennio adveniente. Al leer vuestras relaciones quinquenales, he podido constatar evidentes progresos en la organización de las diócesis y en el desarrollo de numerosas acciones pastorales, que cada Ordinario local, junto con sus agentes de pastoral, va asumiendo con valentía y determinación, para afrontar las exigencias de la nueva evangelización. Sin duda quiero referirme a esto, pero la premisa básica estará siempre en la eclesiología de comunión preconizada insistentemente en el último Sínodo. La Iglesia universal quiere recomenzar, en el inicio de este milenio, unida al Sucesor de Pedro y a los obispos entre sí.

3. ¡Unidos para la misión!
En diversas ocasiones, a lo largo de mi pontificado, he querido referirme a las dos grandes columnas de las exigencias de comunión:  "Conservar el depósito de la fe en su pureza e integridad", así como también la "unidad de todo el Colegio de los obispos bajo la autoridad del Sucesor de Pedro" (Ecclesia in America, 33), dado que el ejercicio pleno del primado de Pedro es fundamental para la identidad y la vitalidad de la Iglesia.

Por lo demás, es propio de la Conferencia nacional de los obispos de Brasil manifestar la solicitud con la Iglesia y con su misión universal por medio de la comunión y colaboración con la Sede apostólica y a través de la actividad misionera, principalmente ad gentes. Por eso, cada obispo deberá instar a los evangelizadores de su diócesis, y sobre todo a sí mismo, a ser plenamente fieles a la doctrina católica, comprobando constantemente si la explicación de la Palabra está en conformidad con la Revelación confiada por el divino Maestro al magisterio eclesiástico. Añádese asimismo que tal identidad supone una clara sintonía disciplinar y doctrinal con el Episcopado mundial, para mantener así, junto con este, el vínculo esencial con el Papa.

En el marco de los proyectos pastorales que podrán delinearse en los próximos años como fruto de nuestro encuentro fraterno, y teniendo en cuenta el Proyecto de evangelización de la Iglesia en Brasil, sobre el tema "Ser Iglesia en el nuevo milenio", aprobado por la CNBB en el 2000, expreso mis mejores deseos de que se realice ese "camino común de toda la Iglesia" que el Episcopado brasileño comparte.

4. "En el alba del tercer milenio, la figura del obispo con la que la Iglesia sigue contando es la del pastor que, configurado con Cristo en la santidad de vida, se entrega generosamente por la Iglesia que se le ha encomendado, llevando al mismo tiempo en el corazón la solicitud por todas las Iglesias del mundo (cf. 2 Co 11, 28)" (Homilía durante la misa de clausura de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, n. 3).

De esta afirmación surgen el fundamento y la esperanza de lo que el Sínodo, derribando las barreras de una formulación circunscrita a una simple diócesis o a un país, quiso proponer a todos los obispos, sucesores de los Apóstoles. Duc in altum!, ¡rema mar adentro! Lanzaos a empresas valientes, osad grandes metas, convencidos de que Dios no pierde batallas. Pero, a la vez, aspirad a carismas mejores; ¿y cuál será el mejor de los carismas, si no el de la santidad personal?
Vuelve aquí la imagen del buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 15). El buen Pastor no es sólo el guía eficiente y organizado de las ovejas, aunque estos elementos sean necesarios en todo trabajo humano, y mucho más, cuando se trata de dirigir almas. Sino que debe ser, sobre todo, bueno. Cualquier programa pastoral, la catequesis en todos los niveles y la cura animarum en general de todo el pueblo fiel, al tomar su santidad de Jesús, Pastor supremo, debe tener en la vida y en el testimonio de su obispo y del clero su estímulo inmediato, su modelo orientador. Sin ello, todo trabajo será vano. Sólo Dios es bueno (cf. Mc 10, 9), dice el Señor, pero por él, con él y en él participamos de la gracia que se nos ha dado, para hacerla fructificar, no como propiedad sino como don que hay que administrar. Toda la bondad y todo el bien vienen del Altísimo, dador de todos los bienes (cf. St 1, 17).

El obispo de Hipona notaba con razón la insistencia del Señor con Pedro al preguntarle:  "¿Me amas? Apacienta mis ovejas", porque constituye una seria advertencia para todos los que tienen la responsabilidad de apacentar una grey. "Quiere decir:  si me amas, no pienses en apacentarte a ti mismo, sino a mis ovejas:  apaciéntalas como mías, no como tuyas; procura en ellas mi gloria y no la tuya; mi propiedad y no la tuya; mis intereses y no los tuyos; no seas de aquellos que, en tiempos de peligro, sólo se aman a sí mismos y todo lo que deriva de este principio, que es la raíz de todo mal. Los que apacientan las ovejas de Cristo no se amen a sí mismos; no las apacienten como propias, sino como de Cristo" (Tratado sobre el evangelio de san Juan, 123, 5; CCL 36, 678-680). De aquí la gran responsabilidad de saber cómo son administrados los bienes que les han sido entregados.

Cada quinquenio los obispos vienen a Roma, no por una mera cuestión de rutina administrativa, para presentar una relación sobre el estado de la propia diócesis. Lo que está al fondo es el estado de la propia alma y, consiguientemente, la santidad personal y de su grey. Un obispo no puede eximirse de la exigencia divina "redde rationem villicationis tuae":  da cuenta de tu ministerio y de las almas que te han confiado (cf. Lc 16, 2). Por eso, la fidelidad a su compromiso, los propósitos de acción y las experiencias vividas aquí, en la Sede apostólica, han de confiarse al divino Consolador, para que en el futuro fortalezcan el alma de toda la diócesis, impulsándola a acercarse cada vez más a la patria celestial.

5. Con estas premisas, quiero repetiros:  Duc in altum! ¡El amor de Dios nos urge! "Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mt 5, 16).

A lo largo de estos años, he repetido muchas veces el llamamiento a la nueva evangelización. Y ahora lo hago una vez más, pero para inculcar sobre todo que es preciso volver a encender el celo apostólico en todos los sectores de la sociedad de Paraná y de todo Brasil, exhortando a las personas y a las comunidades a un compromiso diario en favor de la actividad misionera. Como ya dije, hay que hacer esta propuesta a "los adultos, a las familias, a los jóvenes, a los niños, sin ocultar nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico" (Novo millennio ineunte, 40).
Conozco bien el esfuerzo de vuestra región en el servicio destinado a todos los hombres y mujeres, particularmente a los pobres y los marginados; en el diálogo con los cristianos no católicos y con los de religiones y culturas diferentes; en el verdadero y propio anuncio, que tiene como destinatarios a los católicos alejados; y en el testimonio de comunión eclesial, que deben vivir los que participan en la vida de la Iglesia.

Asimismo, en los diversos planes de acción pastoral he podido constatar el relieve que se da a la juventud, a la familia, a la catequesis, a las vocaciones y a los medios de comunicación social.
Expreso también mis mejores deseos de que se prosiga el esfuerzo con vistas a un acompañamiento adecuado de la pastoral de los niños.

Por otro lado, dentro del marco de la región Sur-2, el Episcopado de Paraná se ha distinguido en la preparación de los planes y en su ejecución, con buena organización, dinamismo, equilibrio y afecto colegial, demostrado en las asambleas, en el trabajo conjunto y en las conmemoraciones diocesanas, destacándose en la promoción vocacional y de los seminarios. El Paraná es rico en clero, contribuyendo, incluso, a la distribución de los nuevos presbíteros más allá de sus fronteras estatales, y al asesoramiento e intercambio con las comunidades nipón-brasileñas, tanto en Brasil como en Japón.

En esta línea de acción, hay que proseguir también en el compromiso en favor de la catequesis en todos los niveles, de modo especial en la vivencia de los sacramentos. Sé que en algunas diócesis los fieles prefieren practicar formas de religiosidad popular (procesiones, novenas, etc.), costándoles más participar activamente en la liturgia. Por eso, renuevo la exhortación a no escatimar medios para que el pueblo acceda a los sacramentos, especialmente al de la penitencia y al de la Eucaristía, siempre que esté debidamente preparado. La presencia de movimientos apostólicos, numerosos y dinámicos, cuando actúan "en plena sintonía eclesial y en obediencia a las directrices de los pastores" (Novo millennio ineunte, 46), ha brindado particular ayuda a la pastoral diocesana; en muchos casos, su acción puede ser determinante para contribuir a este proceso permanente de conversión, que es propio de la evangelización, y para lograr así una sociedad más justa y reconciliada con Dios. Por eso, el apostolado de los laicos está adquiriendo una importancia determinante para acercar a Dios a muchos hombres y mujeres, porque en el ambiente que les es familiar -en el trabajo, en el hogar y en la sociedad en general- el papel del laico se hace imprescindible y, muchas veces, insustituible.

Tened en cuenta también que el fenómeno de la emigración, ciertamente no desconocido desde hace varias generaciones, recibe hoy el influjo creciente y fronterizo de las poblaciones latinoamericanas que buscan mejores condiciones de vida en vuestro país. Doy gracias a Dios por vuestra constante preocupación por mantener intercambios con las Conferencias episcopales de los países vecinos, para armonizar gradualmente las diversas pastorales y para una acogida generosa y digna de los más necesitados. A la acción de los pastores y presbíteros confío también la misión de vigilar sobre toda influencia perniciosa de las sectas, a ambos lados de la frontera. La índole buena y acogedora de vuestra gente no puede dejarse arrastrar por una visión conformista y utilitarista de soluciones a corto plazo. Nunca está de más reiterar aquí que "es oportuno hacer una revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más personalizada, consolide las estructuras de comunión y misión, y use las posibilidades evangelizadoras que brinda una religiosidad popular purificada, a fin de hacer más viva la fe de todos los católicos en Jesucristo" (Ecclesia in America, 73).

En este mismo espíritu de comunión, que debe orientar la vida pastoral de cada diócesis, destacan las numerosas congregaciones religiosas que, principalmente en el campo educativo, han dado una contribución fundamental a la formación de la juventud y, entre otras cosas, a la pastoral vocacional. Conozco el esfuerzo realizado por los religiosos en este sentido, y particularmente en la misión ad gentes. Brasil podrá ser ciertamente la cuna de generosas vocaciones misioneras para África y Asia. Y si a veces el Señor permite que rieguen con su sangre aquellas tierras, sepa toda la Iglesia que el martirio, singular comunión con Cristo Redentor, es fuente de gracias extraordinarias para el pueblo de Dios.

6. Queridos hermanos, estas son las breves reflexiones que hoy comparto con vosotros, tratando de ofreceros todo aliento en el Señor y animaros en vuestro ministerio en favor de su pueblo.

Cuanto habéis realizado durante estos años es valioso a los ojos de Dios. Además, la ocasión de nuestro encuentro constituye una oportunidad providencial para dar impulso a vuestro compromiso pastoral. Ruego con mucho fervor para que tengáis éxito en esta importante tarea pastoral, de manera que la Iglesia que está en Paraná resplandezca con toda su gloria, como Esposa de Cristo, que él ha escogido con amor infinito. Al confiar vuestra misión apostólica a la intercesión de la Virgen María, que en todas las épocas es la Estrella resplandeciente de la evangelización, os imparto de corazón a todos vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y a los fieles laicos de vuestras diócesis, mi bendición apostólica.

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