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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL DÉCIMO GRUPO DE OBISPOS DE BRASIL
 EN VISITA "AD LIMINA" 


Martes 10 de diciembre de 2002

 

Venerados hermanos en el episcopado: 

1. Es para mí motivo de gran alegría acogeros hoy, al concluir el encuentro personal que he tenido con vosotros. Os saludo a todos con cordialidad fraterna y doy gracias al Señor por la comunión plena que os une a vuestras Iglesias locales y al Sucesor de Pedro.

La división, aún reciente, de la provincia eclesiástica de Salvador, con la constitución de las dos nuevas provincias de Feira de Santana y Vitória de Conquista, está destinada a facilitar el trabajo organizativo y de acompañamiento de ese territorio que, al igual que la provincia eclesiástica de Aracajú, interpela y representa un desafío para la creatividad y la capacidad evangelizadora de toda la Iglesia.

Tenéis ante vosotros, como un libro abierto, esa gran región, con toda su realidad histórica, social y religiosa. La fe del pueblo brasileño tuvo su origen principalmente en esas localidades. En 1676 se constituyó la provincia eclesiástica de Brasil, con la sede metropolitana en Bahía, en torno a la cual se agruparon después, como sufragáneas, las diócesis de Río de Janeiro, Pernambuco, Maranhão y, en el siglo siguiente, las del Gran Pará, São Paulo y Mariana, con las prelaturas de Cuiabá y Goiás. El tiempo no puede borrar el recuerdo de tantos pastores originarios de allí y de muchos llegados del exterior, que se han dedicado generosamente a plantar las semillas del Verbo.

Doy las gracias a monseñor Ricardo José Weberberger, obispo de Barreiras y presidente de vuestra Conferencia regional, por haberse hecho intérprete de vuestros sentimientos, ilustrando las esperanzas y las dificultades, los proyectos y las expectativas de las diócesis que se os han confiado. Quiero aprovechar esta circunstancia para enviar mi afectuoso recuerdo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a todo el pueblo cristiano de vuestras comunidades diocesanas, en las que pienso con estima y aprecio.

2. En el corazón del Papa, y estoy seguro de que también en el corazón de todos vosotros, amados obispos, hay un lugar especial reservado a los consagrados en la Iglesia. El carisma de cada uno es un signo elocuente de participación en la multiforme riqueza de Cristo, cuya "anchura, longitud, altura y profundidad" (cf. Ef 3, 18) supera siempre todo cuanto podamos captar de su plenitud. Y la Iglesia, que es el rostro visible de Cristo en el tiempo, acoge y alimenta en su seno congregaciones e institutos con estilos muy diferentes, porque todos contribuyen a revelar la presencia variada y el dinamismo polivalente del Verbo de Dios encarnado y de la comunidad de los que creen en él.

En un tiempo en que se palpa el riesgo de construir al hombre con una sola dimensión, que inevitablemente acaba por ser historicista e inmanentista, los consagrados están llamados a mantener el valor y el sentido de la oración contemplativa, no separada sino unida al compromiso vivo de un generoso servicio prestado a los hombres, que precisamente de ahí recibe impulso y eficacia:  oración y trabajo, acción y contemplación son binomios que en Cristo nunca degeneran en contraposiciones antitéticas; antes bien, maduran en una mutua complementariedad y en una fecunda integración.

La sociedad actual necesita ver en los hombres y en las mujeres consagrados que existe armonía entre lo humano y lo divino, entre las cosas visibles y las invisibles (cf. 2 Co 4, 18), y que las segundas superan a las primeras, sin trivializarlas ni humillarlas jamás, sino vivificándolas y elevándolas al nivel del plan eterno de salvación. Ese es el testimonio que deben dar hoy al mundo:  mostrar la bondad y el amor que entraña el misterio de Cristo (cf. Tt 3, 4) y, simultáneamente, manifestar que en el compromiso entre los hombres se requiere lo trascendente y sobrenatural.

3. Deseo destacar de nuevo el mérito de tantas congregaciones religiosas que han enviado las mejores vocaciones para formar y educar a ese pueblo con tanto amor y entrega. ¿Podemos olvidar a los franciscanos, los dominicos, los agustinos, los benedictinos, los jesuitas, los salesianos, los lazaristas, los combonianos y los presbíteros fidei donum? Lo que hoy vemos en todo el territorio nacional es fruto del trabajo oculto, silencioso y benemérito de muchos laicos y laicas y de tantos religiosos y religiosas que han contribuido y contribuyen a la edificación del alma cristiana del brasileño. Reconozcámoslo y demos gracias a Dios porque, en el silencio y en la entrega desinteresada, la ciudad de Dios ha crecido, y el árbol frondoso de la Iglesia ha dado sus frutos de bien y de gracia.

Las numerosas comunidades religiosas, tanto de vida activa como contemplativa, constituyen sin duda una gran riqueza para las Iglesias que presidís. Cada una de ellas es un don para la diócesis, que contribuye a edificar, ofreciendo la experiencia del Espíritu propia de su carisma y la actividad evangelizadora característica de su misión. Precisamente por ser un don inestimable para toda la Iglesia, se recomienda al obispo "sustentar y prestar ayuda a las personas consagradas, a fin de que, en comunión con la Iglesia y fieles a la inspiración fundacional, se abran a perspectivas espirituales y pastorales en armonía con las exigencias de nuestro tiempo" (Vita consecrata, 49).
En esta importante tarea, el diálogo respetuoso y fraterno será el camino privilegiado para aunar esfuerzos y asegurar la coherencia pastoral indispensable en cada diócesis, bajo la guía de su pastor.

4. Las comunidades religiosas que se insertan en la vida de la propia diócesis merecen todo apoyo y estímulo. Dan una contribución valiosa, porque, a pesar de la "diversidad de carismas, el Espíritu es el mismo" (1 Co 12, 4). En este sentido, el concilio Vaticano II afirmó:  "Los religiosos han de procurar con empeño que la Iglesia, por medio de ellos, muestre cada vez mejor a Cristo a creyentes y no creyentes:  Cristo en oración en el monte, o anunciando a las gentes el reino de Dios, curando a los enfermos y lisiados, convirtiendo a los pecadores" (Lumen gentium, 46).

La Iglesia no puede menos de manifestar alegría y aprecio por todo lo que realizan los religiosos mediante las universidades, las escuelas, los hospitales y otras obras e instituciones. Este vasto servicio en favor del pueblo de Dios se ve fortalecido por todas las comunidades religiosas que han respondido de modo adecuado a la exhortación del Concilio, mediante la fidelidad al carisma fundacional y el compromiso renovado por lo que se refiere a los elementos esenciales de la vida religiosa (cf. Perfectae caritatis, 2). Pido a Dios que recompense abundantemente a todas las comunidades religiosas por la colaboración que prestan en la pastoral diocesana, tanto en la vida oculta y silenciosa de un monasterio como en el compromiso de atender y formar en la fe a todos los sectores de la sociedad, incluyendo las poblaciones indígenas.

Que las actividades pastorales estén orientadas por un dinamismo sano, para difundir en todos los ambientes la fe revelada; ahí están también, por ejemplo, los medios de comunicación social, a los que hay que interpelar con vistas a una correcta difusión de la verdad. Los religiosos en el mundo entero, y Brasil no es una excepción, hacen de los medios de comunicación social escritos y hablados un gran instrumento de difusión de la buena nueva. De ahí la importancia de una buena orientación, para que no se dejen arrastrar por ideologías contrarias al magisterio de la Iglesia, y se comprometan a mantener la unidad con la Sede de Pedro.

En su gran diversidad, la vida consagrada constituye una riqueza de la Iglesia en vuestro país. Las cualidades espirituales de sus miembros, que benefician a los fieles y son también una valiosa ayuda para los sacerdotes, hacen cada vez más presente en la conciencia del pueblo de Dios "la exigencia de responder con la santidad de la vida al amor de Dios derramado en los corazones por el Espíritu Santo, reflejando en la conducta  la consagración sacramental obrada por Dios en el bautismo, la confirmación o el orden" (Vita consecrata, 33).

Las comunidades religiosas, en fidelidad al carisma que les es propio, en comunión y en diálogo con los demás miembros de la Iglesia, en primer lugar con los obispos, deben responder con generosidad a las inspiraciones del Espíritu y esforzarse por buscar caminos nuevos para la misión, a fin de anunciar a Cristo a todas las culturas, hasta las regiones más lejanas.

5. En un ambiente profundamente secularizado es decisiva la proclamación del reino de Dios con el testimonio de los religiosos y las religiosas. Por eso, deseo invitaros a prestar mayor atención a la promoción y al cuidado de la vida consagrada en vuestro país. La práctica de los consejos evangélicos atestigua "la vida nueva y eterna adquirida por la redención de Cristo y anuncia ya la resurrección futura y la gloria del reino de los cielos" (Lumen gentium, 44). La función distintiva del mensaje evangélico justifica plenamente el aumento de las iniciativas, tanto en el ámbito diocesano como a través de la Conferencia episcopal, para estimular aún más a los jóvenes a responder con generosidad a la llamada a los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica.

Si tenemos en cuenta que, en menos de dos décadas, las vocaciones de sacerdotes diocesanos en Brasil han superado a las de los religiosos, comprenderemos el peso del esfuerzo que debería realizarse también entre estos últimos para promover nuevos obreros para la mies del Señor.
Se trata de un problema de gran importancia para la vida de la Iglesia en todo el mundo. Es "urgente organizar una pastoral de las vocaciones amplia y capilar, que llegue a las parroquias, a los centros educativos y a las familias, suscitando una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la entrega total de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino" (Novo millennio ineunte, 46).

Animo a los responsables de las congregaciones e institutos presentes en vuestras diócesis a ofrecer a los novicios y novicias una formación humana, intelectual y espiritual, que permita una conversión de todo su ser a Cristo, para que la consagración configure cada vez más su oblación al Padre.

Las actividades y los programas de la Conferencia nacional de religiosos deben, ante todo, "distinguirse por el reverente acatamiento y por la especial obediencia al Sucesor de Pedro y a sus directrices" emanadas por esta Sede apostólica. Más aún, vuelvo a recordar aquí que "todas las iniciativas (...), tanto las que promueve la Conferencia nacional como las demás emprendidas por las otras estructuras de coordinación regional o local, deben someterse a la supervisión y la responsabilidad concreta de los superiores mayores y del obispo diocesano. (...) Ellos tienen una responsabilidad objetiva y deben poder realizar un control y un acompañamiento efectivo" (Discurso, 11 de julio de 1995, n. 6:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 21 de julio de 1995, p. 12).

Por otro lado, se oye hablar, a veces, de refundación de congregaciones, olvidando, sin embargo, que -además de la inseguridad y del trastorno causado en muchas personas de buena fe-, se trata sobre todo de recomenzar íntegramente de Cristo y de examinar con humildad y generosidad el sentire cum Ecclesia. Asimismo, es urgente que, con la reorganización, no se busque sólo la competencia humana, sino también la explícita formación cristiana y católica. Una vida religiosa que no exprese la alegría de pertenecer a la Iglesia, y con ella a Jesucristo, ha perdido ya la primera y fundamental oportunidad de una pastoral vocacional.

6. Como Conferencia, y también individualmente como pastores, examinaréis sin duda, con objetividad y respeto, la creciente escasez de vocaciones que se está verificando en muchos institutos, mientras otros florecen continuamente.

Es parte constitutiva de vuestro ministerio apoyar y orientar la observancia de los consejos evangélicos, mediante los cuales los religiosos se consagran a Dios, en Jesucristo, para pertenecerle de modo exclusivo.

El cuidado de la vida religiosa es particularmente urgente cuando se discute acerca de la identidad vocacional. Con espíritu de profunda humildad, y teniendo como punto de referencia a Aquel "que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros" (Ef 3, 20), los religiosos y las religiosas han de interrogarse sobre la renovación propuesta por el concilio Vaticano II:  ¿procuran seguirla fielmente y se han producido los frutos de santidad y de celo apostólico que se esperaban? Algunos documentos publicados en años posteriores, con mi aprobación, sobre la formación en los institutos religiosos y sobre la vida contemplativa (por ejemplo, la instrucción Verbi sponsa, de 1999), ¿se han puesto en práctica?

La renovación de la vida religiosa dependerá del crecimiento en el amor a Dios, teniendo siempre presente que "la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración debe ser el primer y principal deber de todos los religiosos" (Código de derecho canónico, can. 663, 1). El único modo efectivo de descubrir cada vez más la propia identidad es el camino arduo pero consolador de la conversión sincera y personal, con un reconocimiento humilde de las imperfecciones y los pecados propios; y la confianza en la fuerza de la resurrección de Cristo (cf. Flp 3, 10) ayudará a superar toda aridez y flaqueza, a eliminar el sentido de desilusión experimentado en ciertas ocasiones.

7. El hombre y la mujer consagrados a Dios en la castidad perfecta afrontan a veces el abandono o la indiferencia de los que los rodean y, en consecuencia, la soledad en el sentido amargo y duro de la palabra. En esos momentos, el deseo de apoyo y consuelo humanos puede llevar a recordar lo que ha sido la vida pasada:  el anhelo natural de perpetuación a través de los hijos, el deseo del afecto de alguien y el consuelo del calor familiar. Son aspiraciones humanamente comprensibles, pero, desde la perspectiva de la fe, es posible trascenderlas con vistas al reino de Dios.

A quien ha dado el paso decisivo a la consagración, la promesa de Cristo le ha asegurado que "nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios, quedará sin recibir mucho más al presente y, en el mundo venidero, vida eterna" (Lc 18, 29-30). En los momentos de prueba es necesario imitar a Jesús, que, en la noche de su pasión, se abandonó sin reservas a la voluntad del Padre, dando así ejemplo de una verdadera obediencia, que no es servil ni limita la propia autonomía, sino que es un camino de libertad auténtica de los hijos de Dios. Por eso, es preciso reafirmar la serena convicción de que Aquel que ha iniciado en los consagrados  esta  obra, la  irá consumando hasta el día de Cristo Jesús (cf. Flp 1, 6).

La historia enseña que ciertos casos de disminución del fervor y de la vitalidad de la vida religiosa guardan relación con una correspondiente disminución de la comprensión y de la práctica de la pobreza evangélica, a pesar de que el incumplimiento de los demás consejos evangélicos influye ciertamente, en mayor o menor grado, en la fidelidad a la vida consagrada. Al imitar a Cristo, que "se hizo pobre" por nuestra salvación (cf. 2 Co 8, 9), los religiosos están llamados a "hacer una sincera revisión de la propia vida en el sentido de la solidaridad con los pobres" (Redemptoris missio, 60). En caso contrario, caerán en la tentación de ser predicadores de una pobreza que no encuentra modelo en la propia vida cuando reivindica la pobreza ajena y no la propia. Es fácil caer en las redes de ideologías materialistas cuando el testimonio personal no sirve de modelo de conducta para los demás.

Por último, mediante la entrega libre y total de sí mismos a Cristo y a la Iglesia, las religiosas y los religiosos pueden testimoniar de modo sorprendente que el espíritu de las Bienaventuranzas es el camino por excelencia para la transformación del mundo y para la restauración de todas las cosas en Cristo (cf. Lumen gentium, 31).

8. Venerados hermanos, al concluir mi coloquio fraterno con vosotros, quiero reafirmar todo el afecto y la estima que siento por cada uno. Al escucharos, me he dado cuenta de la dedicación con que guiáis vuestras diócesis y he apreciado la comunión que os une unos a otros. Que María, sublime modelo de consagración, sostenga vuestro compromiso y vuestra unidad, que confirmo de todo corazón con una amplia bendición apostólica, extensiva a los sacerdotes, a los seminaristas, a los consagrados, a los novicios y las novicias, y a los demás miembros de vuestras comunidades cristianas.

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