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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
SIETE NUEVOS EMBAJADORES ANTE LA SANTA SEDE*
Viernes 13 de
diciembre de 2002
Excelencias:
1. Me alegra mucho darles la bienvenida al Vaticano con ocasión de la
presentación de las cartas que los acreditan como embajadores extraordinarios y
plenipotenciarios de sus países respectivos: Sierra Leona, Jamaica,
India, Ghana, Noruega, Ruanda y Madagascar. A la vez que les doy las gracias por
haberse hecho portavoces de los amables mensajes de sus jefes de Estado, les
ruego que al volver les transmitan mi respetuoso saludo y mis mejores deseos
para sus personas y para su elevada misión al servicio de todos sus
compatriotas. Por medio de ustedes, saludo cordialmente también a las
autoridades civiles y religiosas de sus países, así como a todos sus
compatriotas, asegurándoles mi estima y mi simpatía.
2. La paz es uno de los bienes más valiosos para las personas, para los
pueblos y para los Estados. Como saben ustedes, que siguen atentamente la vida
internacional, todos los hombres la desean ardientemente. Sin la paz no puede
haber un verdadero desarrollo de las personas, de las familias, de la sociedad e
incluso de la economía. La paz es un deber para todos. Querer la paz no es un
signo de debilidad, sino de fuerza. Se realiza prestando atención al respeto
del orden y del derecho internacionales, que deben ser las prioridades de todos
los responsables del destino de las naciones. Asimismo, es importante considerar
el valor primordial de las acciones comunes y multilaterales para la resolución
de los conflictos en los diferentes continentes.
3. La miseria y las injusticias son fuente de violencia y contribuyen a
mantener y desarrollar diversos conflictos locales o regionales. Pienso, en
particular, en los países en los que el hambre se extiende de manera endémica.
La comunidad internacional está llamada a hacer todo lo posible para eliminar
gradualmente estos azotes, sobre todo con medios materiales y humanos que ayuden
a los pueblos más necesitados. Sin duda, un apoyo mayor a la organización de
las economías locales permitiría a las poblaciones autóctonas ser
protagonistas de su futuro.
La pobreza grava hoy de una manera alarmante sobre el mundo, poniendo en peligro
los equilibrios políticos, económicos y sociales. De acuerdo con el espíritu
de la Conferencia internacional de Viena de 1993 sobre los derechos
humanos, constituye un atentado contra la dignidad de las personas y de los
pueblos. Es preciso reconocer el derecho de cada uno a tener lo necesario y a
beneficiarse de una parte de la riqueza nacional. Por medio de ustedes, señores
embajadores, deseo hacer un nuevo llamamiento a la comunidad internacional para
que, cuanto antes, se reflexione en la doble cuestión de la repartición de las
riquezas del planeta y de una asistencia técnica y científica equitativa con
respecto a los países pobres, que constituyen un deber para los países ricos.
En efecto, el apoyo al desarrollo implica la formación, en todos los ámbitos,
de responsables locales que el día de mañana se hagan cargo de sus pueblos,
para que estos últimos se beneficien más directamente de las materias primas y
de las riquezas extraídas del subsuelo y de la tierra.
Precisamente desde esta perspectiva la Iglesia católica desea proseguir su acción,
tanto en el campo diplomático como por medio de su presencia y cercanía en los
diversos países del mundo, comprometiéndose en favor del respeto de las
personas y de los pueblos, y en la promoción de todos, principalmente a través
de la educación integral y de las obras de socialización.
4. Al comenzar su misión ante la Santa Sede, les expreso mis deseos más
cordiales. Invocando la abundancia de las bendiciones divinas sobre ustedes, así
como sobre sus familias, sus colaboradores y las naciones que representan, pido
al Todopoderoso que los colme de sus dones.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.51
p.8.
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