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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN PARA LA
EDUCACIÓN CATÓLICA
Lunes 4 de febrero de 2002
Venerados señores cardenales; queridos hermanos en el episcopado y el
sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:
1. Es para mí motivo de alegría acogeros al inicio de la asamblea
plenaria de vuestro dicasterio. Al dirigiros a cada uno mi cordial saludo, deseo
agradecer de modo particular al señor cardenal Zenon Grocholewski, vuestro
prefecto, las nobles y afectuosas palabras con las que ha interpretado vuestros
sentimientos.
He escuchado lo que el cardenal prefecto me ha expuesto acerca del programa y he
visto también el material preparatorio de estos intensos días de reflexión.
La Iglesia vive del continuo diálogo fraterno entre la Curia romana y las
Conferencias episcopales. Este diálogo se realiza habitualmente a través de la
correspondencia ordinaria, pero a veces exige también momentos de comunión e
intercambio. La asamblea plenaria es uno de estos momentos, gracias a los cuales
se lleva a cabo una provechosa colaboración y se refuerza la unidad de propósitos
en el constante compromiso al servicio de la comunión eclesial.
2. Estáis examinando algunas Orientaciones para la utilización de las
competencias psicológicas en la admisión y en la formación de los candidatos
al sacerdocio. Es un documento que se presenta como instrumento útil para
los formadores, llamados a discernir la idoneidad y la vocación del candidato
con vistas a su bien y al de la Iglesia. Naturalmente, la ayuda de las ciencias
psicológicas se ha de insertar con equilibrio en el itinerario vocacional,
integrándola en el marco de la formación global del candidato, para
salvaguardar el valor y el espacio propios del acompañamiento espiritual. El
clima de fe, indispensable para que madure la respuesta generosa a la vocación
recibida de Dios, permitirá comprender correctamente el significado y la
utilidad del recurso a la psicología, que no elimina todas las dificultades y
tensiones, pero favorece una mayor toma de conciencia y un ejercicio más
efectivo de la libertad, para librar una lucha abierta y franca, con la ayuda
insustituible de la gracia.
Por este motivo, conviene promover la preparación de psicólogos expertos que,
además de alcanzar un buen nivel científico, logren una comprensión profunda
de la concepción cristiana sobre la vida y la vocación al sacerdocio, para que
puedan contribuir de forma eficaz a la integración necesaria entre la dimensión
humana y la sobrenatural.
3. He notado también con satisfacción el gran esfuerzo realizado para
llevar a cabo las visitas apostólicas a los seminarios de derecho común y el
deseo de ofrecer una visión sintética de ellos a fin de asegurar su eficacia.
En la situación general en que se halla la Iglesia, el cuidado de los
seminarios reviste hoy una importancia muy singular. Es necesario lograr que la
formación que se imparte en ellos sea de nivel excelente tanto desde el punto
de vista intelectual como espiritual. Los candidatos deben ser introducidos en
la práctica de la oración, de la meditación y de la ascesis personal, fundada
en las virtudes teologales vividas en la cotidianidad.
De modo especial, es preciso alimentar en los alumnos la alegría de su vocación.
El mismo celibato por el reino de Dios debe presentarse como una opción
eminentemente favorable al anuncio gozoso de Cristo resucitado. Desde este punto
de vista, es importante suscitar en el corazón de los seminaristas el gusto de
la caridad eclesial y apostólica: vivir en comunión con Cristo, con los
superiores y con los compañeros es la forma más adecuada de prepararse para
los futuros compromisos ministeriales.
4. Queréis afrontar también la discusión sobre la formación de los
estudiantes de derecho canónico. Se trata de un asunto muy actual: el
derecho canónico, fundado en la herencia jurídico-legislativa de una larga
tradición, ha de considerarse como un instrumento que, basándose en el primado
del amor y de la gracia, asegura el orden correcto tanto en la vida de la
sociedad eclesial como en la de las personas, que pertenecen a ella en virtud
del bautismo.
En las circunstancias actuales la Iglesia necesita especialistas en esta materia
para afrontar las exigencias jurídico-pastorales, que hoy son más complejas
que en el pasado. Las reflexiones que propongáis al respecto, con la aportación
de los padres de la plenaria procedentes de diversas partes del mundo, os
permitirán elaborar indicaciones apropiadas para la actividad futura del
dicasterio.
5. Vuestra atención, en estos días, se centrará también en el papel de
las personas consagradas (religiosos y religiosas) en el mundo de la educación.
La Iglesia tiene una deuda de gratitud hacia las personas consagradas por las
admirables páginas de santidad y de entrega a la causa de la educación y de la
evangelización que han escrito, sobre todo durante los últimos dos siglos. Ya
en la exhortación postsinodal Vita consecrata subrayé que son
insustituibles en el mundo de la educación. Aun conociendo las dificultades de
muchas familias religiosas, renuevo hoy la invitación a seguir introduciendo
"en el horizonte educativo el testimonio radical de los bienes del
Reino" (n. 96).
Una característica peculiar de la comunidad educativa, que trabaja en la
escuela católica, es la presencia de personas consagradas y laicos. Unos y
otros pueden y deben enriquecer el proceso educativo con su experiencia propia.
Esto sucederá si, en su formación espiritual, eclesial y profesional, saben
perseguir el objetivo de una misión compartida.
6. En lo que atañe al sector vocacional es valioso el trabajo de la Obra
pontificia para las vocaciones eclesiásticas, que desde el año 1941 acompaña
y anima la pastoral vocacional. En ella, la acción princeps es la oración,
cumpliendo el mandato de Cristo: "Rogad, pues, al Dueño de la mies
que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38; Lc 10, 2). Por eso,
tiene gran valor la Jornada mundial de oración por las vocaciones, que se
celebra ya desde hace treinta y nueve años, para comprometer a todas las
comunidades cristianas en una intensa oración común, a fin de que no falten
numerosas y santas vocaciones sacerdotales y religiosas.
Veo con satisfacción que, gracias al impulso de la citada Obra pontificia,
prosigue el programa de las celebraciones de los congresos continentales sobre
las vocaciones a los ministerios ordenados y a la vida consagrada. En el próximo
mes de abril, después de un provechoso trabajo de implicación de las
comunidades diocesanas y regionales, se celebrará en Montreal el III Congreso
para América del Norte, como continuación de los de América Latina y Europa,
que tuvieron tanto éxito. Es un acontecimiento que toda la Iglesia apoyará con
la oración, como ya invité a hacer en mi Mensaje para la próxima Jornada
mundial de oración por las vocaciones. Confío en que este importante
acontecimiento eclesial, providencialmente cercano en el tiempo y en el lugar a
la celebración de la Jornada mundial de la juventud en Toronto, haga crecer en
las Iglesias locales un renovado compromiso al servicio de las vocaciones y un
entusiasmo más generoso entre los cristianos del "nuevo mundo".
Proseguid vuestro servicio en apoyo de la pastoral vocacional con espíritu de
gozosa gratitud al Señor por el don continuo de vocaciones al ministerio
ordenado y a la vida consagrada, y afrontad con confianza activa los motivos de
preocupación por la falta de vocaciones en algunas partes del
mundo, así como por las graves exigencias del discernimiento y de
la formación de los llamados.
7. Por último, os agradezco el servicio que, como Congregación, prestáis
diariamente a la Iglesia en el campo de los seminarios, las universidades y las
escuelas, en una palabra, en el vasto sector de la educación. De las
instituciones educativas se espera una contribución fundamental para la
construcción de un mundo más humano, fundado en los valores de la
justicia y la solidaridad.
Asegurándoos una oración especial por vuestro trabajo durante la asamblea
plenaria, invoco sobre todos abundantes luces celestiales, en prenda de las
cuales de corazón os imparto mi bendición.
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