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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II A LA
FUNDACIÓN "CENTESIMUS ANNUS, PRO PONTIFICE"
Sábado
9 de febrero de 2002
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado; gentiles
señoras e
ilustres señores:
1. Es para mí motivo de alegría acogeros en este encuentro, con el que
queréis renovar los sentimientos de afecto que os unen al Sucesor de Pedro,
manifestando al mismo tiempo vuestra solidaridad efectiva con las necesidades de
la Iglesia. Gracias por vuestra visita.
Saludo cordialmente al señor cardenal Agostino Cacciavillan, presidente de la
Administración del patrimonio de la Sede apostólica, al que agradezco las
nobles palabras que acaba de dirigirme en vuestro nombre. Mi saludo se extiende
a monseñor Claudio Maria Celli, secretario de la misma Administración, y al
doctor Lorenzo Rossi de Montelera, presidente de la Fundación "Centesimus
annus, pro Pontifice".
Doy también una cordial bienvenida a todos los miembros de la asociación y les
expreso mi viva satisfacción por la obra realizada durante el año recién
concluido. Una obra muy benemérita por la contribución dada a la Santa Sede en
su actividad caritativa. ¡Cómo no percibir en vuestra solicitud el deseo
constante de participar directamente en la misión de todo el pueblo de Dios,
según la vocación específica de cada creyente! También por ello deseo
manifestaros mi gratitud, conociendo bien las motivaciones espirituales que
impulsan vuestra acción benéfica.
Dirijo un saludo especial a los que han venido de Estados Unidos. Durante los últimos
meses he tenido muy presente a vuestro amado país en mis pensamientos y en mis
oraciones. También doy la bienvenida a quienes han venido de Canadá. A todos
agradezco los esfuerzos por apoyar a la Fundación en la consecución de sus
nobles propósitos.
Extiendo, además, mi gratitud a los arzobispos y obispos que en Italia, en
Polonia y en otros países, en el ámbito diocesano y en el marco de la
Conferencia episcopal, han ofrecido su apoyo a la Fundación, juntamente con los
asistentes eclesiásticos nacionales y locales.
2. Vuestra Fundación, con sus intervenciones en el ámbito económico y
social, constituye una valiosa forma de apostolado laical. Como dije en nuestro
primer encuentro, el 5 de junio de 1993, la "Centesimus annus, pro
Pontifice" es "una significativa expresión de vuestro compromiso de
fieles laicos" (n. 1: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 2 de julio de 1993, p. 9). En efecto, a ellos se les confía
el ministerio de "buscar el reino de Dios ocupándose de las realidades
temporales y ordenándolas según Dios" (Lumen gentium, 31).
Vuestra actividad es más actual aún, porque quiere dedicar una atención
especial a la familia y a la valoración de su papel, indispensable en la
sociedad. Una familia serena y laboriosa se transforma en un crisol ardiente
para construir la paz. Con ocasión del vigésimo aniversario de la exhortación
Familiaris consortio, celebrado hace dos meses, recordé que "la familia, cuando vive con plenitud las exigencias del amor y
del perdón, se convierte en baluarte seguro de la civilización del amor y en
esperanza para el futuro de la humanidad" (Mensaje al cardenal Alfonso López
Trujillo, 22 de noviembre de 2001, n. 5: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 7 de diciembre de 2001, p. 12). En las familias
sanas y armoniosas tienen su origen los senderos de la civilización del amor,
gracias a la acogida y a la ayuda recíproca que se viven en ellas. Por tanto,
es preciso orar y trabajar sin cesar para que la familia sea protagonista de un
camino constructivo de paz en su seno y en su entorno.
3. En el mundo existe hoy un gran deseo de verdad, de justicia y de
concordia. Pude experimentarlo hace dos semanas, en Asís, cuando, en un clima
de escucha atenta y de diálogo, pasamos con los representantes de las
religiones una jornada entera dedicada a la reflexión y a la oración por la
paz.
Nos sentimos hijos de un Dios creador y omnipotente y necesitados de su próvida
ayuda. Constatamos con preocupación que los gérmenes del odio y de la
violencia pueden arruinar la concordia y la comprensión. Por el contrario, es
necesario promover el amor en la sociedad, y para ello es preciso partir de la célula
primordial de la humanidad, que es la familia. Si no se ayuda a la familia a
vivir y prosperar con seguridad y serenidad, se debilita y se derrumba con grave
daño para las personas y para la sociedad. Por tanto, es importante, entre
otras cosas, garantizar a cada familia una adecuada seguridad económica,
social, educativa y cultural, para que cumpla las obligaciones que le
corresponden en primera instancia. El Estado debe favorecer y solicitar
positivamente la iniciativa responsable de las familias (cf. Familiaris
consortio, 45).
4. Amadísimos hermanos y hermanas, durante el gran jubileo del año 2000
profundizasteis el tema de la ética y las finanzas, con referencia a la
globalización financiera, en constante expansión en el mundo. Como una
prolongación de esa reflexión, este año habéis decidido considerar el
principio de subsidiariedad, que es un elemento fundamental de la doctrina
social de la Iglesia. Al aplicar este principio a las relaciones de la familia
con el Estado, se manifiesta ante todo la urgencia de poner por obra todos los
instrumentos posibles para tutelar la promoción de los valores que enriquecen a
la familia, santuario de la vida y ambiente en el que nacen y se forman los
ciudadanos del futuro. Además, el Estado no puede por menos de tener presente
que "una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida
interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias,
sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar
su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común"
(Centesimus annus, 48).
Sin duda, vuestra Fundación seguirá esforzándose en esta dirección, para
hacer realidad una auténtica solidaridad, que traduzca en obras el
principio de subsidiariedad. Os agradezco vuestro esfuerzo común y espero que
podáis contar con la colaboración de las diversas fuerzas que componen el
entramado de la comunidad civil. Frente a las numerosas necesidades que surgen
en el momento actual, debéis intensificar, de modo especial, vuestros esfuerzos
con vistas a una auténtica renovación social, teniendo como punto de
referencia la perenne enseñanza del Evangelio y como brújula la doctrina
social de la Iglesia. Quiera Dios que vuestro benemérito y laudable compromiso
se vea coronado con abundantes frutos.
Renovándoos la expresión de mi estima y mi cercanía espiritual, os encomiendo
a la protección celestial de la Madre de Dios, para que os ampare bajo su
maternal manto de gracia. Os acompañe también mi bendición, que de todo corazón
os imparto a vosotros, a vuestras familias, a todos vuestros seres queridos y
especialmente a los niños que se encuentran en esta sala.
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