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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CELEBRACIÓN
DE LA X JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
 

Basílica de San Pedro
Lunes 11 de febrero de 2002, memoria de la Virgen de Lourdes

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Os doy una cordial bienvenida a todos vosotros, congregados aquí, en la basílica de San Pedro, con ocasión de esta cita ya tradicional, en la que se reúnen numerosos peregrinos de la Obra romana de peregrinaciones y de la Unitalsi, y que nos hace revivir el intenso clima espiritual de Lourdes.

Saludo al cardenal vicario, que ha presidido la concelebración eucarística, así como a los prelados y a los sacerdotes presentes. Saludo a los responsables de la Unitalsi y de la Obra romana de peregrinaciones, que han promovido y organizado este encuentro tan sugestivo. Os saludo especialmente a vosotros, queridos enfermos aquí presentes, y a los que, aun deseándolo, no han podido unirse a nosotros esta tarde. Os saludo a vosotros, agentes sanitarios y voluntarios, sacerdotes, religiosos y laicos, que prestáis un servicio desinteresado en este ámbito tan importante de la pastoral sanitaria.

Nos encontramos con alegría en este día, en que la Iglesia hace memoria de la Bienaventurada Virgen de Lourdes. A esta fiesta tan familiar se asocia desde hace diez años la celebración de la Jornada mundial del enfermo, que este año tiene su "corazón" en el santuario de la "Virgen de la salud" en Vailankanny (India), conocido precisamente como "la Lourdes de Oriente". Envío un cordial saludo a cuantos están reunidos allí, en torno a mi enviado, el arzobispo Javier Lozano Barragán, presidente del Consejo pontificio para la pastoral de la salud.

2. El tema de la X Jornada mundial del enfermo se refiere a las palabras de Jesús:  "Para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10). Estas palabras invitan a una clara toma de posición en favor de la vida y a un compromiso sincero en su defensa, desde la concepción hasta su fin natural. La vida humana es un don de Dios, y como tal se ha de vivir siempre, incluso en las situaciones más críticas. Al respecto, es muy elocuente el testimonio de muchas personas, algunas presentes aquí esta tarde, que, aun viéndose obligadas desde hace años a guardar cama a causa de la enfermedad, están llenas de serenidad porque saben cuán valiosa es para la Iglesia la contribución de su sufrimiento y de su oración. Ruego a Dios que esta celebración sea para cada enfermo ocasión de extraordinario alivio físico y espiritual, y pido al Señor que ofrezca a todos, tanto sanos como enfermos, la oportunidad de comprender cada vez más el valor salvífico del sufrimiento.

3. Está bien luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Al mismo tiempo, es importante saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a la puerta de nuestra vida. Para nosotros, los creyentes, la clave de lectura de este misterio es la cruz de Cristo. El Verbo encarnado vino en ayuda de nuestra debilidad, tomándola plenamente sobre sí en el Gólgota. Desde entonces el sufrimiento ha adquirido un sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde entonces el dolor, en todas sus manifestaciones, cobra un significado nuevo y peculiar, porque se convierte en participación en la obra salvífica del Redentor (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1521). Nuestras penas sólo adquieren significado y valor plenos si están unidas a las suyas. Iluminadas por la fe, se transforman en fuente de esperanza y de salvación.

4. La Jornada mundial del enfermo nos recuerda, además, que junto a toda persona que sufre debe haber un hermano o una hermana animados por la caridad. Como el buen samaritano, del que Jesús habla en la conocida parábola evangélica, todo creyente está llamado a dar amor a quien se encuentra en la prueba. ¡Jamás hay que "pasar de largo"! Al contrario, es necesario detenerse, inclinarse sobre el hombre abatido y doliente, aliviando su carga y sus dificultades. Así se proclama el evangelio de la consolación y de la caridad; este es el testimonio que los hombres de nuestro tiempo esperan de todos los cristianos.

A este propósito, felicito a la Obra romana de peregrinaciones y a la Unitalsi por haber organizado una significativa peregrinación de "discapacitados" y de "constructores de paz" a Tierra Santa, a los lugares en los que se consumó la historia humana del Redentor y que hoy están turbados por tanta violencia y, desgraciadamente, bañados por mucha sangre. La peregrinación que llevará a discapacitados italianos a encontrarse con discapacitados de Jerusalén y Belén representa un elocuente gesto de solidaridad entre personas disminuidas y, al mismo tiempo, es un mensaje de esperanza para todos.

Deseo de corazón que esta hermosa iniciativa contribuya a que en aquella Tierra, actualmente marcada por el odio y la guerra, prevalezcan finalmente la solidaridad y la paz. La Virgen Inmaculada, que se apareció en Lourdes para confortar a la humanidad, siga velando amorosamente sobre quienes están heridos en el cuerpo y en el alma, e interceda por cuantos cuidan de ellos. Que ella obtenga para Tierra Santa y para todas las demás regiones del mundo el don de la concordia y de la paz.

Con estos sentimientos, de buen grado me uno ahora a vosotros en la tradicional procesión de antorchas, que nos recuerda a Lourdes, y a todos imparto una especial bendición apostólica.

 

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