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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA COMISIÓN PONTIFICIA DE ARQUEOLOGÍA SACRA
CON OCASIÓN DEL 150 ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN

 

Al venerado hermano
Mons. FRANCESCO MARCHISANO
Presidente de la Comisión pontificia
de arqueología sacra


1. Han pasado ciento cincuenta años desde que mi predecesor, el beato Pío IX, hizo realidad el primer proyecto articulado de la Comisión pontificia de arqueología sacra, instituida poco tiempo antes para ampliar la recolección de antigüedades cristianas, reunirlas en un local adecuado y formar con ellas un museo, que tomaría luego el nombre de museo Pío Cristiano.

La tarea que confió a esa Comisión fue la de ocuparse con sabio discernimiento "de que permanezcan posiblemente en su lugar, en las catacumbas, todas las cosas que, sin peligro de deteriorarse, podrían (...) edificar a los devotos al traer a la memoria la sencillez de las catacumbas mismas" (en:  Archivio della Società romana di storia patria, 91 [1968] 259). Al publicar las disposiciones de aquel venerado Pontífice, el entonces cardenal secretario de Estado Giacomo Antonelli, el 6 de enero de 1852, comunicó la definitiva composición de  la  Comisión, que comprendía a ilustres y clarividentes estudiosos, entre los cuales figuraban el padre Giuseppe Marchi, s.j., y Giovanni Battista De Rossi.

En este feliz aniversario, he pedido al señor cardenal Angelo Sodano, mi secretario de Estado, que transmita a los miembros de esa benemérita Comisión pontificia de arqueología sacra mi saludo cordial y mi ferviente aliento, para que sigan conservando, estudiando y dando a conocer la valiosa herencia de las venerandas memorias de la Iglesia, especialmente de las catacumbas de la ciudad de Roma y de Italia.

2. ¡Cómo no destacar, en esta circunstancia, la esmerada solicitud con que los Romanos Pontífices han conservado las memorias de la comunidad cristiana esparcidas por la ciudad de Roma y por la península italiana desde los comienzos!

Es digna de mención, por ejemplo, la decisión del Papa Ceferino, el primero que quiso crear una catacumba en la vía Appia, confiando su gestión al diácono Calixto. Esta catacumba, la mayor, tomaría luego el nombre de Calixto, convertido en Papa y sucesor de Ceferino. Otro Pontífice muy comprometido en la valoración de las catacumbas fue el Papa Dámaso, que, durante su pontificado, se dedicó a investigar las tumbas de los mártires, para decorarlas con espléndidos epígrafes métricos, en memoria de las gestas de los primeros testigos de la fe.

Durante el siglo pasado, al confirmar y actualizar las disposiciones de sus inmediatos predecesores, el Papa Pío XI, con el motu proprio "I primitivi cemeteri", amplió y reforzó la Comisión de arqueología sacra, "a fin de que los antiguos monumentos de la Iglesia se conserven del mejor modo posible para el estudio de los doctos, así como para la veneración y la ardiente piedad de los fieles de todos los países" (AAS 17 [1925] 621). La próvida iniciativa de aquel gran Pontífice se situó en el marco especial del Año santo de 1925, durante el cual acudieron multitudes de peregrinos para rendir homenaje a las memorias de la Iglesia de Roma. Por tanto, como siempre, fue principalmente la finalidad pastoral-espiritual la que llevó a los Sucesores del apóstol san Pedro a impulsar aún más la Comisión pontificia de arqueología sacra.

3. Las catacumbas, en todas las épocas, han representado para los creyentes un estímulo a la piedad y a la unidad. En ellas se conservan y veneran afectuosamente testimonios elocuentes de la santidad de la Iglesia, que recuerdan la comunión que une a los vivos y a los difuntos, la tierra y el cielo, el tiempo y la eternidad. En aquellos lugares sagrados esperan la venida gloriosa de Cristo cuantos fueron marcados por el sello del bautismo y, a menudo, dieron el testimonio supremo del Evangelio con el derramamiento de su sangre.

Me complace citar en su forma completa, entre otros, el admirado epígrafe que el Papa san Dámaso compuso en honor de san Saturnino mártir, cuya memoria litúrgica se celebra hoy. Son palabras que pueden aplicarse a muchos que, por Cristo, dieron la vida y ahora descansan en paz, esperando el día sin fin, cuando el Señor vuelva en la gloria. Es un homenaje que queremos rendir a estos hermanos y hermanas nuestros en la fe: 

"Incola nunc Christi fuerat Chartaginis ante.
Tempore quo gladius secuit pia viscera Matris,
sanguine mutavit patriam, vitamque, genusque
Romanum civem Sanctorum fecit origo.

Mira fides rerum:  docuit post exitus ingens.
Cum lacerat pia membra, fremit Gratianus ut hostis;
posteaquam fellis vomuit concepta venena,
cogere non potuit Christum te, sancte, negare;
ipse tuis precibus meruit confessus abire.

Supplicis haec Damasi vox est:  venerare sepulcrum.
[Solvere vota licet castasque effundere preces,
Sancti Saturnini tumulus quia martyris hic est].
Saturnine tibi martyr mea vota rependo".

(Ahora ciudadano de Cristo, lo fue antes de Cartago.
En el tiempo en que la espada traspasó el piadoso seno de la madre
por mérito de su sangre cambió patria, nombre y linaje,
el nacimiento a la vida de los santos lo hizo ciudadano romano.

Admirable fue su fe:  lo demostró luego su heroica muerte.
Ruge Graciano como enemigo, mientras desgarra sus piadosos miembros;
 pero, aunque derramó todo el veneno de su bilis,
no pudo inducirte, oh santo, a renegar a Cristo;
más aún, él mismo por tus plegarias mereció morir cristiano.

Esto es lo que Dámaso te sugiere:  ¡venera este sepulcro!
[Aquí se pueden cumplir los votos y elevar santas plegarias
porque este es el sepulcro del mártir san Saturnino].
A ti, oh mártir Saturnino, cumplo mis votos).

(Epigrammata Damasiana, A. Ferrua, Roma 1942, pp. 188-189).


A la luz de estos inspirados versos, no se puede negar que las catacumbas son uno de los símbolos históricos de la victoria de Cristo sobre el mal y sobre el pecado. Las catacumbas testimonian que las tempestades que se abatieron contra la Iglesia jamás pueden alcanzar su objetivo de destruirla, porque está fundada en la promesa del Señor:  "Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt 16, 18).

4. Me complace recordar, asimismo, que la Comisión que usted preside dignamente no sólo se ocupa de conservar de modo apropiado estos "vestigios del pueblo de Dios", sino que también se esfuerza por recoger y difundir el mensaje religioso y cultural que evocan. En efecto, la aportación de cuantos colaboran con vosotros abarca aspectos técnicos, científicos y epigráficos, así como antropológicos, teológicos y litúrgicos. Esto permite a la Iglesia conocer cada vez mejor el patrimonio que legaron las generaciones de los primeros cristianos. Y, también gracias al constante mensaje que este patrimonio proclama silenciosamente, se ayuda al pueblo cristiano a permanecer fiel al depositum fidei, recibido como tesoro valioso que hay que conservar con cuidado.

Las cualificadas intervenciones de los expertos de la Comisión, durante los ciento cincuenta años transcurridos, han sido y siguen siendo importantes no sólo por su carácter científico, sino también, y especialmente, por el religioso y eclesial. En esta feliz circunstancia jubilar deseo expresar mi más profunda gratitud por el vasto y generoso compromiso con el que cada uno de ellos contribuye a incrementar esta obra histórica y pastoral.

Espero asimismo que el trabajo de esa Comisión pontificia sea cada vez más conocido, para que cumpla el deseo de cuantos quieren acercarse a los testimonios de quienes los han precedido en el signo de la fe. Las jóvenes generaciones, al ponerse en contacto, a través de esos monumentos y memorias, con la firmeza de la fe de los primeros cristianos, podrán sentirse estimuladas eficazmente a vivir con coherencia el Evangelio, incluso a costa de sacrificios personales.

Con estos sentimientos, le confirmo a usted, venerado hermano, a los miembros de la Comisión pontificia de arqueología sacra, a sus colaboradores y a cuantos participen en las celebraciones programadas, mi constante afecto y, a la vez que encomiendo a cada uno a María, Madre de la Iglesia, de corazón imparto a todos una especial bendición apostólica, propiciadora de abundantes favores celestiales.

Vaticano, 12 de febrero de 2002, memoria de san Saturnino y compañeros mártires

 

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