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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS ARZOBISPOS Y OBISPOS
DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

 

A Monseñor Estanilao Karlic
Arzobispo de Paraná y
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina
y a los Arzobispos y Obispos de la República Argentina

1. Con ocasión de la inauguración del Colegio Sacerdotal Argentino, saludo cordialmente a los Arzobispos y Obispos de esa Conferencia Episcopal, que con esta iniciativa han querido reforzar la presencia que las diócesis argentinas tienen en Roma. A la Iglesia nacional Santa María Addolorata se añade ahora un centro para sacerdotes que, junto a la cualificada formación teológica y científica en los diversos Institutos académicos, podrán cultivar más fácilmente un sentido de especial cercanía a la Sede del Sucesor de Pedro, propiciando así una visión más universal de la Iglesia y una mayor adhesión de mente y corazón al Magisterio Pontificio.

2. En efecto, los sacerdotes enviados por el propio Obispo a ese Centro tendrán una oportunidad privilegiada para perfeccionar sus estudios y profundizar, con métodos científicos particularmente cualificados, en la reflexión sobre una misma y única fe, que se expresa en diversas lenguas y formas culturales. De este modo, en el ejercicio de su ministerio pastoral, estarán especialmente capacitados para enfocar con amplitud de miras su tarea evangelizadora, pues, como presbíteros, han de hacer visible la Iglesia universal y reunir "a la familia de Dios como fraternidad animada por los mismos ideales" (Lumen gentium, 28).

Además de la aportación de maestros y condiscípulos provenientes de otras regiones del mundo, que nos dan a conocer las diversas realidades eclesiales, en Roma resuena el eco de la primitiva evangelización y se deja sentir aún el rescoldo que de ella han dejado los apóstoles Pedro y Pablo, así como tantos mártires de los primeros siglos de la Iglesia. A la formación de las aulas se suma la familiaridad con unas raíces cristianas que permanecen vivas y visibles en los numerosos vestigios que se integran en la estructura urbana actual. Aquí los cristianos aprendieron a vivir en un ambiente hostil y de persecución, dando ejemplo perenne de firmeza y fidelidad al Evangelio de Cristo, y supieron ganar para Cristo a multitud de gentes de toda edad y condición con la sola fuerza de la verdad y el testimonio de su vida.

A través de los siglos, otros muchos santos y santas han dejado una huella profunda en esta ciudad, en la que pueden admirarse también tantas obras eximias, fruto de una exquisita creatividad inspirada en el mensaje cristiano, convirtiéndola así en meta predilecta de numerosos devotos y peregrinos del mundo entero.

3. Junto a esta experiencia conmovedora, la estancia en la Iglesia de Roma, sede de Pedro y de sus sucesores, ha de servir para acrecentar la fidelidad a ella, "en la que siempre residió la primacía de la cátedra apostólica" (S. Agustín, Ep., 43, 7) y que es "principio y fundamento, perpetuo y visible, de la unidad de la fe y de la comunión" (Lumen gentium, 18). A ello contribuye poderosamente la cercanía física, la posibilidad de ver y escuchar personalmente a quien ha recibido la misión de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32) y apacentar el Pueblo de Dios como un amoris officium (cf. S. Agustín, In Io. Ev., 123, 5). De este modo, se tiene un aliciente más para guiarse fielmente por el Magisterio de la Iglesia al anunciar el Evangelio, explicarlo como mensaje de salvación para todos, proponerlo como alimento de vida espiritual (cf. Optatam totius, 15) y abrir el alma sacerdotal al amor universal.

Todas estas circunstancias son, sin duda alguna, fuente de vigor evangelizador y de vitalidad eclesial, pues hacen ver mejor la estrecha vinculación de cualquier proyecto o acción pastoral con los orígenes mismos de la misión de la Iglesia. Así se podrá dar nuevo impulso a los esfuerzos de tantos argentinos para que, en esa sociedad, el espíritu del mundo no prevalezca sobre la Palabra de Dios.

4. Que la Santísima Virgen proteja los proyectos del Colegio Sacerdotal e indique con dulzura a los responsables y residentes el camino que lleva hacia Cristo. Podrán contemplarla en el ábside que preside ese templo como Nuestra Señora de los Dolores y, ante la imagen de la Virgen de Luján, que tuve la oportunidad de bendecir y entronizar personalmente, tendrán un motivo especial para unirse a la ferviente devoción del pueblo argentino y pedir aliento constante para los Pastores y fieles de esa querida Nación.

Como confirmación de estos vivos deseos, imparto complacido a los miembros de esa Conferencia Episcopal, así como a la comunidad del nuevo Centro, una especial Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de febrero de 2002

IOANNES PAULUS II

 

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