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PALABRAS DE SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN
PABLO II AL
INICIO DE LA COMIDA EN EL VATICANO
Viernes 25 de enero de 2002
Distinguidos huéspedes, queridos amigos:
Lo que aconteció ayer en Asís permanecerá durante mucho tiempo en nuestro
corazón, y esperamos que tenga un eco profundo entre los pueblos del mundo.
Deseo daros las gracias a cada uno por la generosidad con que habéis aceptado
mi invitación. Reconozco que vuestra venida aquí ha significado un gran
esfuerzo. Os agradezco, sobre todo, vuestra voluntad de trabajar por la paz, así
como vuestra valentía de declarar ante el mundo que la violencia y la religión
jamás pueden ir juntas.
Desde las colinas de Umbría hemos venido a las colinas de Roma, y con gran
alegría os doy la bienvenida a mi casa. La puerta de esta casa está abierta a
todos, y vosotros venís a esta mesa no como extraños, sino como amigos. Ayer
nos reunimos a la sombra de san Francisco. Aquí nos hemos reunido a la sombra
de Pedro, el pescador. Asís y Roma, Francisco y Pedro: los lugares y los
hombres son muy diferentes. Pero ambos fueron heraldos del mensaje de paz
anunciado por los ángeles en Belén: Gloria a Dios en las alturas y en
la tierra paz a los hombres que Dios ama.
Con todas nuestras diferencias, estamos sentados a esta mesa, unidos en nuestro
compromiso en favor de la causa de la paz. Este compromiso, nacido de un sincero
sentimiento religioso, es seguramente lo que Dios espera de nosotros. Es lo que
el mundo busca en las personas religiosas. Este compromiso es la esperanza que
hemos de ofrecer en este tiempo especial. Que Dios nos conceda a todos ser
humildes y eficaces instrumentos de su paz.
Que nos bendiga a nosotros y este alimento, que nos viene de la próvida bondad
de la tierra que él creó.
Amén.
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