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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
UNA PEREGRINACIÓN DE LA DIÓCESIS ITALIANA DE ORIA
Sábado 26
de enero de 2002
Venerado hermano en el episcopado; amadísimos sacerdotes; hermanos y hermanas:
1. Me alegra daros a cada uno una cordial bienvenida. Con esta peregrinación
queréis prepararos para la visita pastoral que vuestro obispo se dispone a
realizar a la diócesis. Os agradezco esta presencia festiva, que culmina
vuestro deseo de "ver a Pedro".
Saludo ante todo a vuestro pastor, monseñor Marcello Semeraro, que en la
reciente Asamblea ordinaria del Sínodo de los obispos desempeñó el cargo de
secretario especial, dando una valiosa contribución a esa importante reunión.
Mucho le agradezco las afectuosas palabras que, hace unos momentos, ha querido
dirigirme en nombre de todos. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a las
religiosas, a los laicos comprometidos activamente en el apostolado, a los niños,
a los jóvenes y a las familias presentes.
Asimismo, dirijo mi deferente saludo a las autoridades civiles y militares que
participan en este encuentro.
2. La visita pastoral, práctica eclesial que se inició con el concilio de
Trento, representa, como dijo mi predecesor el siervo de Dios Pablo VI,
"una búsqueda de almas que necesitan saberse amadas y guiadas, una búsqueda
de la Iglesia para que verdaderamente sea Iglesia" (Homilía durante la
inauguración de la visita pastoral a la diócesis de Roma, 9 de abril de
1967).
Amadísimos hermanos y hermanas, estoy seguro de que también para vosotros la
visita de vuestro pastor constituirá una intensa oportunidad de encontraros con
Cristo y escuchar su voz. El Señor os ha colmado de innumerables dones de
gracia y santidad, y llama a todos a un renovado compromiso de fidelidad evangélica.
Os invita a "remar mar adentro" hacia nuevas fronteras apostólicas,
siguiendo el ejemplo del beato Bartolo Longo, hijo eximio de vuestra
tierra, muy devoto de la Madre de Dios, a la que dedicó el santuario de
Pompeya.
3. Espero de corazón que este providencial acontecimiento suscite un
fuerte impulso misionero especialmente en las parroquias, donde la comunión
eclesial halla su expresión más inmediata y visible. En efecto, en ellas
"la misma Iglesia vive entre las casas de sus hijos y sus hijas" (Christifideles
laici, 26).
Que cada comunidad parroquial sea lugar privilegiado de la escucha y del anuncio
de la Palabra; casa de oración congregada en torno a la Eucaristía; verdadera
escuela de comunión, en la que el ardor de la caridad venza la tentación de
una religiosidad superficial y folclórica, y constituya un ambiente
adecuado para formar a los fieles en el alto grado de la vida cristiana
ordinaria que es la santidad (cf. Novo millennio ineunte, 31). Los
creyentes, así estimulados, no se contentarán con una existencia vivida con
mediocridad y reducida al minimalismo ético, sino que, por el contrario, tomarán
mayor conciencia de los compromisos del bautismo.
Cuando crece la aspiración a la santidad, se supera todo cansancio y desilusión,
se robustece la "creatividad de la caridad" y madura la atención a
cuantos están afligidos por antiguas y nuevas formas de pobreza. El cristiano
comprometido siente la necesidad de afrontar con valentía y competencia los
graves problemas sociales y culturales del momento actual y está dispuesto a
aceptar los desafíos planteados por el ambiente en el que vive, brindando una
aportación personal para mejorar la calidad de la convivencia civil.
4. Amadísimos hermanos y hermanas, en el compromiso que debe caracterizar
vuestra acción apostólica prestad atención especial a la familia, célula
primaria de la sociedad y baluarte para el futuro de la humanidad, reaccionando
con firmeza ante algunas graves presiones culturales que ofenden y relativizan
el valor del matrimonio.
En las familias cristianas surgen más fácilmente vocaciones al sacerdocio y a
la vida consagrada. Que Dios bendiga a la diócesis de Oria con un abundante
florecimiento de vocaciones, para que no le falten ministros y apóstoles de
Cristo, entregados totalmente a la construcción del Reino.
5. Ruego al Señor para que la visita pastoral de vuestro obispo constituya
un tiempo de gracia singular, que ayude a todos los creyentes a crecer en la
escucha de Dios y en la comunión fraterna. Vivida así, despertará en los
sacerdotes y en los diáconos un celo apostólico más vivo. Estimulará a las
personas consagradas a dar un testimonio evangélico más intenso. A los fieles
laicos -en particular a los comprometidos en las diversas asociaciones laicales,
como cofradías, asociaciones y nuevos movimientos- los animará a caminar en
plena sintonía con las directrices de los párrocos y del obispo. Será para
toda la comunidad diocesana ocasión de edificación recíproca.
Amadísimos hermanos y hermanas, os acompañen vuestros protectores celestiales;
os sostenga, en particular, la protección materna de la Virgen María, venerada
con especiales títulos en diferentes iglesias y santuarios de vuestra diócesis.
Asegurándoos el apoyo de mi oración, imparto con afecto al obispo y a toda la
querida Iglesia de Oria una especial bendición apostólica.
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