The Holy See
back up
Search
riga

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 DURANTE LA INAUGURACIÓN SOLEMNE 
DEL AÑO ACADÉMICO EN LA UNIVERSIDAD ROMA III


Jueves 31 de enero de 2002

 

Rector magnífico;
ilustres huéspedes y profesores;
queridos alumnos: 


1. Es para mí motivo de alegría visitar a vuestra comunidad universitaria, con ocasión de la solemne inauguración del décimo año académico. Deseo saludar ante todo al señor rector, profesor Guido Fabiani, a quien agradezco la invitación que me hizo, así como las palabras de bienvenida con las que ha querido acogerme. He escuchado atentamente los proyectos del Ateneo, que ha ilustrado, y he apreciado mucho la apertura que anima a este Centro académico, así como el deseo de cooperar de modo especial con los países del tercer mundo, destinando, entre otras ayudas, cinco becas para jóvenes procedentes de ellos.

Saludo a los decanos de las diversas facultades y a las autoridades institucionales y académicas, que con su presencia dan prestigio a este encuentro. Saludo también con deferencia a la señora Letizia Moratti, ministra de Educación, universidades e investigación, que nos honra con su presencia.

Dirijo asimismo un afectuoso saludo al cardenal vicario Camillo Ruini, al obispo auxiliar del sector y a los sacerdotes que se encargan de la formación espiritual de cuantos frecuentan este Centro universitario, que la Iglesia de Roma mira con simpatía y atención. La Iglesia ofrece su disponibilidad a colaborar, para prestar juntos un cualificado servicio, orientado a crear, en la diversidad de los papeles, ocasiones de diálogo, confrontación y propuestas. Estoy seguro de que esta comunión de intenciones crecerá, sostenida también por la acción constante de la capellanía universitaria.

Os saludo sobre todo a vosotros, amadísimos estudiantes, que aquí os preparáis para colaborar en la construcción de la sociedad del futuro. Saludo de modo especial a vuestro representante, al que doy las gracias por haberse hecho intérprete, con palabras ponderadas, de vuestros sentimientos comunes. Vuestro futuro dependerá en gran medida de la seriedad con que durante estos años os apliquéis en las diversas disciplinas, que son instrumentos útiles en la búsqueda diaria de la verdad sobre vosotros mismos y sobre los diferentes aspectos del mundo.

2. Con el fin de prepararos para este encuentro, habéis reflexionado en la contribución que, como universitarios, estáis llamados a dar al bien común, y habéis concluido que vuestra primera tarea consiste en ser fieles a la misión típica de un centro universitario. La universidad tiene como tarea esencial ser lugar de búsqueda de la verdad:  desde las verdades más simples, como las relativas a los elementos materiales y a los seres vivos, pasando por las más articuladas, como las relacionadas con las leyes del conocimiento, de la vida asociada y del uso de las ciencias, hasta las más profundas, como las del sentido del comportamiento humano y de los valores que animan la actividad individual y comunitaria.

La humanidad necesita cátedras de verdad, y si la universidad es una fragua del saber, los que trabajan en ella no pueden por menos de tener como brújula de su comportamiento la honradez intelectual, gracias a la cual es posible distinguir lo falso de lo verdadero, la parte del todo y el instrumento del fin. Aquí se da ya una contribución significativa a la construcción de un futuro fundado en los valores firmes y universales de  la  libertad, la justicia y la paz.

3. Santo Tomás de Aquino, cuya fiesta celebramos el lunes pasado, observaba que "genus humanum arte et ratione vivit" (In Arist. Post. Analyt., 1). Todo conocimiento inmediato y científico se ha de remitir a los valores y a las tradiciones que constituyen la riqueza de un pueblo. Inspirándose en esos valores que unen y a la vez distinguen a un pueblo de otro, la universidad se transforma en cátedra de una cultura verdaderamente a la medida del hombre, y se sitúa como ambiente ideal para armonizar el genio individual de una nación y los valores espirituales que pertenecen a toda la familia humana.

Usted, señor rector, acaba de mencionar algo que recordé hace algunos años, es decir, que el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura. Cultura y culturas no deben estar en contraposición entre sí; al contrario, han de entablar un diálogo enriquecedor para la unidad y la diversidad de la vida humana. Estamos aquí en presencia de una pluralidad fecunda, que permite a la persona desarrollarse sin perder sus raíces, porque le ayuda a conservar la dimensión fundamental de su ser integral.

La persona es subjetividad espiritual y material, capaz de espiritualizar la materia, transformándola en dócil instrumento de sus energías espirituales, a saber, de su inteligencia y de su voluntad. Al mismo tiempo, es capaz de dar una dimensión material al espíritu, es decir, de encarnar y convertir en histórico lo que es espiritual. Pensemos, por ejemplo, en las grandes intuiciones intelectuales, artísticas y técnicas que han llegado a ser "materia", o sea, expresiones concretas y prácticas del genio, que las ha concebido antes en su mente.

4. Este camino no puede prescindir de una confrontación leal, en todos los campos, con los valores éticos y morales relacionados con la dimensión espiritual del hombre. La fe ilumina el marco de referencia fundamental de los valores irrenunciables inscritos en el corazón de cada uno. Basta mirar la historia con objetividad para darse cuenta de cuán importante ha sido la religión en la formación de las culturas y cuánto ha modelado con su influjo todo el hábitat humano. Ignorar esto o negarlo no sólo representa un error de perspectiva, sino también un mal servicio a la verdad del hombre. ¿Por qué tener miedo de abrir el conocimiento y la cultura a la fe? La pasión y el rigor de la investigación no tienen nada que perder en el diálogo sapiencial con los valores que entraña la religión. ¿No surgió de esta ósmosis el humanismo del que se siente justamente orgullosa nuestra Europa, encaminada hoy hacia nuevas metas culturales y económicas?

Por lo que depende de la Iglesia, como recuerda el concilio Vaticano II, "el deseo de que este diálogo sea conducido sólo por el amor a la verdad, guardando siempre la debida prudencia, no excluye (...) a nadie, ni a aquellos que cultivan los bienes preclaros del espíritu humano, pero no reconocen todavía a su Autor, ni a aquellos que se oponen a la Iglesia" (Gaudium et spes, 92).

El encuentro de Asís del jueves pasado ha demostrado que el auténtico espíritu religioso promueve un diálogo sincero que abre los corazones a la comprensión recíproca y al entendimiento en el servicio a la causa del hombre.

5. Distinguidas autoridades académicas, amables profesores y amadísimos estudiantes, os confío estas consideraciones a vosotros, que formáis la gran familia de la Universidad Roma III. Que vuestro trabajo esté sostenido siempre por un compromiso apasionado, se realice con constancia y generosidad y esté animado por un espíritu de comprensión y diálogo. De quien, como vosotros, trabaja en el ámbito de la investigación científica dependen en gran parte la renovación de nuestra sociedad y la construcción de un futuro de paz mejor para todos.

María, Madre de la Sabiduría, os sostenga en la pasión por la verdad y os ilumine en los momentos de dificultad y prueba. ¡No os desaniméis jamás! El Papa está a vuestro lado y os bendice de corazón así como a  vuestros seres queridos.

 

top