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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA
EPISCOPAL DE COLOMBIA

 

A Mons. Alberto GIRALDO JARAMILLO
Arzobispo de Medellín
Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia

1. Se cumple ahora un siglo desde que el 22 de junio de 1902, los Obispos, las Autoridades civiles y el pueblo de Colombia, animados de profundos sentimientos de amor y devoción, consagraron la República al Sagrado Corazón de Jesús, prometiendo así mismo edificar un templo votivo donde se implorase la paz para la Nación. Desde entonces, con entusiasmo y esperanza constantes, se ha venido renovando anualmente esta consagración, que se hace también en las parroquias, casas religiosas y en tantas familias, acogiéndose de ese modo al amor y misericordia del Salvador, que amó y sigue amando a los hombres, y los acoge con estas dulces palabras: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt 11,28).

2. El Evangelio nos descubre las riquezas insondables del corazón de Cristo en sus actitudes de perdón y misericordia con todos; en su ardiente amor al Padre y a la humanidad entera. Al mismo tiempo, Jesús nos muestra el camino de una vida nueva: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). De ese corazón, símbolo particularmente expresivo del amor divino, atravesado por la lanza de un soldado (cf. Jn 19, 33-34), brotan abundantes dones para la vida del mundo: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Esos son los dones que recordaba el Papa Pío XII en su Encíclica "Haurietis Acquas": su vida misma, el Espíritu Santo, la Eucaristía y el sacerdocio, la Iglesia, su Madre, su oración incesante por nosotros (cf. nn. 36-44).

3. Ahora que los fieles católicos colombianos, presididos por sus Pastores y las Autoridades, se disponen a renovar esa Consagración centenaria de la Patria al Corazón de Jesús, deseo repetirles aquel llamado que hice al inicio de mi misión como Sucesor de Pedro: "¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!" (Homilía, 22 de octubre de 1978, n.5). Escuchad, queridos hermanos, la voz de Cristo que sigue hablando a los hombres de hoy. Como ya tuve ocasión de escribir en otra oportunidad: "Junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano y a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así -y ésta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador- sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo" (Carta al Prepósito General del la Compañía de Jesús, 5 de octubre de 1986).

4. La Consagración de los hombres y mujeres de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús, que os disponéis a renovar siguiendo esa loable tradición consolidada por cien años, ha de significar un singular momento de gracia y de fuerte compromiso. En efecto, debe ser una súplica ardiente al Señor para que renueve a toda la sociedad colombiana, de modo que actúe con un corazón y un espíritu nuevos (cf. Ez 11,19). Así será posible acoger el llamado a la oración que he hecho en la Carta apostólica Novo millennio ineunte (cf. nn. 32-33) señalando cómo cada cristiano ha de distinguirse precisamente en el arte de la oración y de la contemplación del Rostro del Señor (cf. ibíd., nn. 16-28), de Aquel al que atravesaron (cf. Jn 19,37); al mismo tiempo, esto favorecerá un impulso hacia una conversión incesante, base indispensable para vivir como hombres nuevos (cf. Col 3,10)

Pero esta conversión personal tiene que ir acompañada también de una profunda transformación social, la cual empieza por fortalecer la institución familiar, que es la más rica escuela de humanismo. En efecto, las familias sólidas son los núcleos donde se fomentan y transmiten las virtudes humanas y cristianas, se nutre la esperanza y el auténtico compromiso entre sus miembros, y la vida humana es acogida y respetada en todas las fases de su existencia, desde la concepción hasta su ocaso natural.

La sociedad que escucha y sigue el mensaje de Cristo camina hacia la auténtica paz, rechaza cualquier forma de violencia y genera nuevas formas de convivencia por el camino seguro y firme de la justicia, de la reconciliación y del perdón, fomentando lazos de unidad, fraternidad y respeto de cada uno.

5. Deseo vivamente que esta conmemoración, que desgraciadamente se celebra en momentos en los que vuestra querida Nación no goza todavía de una paz interior estable y la violencia sigue sembrando víctimas en todas las capas de la sociedad, sin excluir incluso a los Pastores de la Iglesia, sea la ocasión para que todos -sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos-, unidos a sus Obispos y procediendo capilarmente desde todos los rincones de ese amado País, den paso a un gran movimiento nacional de reconciliación y perdón. Que sea también un momento para implorar de Dios el don de la paz y para comprometerse, cada uno desde su propio lugar en la sociedad, a poner las bases para la reconstrucción moral y material de vuestra comunidad nacional. Sabéis que, en esa obra, Jesucristo, el Príncipe de la Paz, os dará la fortaleza necesaria para el restablecimiento de una sociedad justa, solidaria, responsable y pacífica.

Al unirme espiritualmente a vosotros en la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús, imploro de Él abundantes dones sobre cada uno de los colombianos, sobre las familias, las comunidades eclesiales y las diversas instituciones públicas y quienes las rigen, a la vez que, confiando esos deseos a la maternal intercesión de Nuestra Señora de Chiquinquirá, Reina de Colombia, os imparto con afecto la Bendición Apostólica.

Vaticano, 9 de mayo, Solemnidad de la Ascensión del Señor, del año 2002

IOANNES PAULUS II

       

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