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FIRMA DE LA "DECLARACIÓN
DE VENECIA"
DECLARACIÓN CONJUNTA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II Y SU SANTIDAD BARTOLOMÉ I
Nos encontramos hoy reunidos aquí en espíritu de paz para el bien de todos los
seres humanos y para la tutela de la creación. En este momento de la historia,
al inicio del tercer milenio, nos entristece ver el sufrimiento diario de gran número
de personas a causa de la violencia, el hambre, la pobreza y la enfermedad.
También nos preocupan las consecuencias negativas para la humanidad y para toda
la creación que derivan de la degradación de algunos recursos naturales
fundamentales como el agua, el aire y la tierra, causada por un progreso económico
y técnico que no reconoce y no considera sus límites.
Dios todopoderoso planeó un mundo de belleza y armonía, y lo creó haciendo de
cada una de sus partes una expresión de su libertad, su sabiduría y su amor
(cf. Gn 1, 1-25).
En el centro de toda la creación nos puso a los seres humanos, con nuestra
dignidad humana inalienable. Aunque compartimos muchas características con los
demás seres vivos, Dios todopoderoso hizo mucho más por nosotros y nos dio un
alma inmortal, fuente de auto-conciencia y libertad, dones que nos configuran
a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26-31; 2, 7). Marcados por esta
semejanza, Dios nos puso en el mundo para que cooperáramos con él en la
realización cada vez más plena de la finalidad divina de la creación.
Al inicio de la historia, el hombre y la mujer pecaron, desobedeciendo a Dios y
rechazando su designio sobre la creación. Una de las consecuencias de este
primer pecado fue la destrucción de la armonía original de la creación. Si
examinamos atentamente la crisis social y ambiental que afronta la comunidad
mundial, debemos concluir que aún estamos traicionando el mandato que Dios nos
dio: ser administradores, llamados a colaborar con Dios en la vigilancia
sobre la creación, en santidad y sabiduría.
Dios no ha abandonado el mundo. Quiere que su designio y nuestra esperanza para
el mundo se realicen mediante nuestra cooperación para devolverle su armonía
original. En nuestro tiempo asistimos al desarrollo de una conciencia ecológica,
que es preciso estimular para que pueda llevar a iniciativas y programas
concretos. La conciencia de la relación entre Dios y la humanidad da un sentido
más pleno de la importancia de la relación entre los seres humanos y el
ambiente natural, que es creación de Dios y que Dios nos ha encomendado para
que lo conservemos con sabiduría y amor (cf. Gn 1, 28).
El respeto a la creación deriva del respeto a la vida y a la dignidad humana.
Si reconocemos que el mundo ha sido creado por Dios, podemos discernir un orden
moral objetivo, en el cual es posible articular un código de ética ambiental.
Desde esta perspectiva, los cristianos y todos los demás creyentes tienen una
función específica que desempeñar proclamando valores morales y educando a
las personas a tener conciencia ecológica, que no es más que
responsabilidad con respecto a sí mismos, con respecto a los demás y con
respecto a la creación.
Hace falta un acto de arrepentimiento por nuestra parte y un nuevo intento de
mirarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo que nos rodea desde la
perspectiva del designio divino de la creación. El problema no es solamente
económico y técnico, sino también moral y espiritual. Una solución a nivel
económico y técnico sólo es posible si realizamos, del modo más radical, un
cambio interior de corazón, que lleve a un cambio del estilo de vida y de los
modelos insostenibles de consumo y producción. Una conversión auténtica
en Cristo nos permitirá cambiar nuestro modo de pensar y actuar.
En primer lugar, debemos volver a una actitud de humildad, reconociendo los límites
de nuestros poderes y, sobre todo, los límites de nuestro conocimiento y de
nuestro juicio. Hemos tomado decisiones, hemos realizado acciones y hemos
establecido valores que nos conducen lejos del mundo como debería ser, lejos
del designio de Dios sobre la creación, lejos de lo que es esencial para un
planeta sano y para una sana comunidad de personas. Hacen falta un nuevo enfoque
y una nueva cultura, fundados en el carácter central de la persona humana
dentro de la creación e inspirados en un comportamiento basado en una ética
ambiental derivada de nuestra triple relación: con Dios, con nosotros
mismos y con la creación. Esta ética favorece la interdependencia y subraya
los principios de solidaridad universal, justicia social y responsabilidad, con
el fin de promover una auténtica cultura de la vida.
En segundo lugar, debemos admitir francamente que la humanidad tiene derecho a
algo mejor que lo que vemos en nuestro entorno. Nosotros, y más aún nuestros
niños y las futuras generaciones, tenemos derecho a un mundo mejor, un mundo
sin degradación, sin violencia y sin derramamiento de sangre, un mundo de
generosidad y amor.
En tercer lugar, conscientes del valor de la oración, debemos suplicar a Dios
creador que ilumine a todas las personas acerca de su deber de respetar y
conservar con esmero la creación.
Por esto, invitamos a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a ponderar
la importancia de los siguientes objetivos éticos:
1. Pensar en los niños del mundo cuando elaboramos y evaluamos nuestras
opciones operativas.
2. Estar dispuestos a estudiar los valores auténticos, basados en la ley
natural, que sostienen toda cultura humana.
3. Utilizar la ciencia y la técnica de modo pleno y constructivo,
reconociendo que los resultados de la ciencia deben valorarse siempre a la luz
del carácter central de la persona humana, del bien común y de la finalidad de
la creación. La ciencia puede ayudarnos a corregir los errores del pasado para
mejorar el bienestar espiritual y material de las generaciones presentes y
futuras. El amor a nuestros niños nos mostrará el camino que conviene seguir en
el futuro.
4. Ser humildes con respecto a la idea de propiedad y estar abiertos a las
exigencias de la solidaridad. Nuestra condición mortal y nuestra debilidad de
juicio nos impulsan a no emprender acciones irreversibles por lo que atañe a lo
que hemos decidido considerar propiedad nuestra durante nuestra breve existencia
terrena. No se nos ha concedido un poder ilimitado sobre la creación. Sólo
somos administradores del patrimonio común.
5. Reconocer la diversidad de las situaciones y las responsabilidades en la
tarea de mejorar el ambiente mundial. No podemos esperar que toda persona y toda
institución asuman la misma carga. Cada uno tiene un papel que desempeñar,
pero para que se respeten las exigencias de la justicia y la caridad, las
sociedades más ricas deben soportar la carga más pesada: se les pide un
sacrificio mayor que el que pueden ofrecer los países pobres. Religiones,
gobiernos e instituciones afrontan muchas situaciones diversas, pero a la luz
del principio de subsidiariedad todos pueden realizar algunas tareas, una parte
del compromiso común.
6. Promover un enfoque pacífico de las divergencias de opinión sobre el
modo de vivir en la tierra, de compartirla y de usar de ella, así como sobre lo
que es preciso cambiar y lo que conviene dejar sin cambiar. No pretendemos
eludir la controversia sobre el ambiente, porque confiamos en la capacidad de la
razón humana y en el camino del diálogo para lograr un entendimiento. Nos
comprometemos a respetar las opiniones de quienes no están de acuerdo con
nosotros, buscando soluciones mediante un intercambio abierto, sin recurrir a la
opresión y al atropello.
No es demasiado tarde. El mundo creado por Dios posee poderes increíbles de
curación. En el arco de una sola generación podemos dirigir la tierra hacia el
futuro de nuestros niños. Que esa generación comience ahora, con la ayuda y la
bendición de Dios.
Roma-Venecia, 10 de junio de 2002
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