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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PARTICIPANTES EN LA CUMBRE MUNDIAL DE LA FAO SOBRE LA ALIMENTACIÓN*
Señor presidente de la República italiana y distinguidos jefes de Estado y de
Gobierno; señor secretario general de las Naciones Unidas y señor director
general de la Organización para la agricultura y la alimentación; señoras y
señores:
Me complace dirigir mi deferente y cordial saludo a cada uno de ustedes,
representantes de casi todos los países del mundo, reunidos en Roma poco más
de cinco años después de la cumbre mundial sobre la alimentación de 1996.
Al no poder estar entre ustedes en esta solemne ocasión, le he pedido al
cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, que les transmita a todos mi
estima y aprecio por el arduo trabajo que tienen que realizar para asegurar a
todos el pan de cada día.
Dirijo un saludo especial al presidente de la República italiana, y a todos los
jefes de Estado y de Gobierno que han venido a Roma para esta cumbre. Durante
mis viajes pastorales a diversos países del mundo, así como en los encuentros
celebrados en el Vaticano, ya he tenido la oportunidad de conocer personalmente
a muchos: a todos expreso mis mejores deseos para ellos y para las
naciones que representan.
Extiendo mi saludo al secretario general de las Naciones Unidas, así como al
director general de la FAO y a los responsables de las demás organizaciones
internacionales presentes en esta reunión. La Santa Sede espera mucho de su
acción en bien del progreso material y espiritual de la humanidad.
A la actual cumbre mundial sobre la alimentación le deseo el éxito anhelado:
lo esperan millones de hombres y mujeres del mundo entero.
La anterior cumbre, celebrada en 1996, ya había constatado que el hambre y la
desnutrición no son sólo fenómenos naturales o estructurales de ciertas áreas
geográficas; más bien, han de considerarse como la consecuencia de una situación
más compleja de subdesarrollo, debida a la inercia y al egoísmo de los
hombres.
El hecho de que no se hayan alcanzado los objetivos de la cumbre de 1996 puede
atribuirse también a la ausencia de una cultura de la solidaridad y a
relaciones internacionales caracterizadas a menudo por un pragmatismo sin
fundamento ético-moral. Por otra parte, son preocupantes algunas estadísticas,
según las cuales las ayudas otorgadas a los países pobres durante los últimos
años han disminuido, en lugar de aumentar.
Hoy, más que nunca, hay urgente necesidad de que en las relaciones
internacionales la solidaridad se convierta en el criterio fundamental de todas
las formas de cooperación, con la convicción de que los recursos que Dios
creador nos ha confiado están destinados a todos.
Ciertamente, se espera mucho de los expertos, que han de indicar cuándo y cómo
aumentar los recursos agrícolas, cómo distribuir mejor los productos, cómo
elaborar los diversos programas de seguridad alimentaria y cómo desarrollar
nuevas técnicas para aumentar las cosechas e incrementar la ganadería.
El Preámbulo de la Constitución de la FAO proclamaba ya el compromiso
de cada país de aumentar su nivel de nutrición y mejorar las condiciones de la
actividad agrícola y de las poblaciones rurales, para incrementar la producción
y asegurar una distribución eficaz de los alimentos en todas las
partes del mundo.
Sin embargo, estos objetivos implican una continua reconsideración de la relación
entre el derecho a ser liberado de la pobreza y el deber de toda la familia
humana de dar una ayuda concreta a las personas necesitadas.
Por mi parte, me complace que la actual cumbre mundial sobre la alimentación
urja una vez más a los diversos componentes de la comunidad internacional,
Gobiernos e instituciones intergubernamentales, a esforzarse por garantizar el
derecho a la alimentación cuando un Estado no pueda hacerlo a causa de su
subdesarrollo y su pobreza. Este compromiso resulta muy necesario y legítimo,
dado que la pobreza y el hambre pueden poner en peligro, en su raíz, la
convivencia pacífica de los pueblos y las naciones, y constituyen una amenaza
real para la paz y la seguridad internacional.
En esta perspectiva se sitúa la actual cumbre mundial sobre la alimentación,
reafirmando el concepto de seguridad alimentaria y previendo un compromiso de
solidaridad que permita reducir a la mitad, para el año 2015, el número de
personas desnutridas y privadas de lo necesario para vivir. Se trata de un
enorme desafío, en el que también la Iglesia se halla comprometida en primera
fila.
Por eso, la Iglesia católica, preocupada desde siempre por promover los
derechos humanos y el desarrollo integral de los pueblos, seguirá sosteniendo a
cuantos trabajan para asegurar a todos el alimento de cada día. Por su íntima
vocación, está cerca de los pobres del mundo y espera que todos se comprometan
concretamente a resolver pronto este problema, uno de los más graves de la
humanidad.
Que Dios todopoderoso, rico en misericordia, derrame su bendición sobre
ustedes, sobre el trabajo que realizan bajo el patrocinio de la FAO, y sobre
todos los que están comprometidos en favor del auténtico progreso de la
familia humana.
Vaticano, 10 de junio de 2002
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.24 p.3.
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