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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA III ASAMBLEA PLENARIA DE LA ACADEMIA
PONTIFICIA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

 

A los participantes
en la III asamblea plenaria
de la Academia pontificia
de Santo Tomás de Aquino


1. Me alegra enviaros este mensaje, queridos socios ordinarios de la Academia pontificia de Santo Tomás de Aquino, con ocasión de vuestra asamblea plenaria. Os saludo cordialmente y, de modo particular, al señor cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo pontificio para la cultura, que preside las actividades de las Academias pontificias, así como al presidente y al secretario de vuestra benemérita Academia. Quisiera recordar, además, a monseñor Antonio Piolanti, antiguo presidente de vuestra Academia, que durante largos años prestó a la Iglesia un valioso servicio.

Vuestra ilustre Academia, tras renovar sus estatutos y enriquecerse con la presencia de estudiosos de fama internacional, sigue dedicándose con provecho al estudio de la obra de santo Tomás, al que "la Iglesia ha propuesto siempre (...) como maestro de pensamiento y modelo del modo correcto de hacer teología" (Fides et ratio, 43). En la actual asamblea plenaria vuestra reflexión ha estudiado el tema:  "El diálogo sobre el bien", desde la perspectiva trascendental, que analiza la relación del bien con el ser y, por tanto, también con Dios.

2. Proseguid, queridos y estimados investigadores, por este camino. Hoy, además de los maravillosos descubrimientos científicos y los sorprendentes progresos tecnológicos, no faltan en el panorama de la cultura y de la investigación sombras y lagunas. Se están produciendo algunos olvidos importantes:  el olvido de Dios y del ser, el olvido del alma y de la dignidad del hombre.
Esto genera a veces situaciones de angustia, a las que es preciso dar respuestas llenas de verdad y de esperanza. Ante pensadores paganos que, sin la luz superior de la Revelación, no podían dar solución a los problemas radicales del hombre, santo Tomás exclamaba:  "Quantam angustiam patiebantur hinc et inde illa praeclara ingenia!" (Summa contra gentiles, III, 48, n. 2261).

Es necesario, ante todo, volver a la metafísica. En la encíclica Fides et ratio, entre las exigencias y tareas actuales de la filosofía, indiqué como "necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental" (n. 83). El discurso sobre el bien postula una reflexión metafísica. En efecto, en el ser la verdad tiene su fundamento y el bien, su consistencia. Entre el ser, la verdad y el bien santo Tomás descubre una interacción real y profunda.

3. En la comprensión del bien se encuentra también la solución al misterio del mal. Santo Tomás dedicó toda su obra a la reflexión sobre Dios, y en este contexto desarrolló las dieciséis cuestiones sobre el mal (De malo). Siguiendo a san Agustín, se pregunta:  "Unde malum, unde hoc monstrum?". En el célebre artículo de la Summa Theologiae sobre las cinco vías por las que la inteligencia humana llega a la existencia de Dios, reconoce como gran obstáculo en ese camino la realidad del mal en el mundo (cf. q. I, 2, ob. 3).

Muchos de nuestros contemporáneos se preguntan:  si Dios existe, ¿por qué permite el mal? Por eso, es preciso hacer comprender que el mal es privación del bien debido, y el pecado es aversión del hombre a Dios, fuente de todo bien.

Un problema antropológico, tan central para la cultura de hoy, no encuentra solución si no es a la luz de la que podríamos definir "meta-antropología". Se trata de la comprensión del ser humano como ser consciente y libre, homo viator, que al mismo tiempo es y deviene. En él se concilian las diversidades:  unidad  y  multiplicidad, cuerpo y alma, varón y mujer, persona y familia, individuo y sociedad, naturaleza e historia.

4. Santo Tomás, además de insigne filósofo y teólogo, fue maestro de humanidad. Doctor humanitatis lo definí en 1980, precisamente por su característica comprensión del hombre en su racionalidad y en su condición de ser libre. En París, mientras comentaba la obra de las Sentencias de Pedro Lombardo, descubrió el papel de la razón práctica en el ser y en el devenir del hombre. Mientras la razón especulativa está ordenada al  conocimiento  de  la  verdad,  la razón práctica está ordenada al obrar, es decir, a la dirección de la actividad humana.

El hombre, que ha recibido de Dios como don la existencia, tiene encomendada la tarea de gestionarla de modo conforme a la verdad, descubriendo su sentido auténtico (cf. Fides et ratio, 81). En esta búsqueda emerge la constante cuestión moral, formulada en el evangelio con la pregunta:  "Maestro, ¿qué he de hacer de bueno?" (Mt 19, 16). La cultura de nuestro tiempo habla mucho del hombre, y de él sabe muchas cosas, pero a menudo da la impresión de que ignora lo que es verdaderamente. En efecto, el hombre sólo se comprende plenamente a sí mismo a la luz de Dios. Es imago Dei, creado por amor y destinado a vivir en la eternidad en comunión con él.

El concilio ecuménico Vaticano II enseña que el misterio del hombre únicamente encuentra solución a la luz del misterio de Cristo (cf. Gaudium et spes, 22). En esta línea, en la encíclica Redemptor hominis yo también quise reafirmar que el hombre es el camino primero y principal que recorre la Iglesia (cf. n. 14). Ante la tragedia del humanismo ateo, los creyentes tienen la tarea de anunciar y testimoniar que el verdadero humanismo se manifiesta en Cristo. Sólo en Cristo la persona puede realizarse plenamente.

5. Ilustres y queridos miembros de la Academia pontificia de Santo Tomás, que la fuerza del Espíritu guíe vuestros trabajos y haga eficaz vuestra investigación.

Al invocar la constante protección de María, Sedes Sapientiae, y de santo Tomás de Aquino sobre cada uno de vosotros y sobre vuestra Academia, os bendigo de corazón a todos.

Vaticano, 21 de junio de 2002

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