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ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA DELEGACIÓN DEL PATRIARCADO
ECUMÉNICO DE CONSTANTINOPLA


Sábado 29 de junio de 2002

 

Queridos hermanos en Cristo: 

1. "Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1 Jn 4, 7).

Con alegría os doy la bienvenida a Roma en este día de fiesta. Agradezco de todo corazón al patriarca ecuménico, Su Santidad Bartolomé I, y al Santo Sínodo, que os han enviado para esta celebración con espíritu de fraternidad eclesial y de caridad recíproca.

2. El intercambio anual de visitas, a Roma para la fiesta de San Pedro y San Pablo, y al Fanar para la fiesta de San Andrés, reaviva la caridad de nuestro corazón y nos estimula a proseguir nuestro camino hacia la comunión plena. Así ya podemos vivir una forma de armonía en la perspectiva de la unidad plena en torno al único altar del Señor. Durante este año, el Señor nos ha dado varias ocasiones para manifestar al mundo nuestra voluntad común de buscar y recorrer todas las sendas que pueden conducirnos a la unidad, y de dirigir a la humanidad un llamamiento en favor de la paz y la fraternidad, en el respeto mutuo, en la justicia y en la caridad.

3. Deseo renovar hoy al patriarca ecuménico, Su Santidad Bartolomé I, la expresión de mi profunda gratitud por su participación fraterna en la Jornada de oración por la paz en Asís. Con otros hermanos, proclamamos al mundo, de diversas formas, la exhortación de san Juan:  "Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios". Si la humanidad se compromete decididamente en este camino, entonces se atenuarán poco a poco la violencia y las amenazas que se ciernen sobre los hombres.

4. Al término del IV Simposio sobre el ambiente, dedicado al mar Adriático, tuve la alegría de firmar con Su Santidad Bartolomé I la Declaración de Venecia. Ese texto expresa nuestro compromiso común por la salvaguardia y el respeto de la naturaleza; manifiesta igualmente nuestra voluntad de trabajar para que, en nuestro mundo, la ciencia esté al servicio de los hombres y estos se sientan cada vez más responsables de la creación.

5. Queda mucho por hacer para que reine una mayor fraternidad en la tierra. El deseo de venganza prevalece frecuentemente sobre la paz, particularmente en Tierra Santa y en otras regiones del mundo afectadas por una violencia ciega; esto nos hace sentir la precariedad de la paz, que necesita que unamos nuestras fuerzas, que estemos juntos y que actuemos juntos, para que el mundo encuentre en nuestro testimonio común la fuerza necesaria para realizar los cambios que se imponen. Este camino de colaboración nos conducirá también a la comunión plena, según la voluntad de Cristo con respecto a sus discípulos.

6. Pero, aunque estamos firmemente convencidos de su necesidad, el diálogo de la caridad y nuestra fraternidad no bastan. Debemos perseverar aún para que el diálogo de la caridad sostenga y alimente de nuevo nuestro diálogo de la verdad; me refiero al diálogo teológico, cuyo comienzo anunciamos al mundo con ocasión de la fiesta de san Andrés, en 1979, con el patriarca Dimitrios, que en paz descanse, poniendo en esta iniciativa grandes esperanzas.

A pesar de nuestros esfuerzos, este diálogo teológico se ha estancado. Constatamos nuestra impotencia para superar nuestras divisiones y encontrar en nosotros la fuerza para dirigirnos con esperanza hacia el futuro. Sin embargo, esta fase delicada no debe desanimarnos. No podemos aceptar con indiferencia este estado de hecho. No podemos renunciar a proseguir el diálogo teológico, camino indispensable con vistas a la unidad.

Eminencia, queridos miembros de la delegación, os agradezco vuestra visita. Os ruego que transmitáis mi saludo fraterno a Su Santidad Bartolomé I, a los miembros del Santo Sínodo y a todos los fieles del patriarcado ecuménico. Mi visita al Fanar es para mí un recuerdo inolvidable, que evoco con grandísima alegría. El Señor esté siempre con todos nosotros.

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