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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL FINAL DEL REZO CON UNIVERSITARIOS


Sábado 2 de marzo de 2002

 

Amadísimos jóvenes universitarios: 

1. Os saludo con gran alegría, al término de este encuentro de reflexión y de oración mariana, en el primer sábado del mes de marzo. A la vez que os doy las gracias a vosotros, que habéis venido en gran número a la sala Pablo VI, dirijo con afecto mi saludo a cuantos se encuentran en conexión con nosotros, por medio de la radio y la televisión, desde algunas ciudades de Europa. En particular, saludo a los universitarios de Atenas, Moscú, Estrasburgo, Budapest, Valencia y Viena. Doy cordialmente las gracias a los coros y a la orquesta por su contribución, así como a Radio Vaticano y al Centro televisivo, que han cooperado en la realización de este importante y significativo acontecimiento.

2. Os saludo afectuosamente, queridos jóvenes universitarios, que desde Atenas y Estrasburgo habéis rezado el rosario con nosotros. Pedid a María que os ayude a comprender a fondo el misterio de su Hijo, para que él sea vuestra alegría y vuestra fuerza. Recordad que siguiendo su ejemplo superaréis todas las dificultades y encontraréis la felicidad verdadera. Os doy cita en Toronto.

3. Os dirijo un saludo muy cordial a vosotros, queridos alumnos y alumnas de las universidades de Budapest y de Viena. Este momento de oración en común nos hace constatar con gozo que nuestra fe supera los confines y une a los pueblos. En el camino de una vida auténticamente cristiana dejémonos guiar por María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia. Así, seremos capaces de dar testimonio de Dios, Padre de todos los hombres. Espero encontrarme con muchos de  vosotros  durante la Jornada mundial de la juventud en Toronto.

4. Saludo con gran afecto a los estudiantes universitarios reunidos en la catedral de la Inmaculada Concepción, en Moscú. Queridos hermanos, os agradezco vuestra participación en este momento de oración, en nombre de la Virgen María. Permanezcamos siempre unidos en la fe y en el servicio al Evangelio. El Señor os bendiga.

5. Al saludaros, queridos universitarios valencianos, tengo presentes a todos los profesores, alumnos y alumnas de las distintas universidades de España, especialmente a los que día a día vais concretando, en colaboración con los delegados y capellanes universitarios, vuestra identidad de cristianos en los distintos ámbitos de la pastoral universitaria. Que la oración de esta tarde, en torno a la Madre del Señor, os ayude a proseguir en vuestra tarea evangelizadora, haciendo brillar a través de vuestras vidas, la luz pascual que es Cristo. ¡Os espero en Toronto!

6. El vínculo de una fe común que une a jóvenes de diferentes naciones de Europa, pertenecientes a diversas tradiciones culturales, constituye un motivo de consoladora esperanza. Siempre ha sido así en la historia de la evangelización del "viejo" continente:  el Evangelio y las culturas han caminado juntos. Este es también hoy el compromiso de la Iglesia. Queridos jóvenes, os pido que promováis en las universidades el diálogo entre la fe y la cultura, para que la levadura evangélica estimule y sostenga la calidad espiritual y moral de la investigación y del estudio universitario. ¡Muchas felicidades! ¡Muchas felicidades, y ánimo!

El punto de partida común para esta estimulante misión es el bautismo; desde él es necesario recomenzar siempre, porque es el manantial de la vida cristiana. La Cuaresma, que estamos viviendo, constituye el tiempo litúrgico más propicio para tomar nueva conciencia de nuestra identidad bautismal. Mediante el bautismo hemos sido unidos a la muerte y a la resurrección de Cristo; gracias al bautismo el Espíritu Santo nos ha convertido en testigos del amor de Dios y artífices de comunión, fraternidad y paz. La vida nueva, que brota de la pila bautismal, regenera a su vez constantemente las mentalidades y las opciones, las relaciones interpersonales y sociales, así como las culturas de los pueblos.

7. Sólo hombres y mujeres nuevos pueden renovar la historia. Este es el gran desafío que tenéis en particular vosotros, queridos jóvenes europeos. El próximo encuentro mundial de Toronto, al que espero acudáis en gran número, os ayudará a comprender aún más esta urgencia apostólica:  ser, al inicio del tercer milenio, "sal de la tierra y luz del mundo" (Mt 5, 13). A los jóvenes de Roma les doy cita también para el jueves 21 de este mes de marzo en la plaza de San Pedro, con motivo del tradicional momento de fiesta y oración como preparación para la Jornada mundial de la juventud.

Queridos jóvenes, esta tarde es la Virgen santísima quien nos reúne desde todos los rincones de Europa. Que nuestra mirada converja en la imagen de la Virgen de Loreto, Virgen del silencio y de la escucha, Madre del Hijo de Dios hecho hombre. Contemplémosla siempre, pidiéndole su misma disponibilidad a la gracia divina. Y así, el Todopoderoso realizará maravillas también en cada uno de vosotros.

Con este deseo, os abrazo a todos, tanto a los cercanos como a los lejanos -aunque para mí todos son cercanos-, a la vez que os bendigo con afecto a vosotros, a vuestras familias, a vuestras universidades y a los jóvenes del mundo entero.

 

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