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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
UNA DELEGACIÓN DE LA IGLESIA ORTODOXA DE GRECIA
Lunes 11 de marzo de 2002
Excelencias; amadísimos hermanos en Cristo:
"A vosotros gracia y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor
Jesucristo" (2 Co 1, 2).
1. Con este saludo de san Pablo a los cristianos de Corinto os acojo hoy
gozoso, con la esperanza de un futuro de fraternidad y comunión.
Doy sinceramente las gracias a Su Beatitud Cristódulos, arzobispo de Atenas y
de toda Grecia, por haberos enviado a Roma como mensajeros de paz, después del
encuentro fraterno que tuve con él durante mi peregrinación al Areópago, siguiendo
las huellas benditas del apóstol san Pablo.
2. El conocimiento personal recíproco y el intercambio de información, así
como un diálogo franco sobre los medios para entablar las relaciones entre
nuestras Iglesias, constituyen el preámbulo indispensable a fin de progresar
con espíritu de fraternidad eclesial. Son también la condición esencial para
poner por obra una colaboración que permita a los católicos y a los ortodoxos
dar juntos un testimonio vivo de su patrimonio cristiano común. Esto vale,
sobre todo, en la sociedad actual, donde parece debilitarse la armonización
entre los estilos de vida y el Evangelio, y también parece disminuir el
reconocimiento del valor de las enseñanzas evangélicas por lo que concierne al
respeto del hombre, creado a imagen de Dios, y de su dignidad, así como la
justicia, la caridad y la búsqueda de la verdad.
3. En el marco de la evolución que caracteriza actualmente nuestro
continente, ha llegado la hora de la colaboración. Teniendo en cuenta la
necesidad de una nueva evangelización de Europa, que le permita
recuperar plenamente sus raíces cristianas, las tradiciones oriental y
occidental, ambas fundadas en la grande y única tradición cristiana y en la
Iglesia apostólica, deberían apoyarse en el carisma luminoso de Máximo el
Confesor, que fue una especie de puente entre las dos tradiciones, entre Oriente
y Occidente, y que supo privilegiar la práctica del sympathos para
afrontar las cuestiones del mundo. Nos incumbe también a nosotros afrontar
estas cuestiones de manera dinámica y positiva, y, con la fuerza de la
esperanza que el Espíritu Paráclito infunde en nosotros, tratar de
encontrarles solución.
Nuestra tarea consiste en transmitir el patrimonio cristiano que hemos heredado.
Por tanto, resulta cada vez más urgente que los cristianos den a la sociedad
una imagen ejemplar de su comportamiento común, enraizándose en la fe; que
traten de encontrar juntos una respuesta a los graves problemas éticos que
plantean las ciencias y los métodos que querrían prescindir de cualquier
referencia a la dimensión trascendente del hombre, o incluso negarla. Esto
quiere subrayar, como hicimos en el pasado el arzobispo de Atenas y de toda
Grecia y yo mismo, nuestro deber de "hacer todo lo posible para que se
conserven invioladas las raíces cristianas de Europa y su alma cristiana"
(Declaración común en el Areópago de Atenas, 4 de mayo de 2001, n. 6:
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de mayo de 2001,
p. 10).
4. La Iglesia ortodoxa de Grecia, por el modo como ha conservado su
herencia de fe y de vida cristiana, tiene una responsabilidad particular en todo
esto. Durante mi estancia en Atenas, recordé que "el nombre de Grecia
resuena dondequiera que se anuncia el Evangelio. (...) Desde la época apostólica
hasta hoy, la Iglesia ortodoxa de Grecia ha sido una fuente rica, de la que
también la Iglesia en Occidente ha bebido para su liturgia, su espiritualidad y
su jurisprudencia" (Discurso durante el encuentro con Su Beatitud Cristódulos,
arzobispo de Atenas y de toda Grecia, 4 de mayo de 2001, n. 3: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 11 de mayo de 2001, p. 8). En nuestra
responsabilidad, que consiste en tender hacia ese ecumenismo de la santidad,
que nos conducirá finalmente, con la ayuda de Dios, hacia la comunión plena,
que no significa absorción ni fusión, sino un encuentro en la verdad y en el
amor (cf. Slavorum apostoli, 27), debemos incrementar nuestra
colaboración y trabajar juntos para hacer que resuene con fuerza la voz del
Evangelio en esta Europa nuestra, donde las raíces cristianas de los pueblos
deben renacer.
5. En este período que nos lleva hacia la Pascua, la fiesta de las
fiestas, que lamentablemente no podremos celebrar en la misma fecha, nosotros,
católicos y ortodoxos, sin embargo, estamos unidos en la proclamación del kerigma
de la Resurrección. Este anuncio que queremos proclamar juntos dará a los
hombres de nuestro tiempo una razón para vivir y esperar; nuestra voluntad de
buscar la comunión entre nosotros podrá inspirar también a las sociedades
civiles un justo modelo de convivencia.
6. A la vez que os agradezco vuestra amable visita, os pido que transmitáis
mi cordial saludo a Su Beatitud Cristódulos, a los miembros del Santo Sínodo y
a todos los fieles cristianos de Grecia. Citando las palabras de san Pablo, con
las que concluye nuestra Declaración común en Atenas, ruego al Señor
para que guíe nuestro camino y "nos haga progresar y sobreabundar en el
amor de unos con otros, y en el amor para con todos".
Que la gracia y la paz de Dios os acompañen durante vuestra visita y os
permitan conocer la caridad sincera y fraterna con la que la Santa Sede y el
Obispo de Roma os acogen.
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