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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA DELEGACIÓN DE LA RENOVACIÓN
EN EL ESPÍRITU SANTO


Jueves 14 de marzo de 2002

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Con gran alegría os acojo a vosotros, representantes del grupo de la Renovación en el Espíritu Santo, con ocasión del trigésimo aniversario de vuestra presencia en Italia. Saludo al coordinador del Comité nacional de servicio y a cuantos colaboran con él.

Recuerdo con agrado los encuentros que he tenido con vosotros durante los años pasados. Desde el primero, en la solemnidad de Cristo Rey de 1980, hasta el de 1998, en la víspera del Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, con ocasión de Pentecostés. No puedo olvidar tampoco la contribución que la Renovación en el Espíritu dio con ocasión del gran jubileo del año 2000, de modo especial ayudando a los jóvenes y a las familias, que desde el comienzo de mi pontificado no me canso de indicar como ámbitos privilegiados del compromiso pastoral. También deseo agradecer a vuestros dirigentes el haber querido imprimir a la Renovación un marcado carácter de colaboración con la jerarquía y con los responsables de los demás movimientos, asociaciones y comunidades. Por todo esto, juntamente con vosotros, alabo al Señor, que enriquece a su Iglesia con innumerables dones espirituales.

2. ¡Sí! La Renovación en el Espíritu puede considerarse un don especial del Espíritu Santo a la Iglesia en nuestro tiempo. En vuestro movimiento, nacido en la Iglesia y para la Iglesia, a la luz del Evangelio se experimentan el encuentro vivo con Jesús, la fidelidad a Dios en la oración personal y comunitaria, la escucha confiada de su Palabra y el redescubrimiento vital de los sacramentos, pero  también  la  valentía en las pruebas y la esperanza en las tribulaciones.

El amor a la Iglesia y la adhesión a su Magisterio, en un camino de maduración eclesial sostenido por una sólida formación permanente, son signos elocuentes de  vuestro empeño por evitar el peligro de secundar, sin querer, una experiencia de lo divino sólo emocional, una búsqueda excesiva de lo "extraordinario" y un repliegue intimista que evite el compromiso apostólico.

3. En esta circunstancia especial deseo bendecir idealmente tres proyectos, en los que estáis trabajando, y que proyectan "fuera del Cenáculo" a los grupos y a las comunidades de la Renovación en el Espíritu con generoso impulso misionero.

Me refiero, ante todo, al apoyo que estáis dando a la implantatio Ecclesiae en Moldavia, en estrecha colaboración con la fundación "Regina Pacis" de la archidiócesis de Lecce, constituyendo una comunidad misionera unida a la diócesis de Chisinau. Saludo con afecto a los pastores de esas comunidades eclesiales, monseñor Cosmo Francesco Ruppi y monseñor Anton Cosa, así como a los obispos que participan en este encuentro.

Otro interesante proyecto es la animación espiritual en los santuarios marianos, lugares privilegiados del Espíritu, que os brinda la ocasión de ofrecer a los peregrinos itinerarios de profundización de la fe y de reflexión espiritual.

Por último, está el proyecto "Zarza ardiente", que es una invitación a la adoración incesante, día y noche. Habéis querido promover esta oportuna iniciativa para ayudar a los fieles a "volver al Cenáculo", a fin de que, unidos en la contemplación del misterio eucarístico, intercedan mediante el Espíritu por la unidad plena de los cristianos y por la conversión de los pecadores.

Se trata de tres diversos campos apostólicos, en los que vuestra experiencia puede dar un testimonio muy providencial. El Señor guíe vuestros pasos y haga que vuestros propósitos den abundantes frutos para vosotros mismos  y para la Iglesia.

4. Si se mira bien, todas vuestras actividades de evangelización tienden, en resumidas cuentas, a promover en el pueblo de Dios un crecimiento constante en la santidad. En efecto, la santidad es la prioridad de todos los tiempos y, por tanto, también de nuestra época. La Iglesia y el mundo necesitan santos, y nosotros seremos tanto más santos cuanto más dejemos que el Espíritu Santo nos configure con Cristo. Este es el secreto de la experiencia regeneradora de la "efusión del Espíritu", experiencia típica que distingue el camino de crecimiento propuesto a los miembros de vuestros grupos y comunidades. Deseo de corazón que la Renovación en el Espíritu sea en la Iglesia un verdadero "gimnasio" de oración y ascesis, de virtud y santidad.

De modo especial, seguid amando y haciendo amar la plegaria de alabanza, forma de oración que reconoce más inmediatamente que Dios es Dios; le canta por él mismo, le da gloria por lo que él es, más que por lo que hace (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 2639).

En nuestro tiempo, sediento de esperanza, dad a conocer y haced amar al Espíritu Santo. Así ayudaréis a que tome forma la "cultura de Pentecostés", la única que puede fecundar la civilización del amor y de la convivencia entre los pueblos. No os canséis de invocar con ferviente insistencia:  "¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven! ¡Ven!".

La Madre santísima de Cristo y de la Iglesia, la Virgen orante en el Cenáculo, esté siempre  con vosotros. Os acompañe también  mi  bendición, que os imparto con afecto  a vosotros y a todos los miembros de la Renovación en el Espíritu.

 

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