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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
MONSEÑOR LUGI DE MAGISTRIS PRO-PENITENCIARIO MAYOR
Al venerado hermano
Monseñor LUIGI DE MAGISTRIS
Pro-penitenciario mayor
1. También este año el Señor me concede la alegría de dirigir mi
palabra a ese dicasterio. Lo saludo cordialmente a usted, venerado hermano, así
como a los prelados y a los oficiales de la Penitenciaría apostólica, y a los
religiosos de las diversas familias que ejercen el ministerio penitencial en las
basílicas patriarcales de Roma. Dirijo un saludo particular a los jóvenes
sacerdotes y a los candidatos al sacerdocio que participan en el tradicional
curso sobre el fuero interno, que la Penitenciaría ofrece como servicio
eclesial.
Querría que se percibiera en este Mensaje el testimonio del aprecio que el Papa
siente no sólo por la función de la Penitenciaría, vicaria suya en el
ejercicio ordinario de la potestad de las Llaves, sino también por la dedicación
de los padres penitenciarios, los cuales, en la relación directa con la
conciencia de cada penitente, desempeñan el ministerio de la reconciliación,
y, en fin, por el esmero con que los jóvenes sacerdotes y candidatos al
sacerdocio están preparándose para el altísimo oficio de confesores.
2. La misión del sacerdote está sintetizada eficazmente por las conocidas
palabras de san Pablo: "Somos (...) embajadores de Cristo, como si
Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos:
¡reconciliaos con Dios!" (2 Co 5, 20).
En esta circunstancia, deseo recoger y ampliar un concepto que ya expresé en la
primera audiencia a la Penitenciaría apostólica y a los padres penitenciarios
de las basílicas patriarcales de Roma, el 30 de enero de 1981. Dije entonces:
"El sacramento de la penitencia (...) no sólo es instrumento directo para
destruir el pecado -momento negativo-, sino ejercicio precioso de virtud,
expiación él mismo, escuela insustituible de espiritualidad, profunda labor
altamente positiva de regeneración en las almas del "vir perfectus",
"in mensuram aetatis plenitudinis Christi" (Ef 4, 13)" (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 15 de febrero de 1981, p. 9). Quisiera
subrayar esta eficacia "positiva" del Sacramento, para exhortar a los
sacerdotes a recurrir personalmente a él, como valiosa ayuda en su camino de
santificación y, por tanto, a servirse de él también como forma cualificada
de dirección espiritual.
En efecto, a la santidad, y en especial a la santidad sacerdotal, sólo se puede
llegar concretamente con el recurso habitual, humilde y confiado al sacramento
de la penitencia, entendido como instrumento de la gracia, indispensable cuando
esta, por desgracia, se haya perdido a causa del pecado mortal, y privilegiado
cuando no haya habido pecado mortal; por eso, la confesión sacramental es
sacramento de vivos, que no sólo acrecienta la gracia misma, sino que también
corrobora las virtudes y ayuda a mitigar las tendencias heredadas a causa de la
culpa original y agravadas por los pecados personales.
3. Creo que uno de los mayores dones que nos ha obtenido del Señor la
celebración del Año santo 2000 ha sido una renovada conciencia en muchos
fieles del papel decisivo que el sacramento de la penitencia desempeña en la
vida cristiana y, por consiguiente, un consolador incremento del número de los
que recurren a él.
Ciertamente, en el camino de ascesis cristiana, el Señor puede dirigir
interiormente a las almas de maneras que trascienden la mediación sacramental
ordinaria. Sin embargo, esto no elimina la necesidad de recurrir al sacramento
de la penitencia, ni la subordinación de los carismas a la responsabilidad de
la jerarquía. Esto es lo que expresa el conocido pasaje de la primera carta a
los Corintios, donde el apóstol san Pablo afirma: "Dios los
estableció en la Iglesia, primeramente como Apóstoles; en segundo lugar, como
profetas; en tercer lugar, como maestros...", y así sucesivamente (cf. 1
Co 12, 28-31). En el texto se enuncia claramente un orden jerárquico entre
las diversas funciones, institucionales y carismáticas, en la estructura de la
vida de la Iglesia. San Pablo reafirma luego esta enseñanza en todo el capítulo
14 de la misma carta, donde enuncia el principio de la subordinación de los
dones carismáticos a su autoridad de Apóstol. Para ello recurre sin titubear
al verbo quiero y a formas imperativas.
4. Pero el mismo Señor Jesús, fuente de todo carisma, afirma del modo más
solemne el carácter insustituible, para la vida de la gracia, del sacramento de
la penitencia, que él confió a los Apóstoles y a sus sucesores:
"Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn
20, 22-23).
Por tanto, no es conforme a la fe querer reducir la remisión de los pecados a
un contacto, por decirlo así, privado e individualista entre la conciencia de
cada fiel y Dios. Ciertamente, el pecado no se perdona si no hay arrepentimiento
personal, pero en el orden actual de la Providencia el perdón está subordinado
al cumplimiento de la voluntad positiva de Cristo, que vinculó el perdón mismo
al ministerio eclesial o, por lo menos, a la seria voluntad de recurrir a él lo
antes posible, cuando no existe la posibilidad inmediata de realizar la confesión
sacramental.
Igualmente errónea es la convicción de quien, aun sin negar un valor positivo
al sacramento de la penitencia, lo concibe como algo supererogatorio, porque el
perdón del Señor habría sido otorgado "una vez para siempre"
en el Calvario, y la aplicación sacramental de la misericordia divina no
resultaría necesaria para la recuperación de la gracia.
5. De manera análoga, conviene reafirmar que el sacramento de la
penitencia no es un acto de terapia psicológica, sino una realidad sobrenatural
destinada a producir en el corazón efectos de serenidad y de paz, que son fruto
de la gracia. Aun cuando se considerasen útiles algunas técnicas psicológicas
externas al sacramento, se podrán aconsejar con prudencia, pero jamás imponer
(cf., por analogía, la admonición del Santo Oficio del 15 de julio de 1961, n.
4).
Por lo que respecta a formas específicas de ascetismo hacia las cuales orientar
al penitente, el confesor podrá recomendarlas, con la condición de que no se
inspiren en concepciones filosóficas o religiosas contrarias a la verdad
cristiana. Tales son, por ejemplo, las que reducen el hombre a un elemento de la
naturaleza o, por el contrario, lo exaltan como dueño de una libertad absoluta.
Es fácil reconocer, sobre todo en este último caso, una renovada forma de
pelagianismo.
6. El sacerdote, ministro del sacramento, ha de tener presentes estas
verdades tanto en el contacto con cada penitente como en la enseñanza catequística
que imparte a los fieles.
Por lo demás, es evidente que los sacerdotes, como receptores del sacramento de
la penitencia, están llamados a aplicarse en primer lugar a sí mismos estas
certezas con sus relativas orientaciones prácticas. Esto les ayudará en la búsqueda
personal de la santidad, así como en el apostolado vivo y vital que deben
realizar sobre todo con el ejemplo: "Las palabras mueven, los
ejemplos arrastran".
De modo privilegiado, esos criterios deben guiar a los sacerdotes confesores y
directores espirituales al tratar con los candidatos al sacerdocio y a la vida
consagrada. El sacramento de la penitencia es el instrumento principal para el
discernimiento vocacional. En efecto, para proseguir hacia la meta del
sacerdocio es necesaria una virtud madura y sólida, es decir, capaz de
garantizar, dentro de lo que es posible en las cosas humanas, una fundada
perspectiva de perseverancia en el futuro. Es verdad que el Señor, como hizo
con Saulo en el camino de Damasco, puede transformar instantáneamente a un
pecador en santo. Sin embargo, ese no es el camino habitual de la Providencia.
Por eso, quien tiene la responsabilidad de autorizar a un candidato a proseguir
hacia el sacerdocio debe tener "hic et nunc" la seguridad de su
idoneidad actual. Si esto vale para cada virtud y hábito moral, es evidente que
se exige aún más por lo que respecta a la castidad, dado que, al recibir las
órdenes, el candidato estará obligado al celibato perpetuo.
7. Encomiendo estas reflexiones, que se transforman ahora en apremiante súplica
a Jesús, sumo y eterno Sacerdote. Que la Virgen santísima, Madre de la
Iglesia, interceda ante su Hijo, para que se digne conceder a su Iglesia santos
penitentes, santos sacerdotes y santos candidatos al sacerdocio.
Con este deseo, imparto de corazón a todos la bendición apostólica.
Vaticano, 15 de marzo de 2002
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