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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON MOTIVO DEL 90° ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN
DEL SEMINARIO TEOLÓGICO "SAN PÍO X" DE CATANZARO


 Lunes 18 de marzo de 2002

 

 

Venerados hermanos en el episcopado y el sacerdocio;
amadísimos seminaristas: 


1. Gracias por esta visita, que habéis querido hacerme con ocasión de las celebraciones del 90° aniversario de la fundación de vuestro seminario. Gracias por el afecto con que habéis expresado vuestra adhesión al Sucesor de Pedro.

Saludo con profunda gratitud a monseñor Antonio Cantisani, que con sus palabras ha querido hacerse intérprete de los sentimientos de sus hermanos en el episcopado. También doy las gracias al rector del seminario, que ha hablado en nombre de los superiores y de todos los presentes.

Esta visita me brinda la ocasión de continuar el diálogo que comenzamos el 6 de octubre de 1984, cuando fui a visitar personalmente vuestra casa, el seminario regional San Pío X de Catanzaro. De aquel encuentro, aunque lejano en el tiempo, conservo un recuerdo vivo y agradable. Fue para mí un momento particularmente intenso. Entonces tuve la ocasión de meditar junto con los sacerdotes y los seminaristas de Calabria sobre la gracia de la llamada divina, que compromete constantemente a convertirse en iconos vivos del buen Pastor en medio de su pueblo.

2. Al recibir como regalo el primer ejemplar de vuestra "Regla de vida", he descubierto con alegría que el diálogo de fe, iniciado durante aquel encuentro, no se ha interrumpido jamás. En efecto, el discurso que dirigí entonces a los seminaristas ha llegado a ser casi un "portal" que introduce en el proyecto formativo de vuestra comunidad, confirmando la comunión que desde los comienzos os une al Papa.

¡Cómo no recordar en esta circunstancia a mi venerado predecesor san Pío X que, con corazón paterno y generoso, quiso erigir un centro de formación altamente  cualificado para el futuro clero de Calabria! ¡Cómo no recordar los innumerables  signos  de  predilección que dispensó a la incipiente institución, interesándose personalmente por la compra del terreno, el proyecto y la construcción del edificio, y ofreciendo además, con la constitución apostólica Susceptum inde, directrices sabias para la organización de la labor formativa!

Esa predilección prosiguió solícitamente en la obra de sus Sucesores y, particularmente, del siervo de Dios Papa Pío XII, el cual, tras el funesto incendio de septiembre de 1940, al reconstruir en 1954 el seminario, se convirtió prácticamente en su segundo fundador.

La excelente relación entre el Sucesor de Pedro y vuestro centro de formación tiene en este encuentro una valiosa ocasión para reforzarse y constituir un renovado e influyente factor de la calidad de la formación espiritual y teológica de los futuros sacerdotes en Calabria.

3. "Vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 13). Esta es la pregunta que Jesús formula a aquellos "seminaristas" muy particulares, que fueron los Apóstoles. Esta misma pregunta os la hace a cada uno de vosotros, llamados a ser los evangelizadores de la tierra de Calabria. En efecto, ¿no es el seminario una escuela de fe, en la que se aprende a ofrecer a Jesús con el corazón, la inteligencia y la vida, la respuesta que él espera de los "suyos"? El apóstol san Pedro expresó de modo inigualable esa respuesta con las palabras:  "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16).

"Sobre todo hoy, en una sociedad marcada por el fenómeno de la secularización, es necesaria claridad de propósitos y firmeza de voluntad, que se obtienen directamente en las fuentes genuinas del Evangelio. (...) Cuanto más se descristianiza el mundo, más aquejado está por la incertidumbre o la indiferencia, más necesidad tiene de ver en la persona de los sacerdotes esta fe radical, que es como un faro en la noche o la roca en la que se apoya" (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de noviembre de 1984, p. 11). Estas palabras, que dirigí a los sacerdotes calabreses durante el citado encuentro, siguen siendo actuales e impulsan a comprometerse en una formación que debe tener como finalidad primera e irrenunciable la renovada y radical adhesión a Cristo por parte de los candidatos al sacerdocio. En efecto, la apuesta formativa del seminario depende totalmente de la capacidad de ofrecer a los jóvenes un itinerario real y comprometedor de fe que, sin dar nada por descontado, los capacite para acoger en la verdad el misterio de la persona de Jesús, es decir, para reconocer en él al Hijo de Dios vivo y al Señor de la historia, y seguirlo cada vez más generosamente "en el camino a Jerusalén".

4. El episodio de Cesarea de Filipo, que nos transmitieron los evangelistas san Mateo y san Lucas, y la Tradición viva de la Iglesia nos recuerdan que "a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia. Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel misterio, que tiene su expresión culminante en la solemne proclamación del evangelista san Juan:  "Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14)" (Novo millennio ineunte, 20).

No podemos menos de ver en estas sugerencias la invitación a hacer del seminario el "lugar del silencio" y la "casa de la oración", donde el Señor sigue llamando a los "suyos" a "un lugar apartado" (cf. Lc 9, 18) para vivir una intensa experiencia de encuentro y contemplación. Por este camino quiere prepararlos para que sean "maestros de la fe" y "educadores del pueblo de Dios en la fe", y valerse de ellos para "proclamar con autoridad la palabra de Dios", "reunir al pueblo de Dios que estaba disperso", alimentarlo con los sacramentos, signos eficaces de la acción de Cristo, "ponerlo en el camino de la salvación" y conservarlo en la unidad, es decir, "animar sin cesar a esta comunidad reunida en torno a Cristo, siguiendo la línea de su vocación más íntima" (Evangelii nuntiandi, 68).

En este ámbito, el estudio se transforma en momento irrenunciable de un itinerario pedagógico orientado a la educación en una fe viva y operante por medio de la caridad, instrumento privilegiado de un conocimiento sapiencial y científico capaz de fundar y consolidar todo el edificio de la formación espiritual y pastoral de los futuros presbíteros. Estos deben prepararse para vivir la caridad pastoral como expresión de su fe en Cristo, que da su vida por la Iglesia (cf. Ef 5, 25-27), como modalidad de misión universal (cf. Mt 28, 18-20) y como respuesta plena a la caridad del Señor (cf. Jn 21, 15-20), juntamente con sus hermanos del presbiterio, bajo la guía del obispo.

5. El vínculo cristológico, rasgo fundamental de la identidad del presbítero, y su pertenencia al único presbiterio de la diócesis, a cuyo servicio está asignado bajo la dirección de su obispo (cf. Presbyterorum ordinis, 8), son elementos fundamentales que deben marcar la formación de los seminaristas.

Esta deberá llevar a los candidatos a valorar cada una de sus acciones en referencia a Cristo y a considerar su pertenencia al único presbiterio como dimensión previa de la actuación pastoral y testimonio de comunión, indispensables para servir eficazmente al misterio de la Iglesia y a su misión en el mundo.

A partir de estas perspectivas comprenderemos el período de la formación en el seminario como un tiempo especial de silencio y espera, de pobreza y comunión, de búsqueda de Dios y amor a los hermanos, especialmente a los últimos, haciendo de la comunidad del seminario una expresión privilegiada de la Iglesia, "germen y comienzo" en la tierra del reino de Cristo y de Dios (cf. Lumen gentium, 5).

6. Queridos seminaristas, nuestro encuentro se celebra en la víspera de la solemnidad de san José, esposo de la Virgen y custodio del Redentor, el cual resplandece en la Iglesia por su singular vocación vivida en el silencio, en la búsqueda atenta del designio amoroso de Dios y en la dedicación total a Cristo. Él, que estuvo cerca de Jesús en los años de su vida oculta en Nazaret, os ayude a descubrir cada día el valioso tesoro del amor de Cristo, convirtiéndoos en heraldos gozosos de su Evangelio.

Con estos deseos, encomiendo vuestros generosos propósitos y vuestras expectativas a la protección materna de la Virgen santísima, de su castísimo esposo y de todos los santos que han marcado el camino de fe de la amada Calabria, y con gran afecto imparto a todos una especial bendición apostólica.

 

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