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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE
EL ENCUENTRO CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA
Plaza
de San Pedro Jueves 21 de marzo de 2002
1. "Vosotros sois la sal de la tierra. (...) Vosotros sois la
luz del mundo" (Mt 5, 13-14).
Estas palabras de Jesús resuenan en nuestro corazón, mientras nos preparamos
para la celebración de la XVII Jornada mundial de la juventud, que tendrá
lugar en Toronto, Canadá, el próximo mes de julio. Estas palabras nos
interpelan profundamente; nos piden que nos unamos con nuestra vida a Aquel que
es la verdadera luz del mundo y la sal que da sabor inalterable a la tierra:
Jesucristo, el Verbo que se hizo carne y vino a habitar en medio de nosotros.
Amadísimos jóvenes, os agradezco este encuentro que habéis organizado y
durante el cual habéis querido preguntaros juntos: "¿Qué quiere
decir ser luz del mundo y sal de la tierra?". Algunos amigos vuestros
ya os han ayudado a encontrar una respuesta. Acogiendo libremente la llamada de
Dios, unos viven el noviazgo y otros el matrimonio. Algunos están recorriendo
el camino del sacerdocio y otros el de la vida religiosa o misionera.
Les agradezco sus testimonios, que os estimulan a todos vosotros a preguntaros
con sinceridad, tal como han hecho ellos: "Señor, ¿qué quieres
que haga? ¿Qué deseas que haga para vivir con plenitud mi bautismo y
ser sal de la tierra y luz del mundo?
Antes que ellos, Francisco de Asís se planteó esta misma pregunta ante el
crucifijo de San Damián. Tanto a ellos como a vosotros, Dios quiere revelar su
designio de amor, para realizar el proyecto de vida que ha establecido desde la
eternidad para cada uno.
2. Agradezco al cardenal vicario las cordiales palabras que me ha dirigido
en nombre de todos vosotros. Doy las gracias también a la responsable de los jóvenes
de la Acción católica diocesana.
Saludo a la delegación de jóvenes de las regiones de Italia, que viajará
mañana a Toronto, donde se reunirá con sus coetáneos comprometidos en la
preparación de la próxima Jornada mundial. Saludo asimismo al grupo que
realizará una peregrinación a Tierra Santa, para llevar un testimonio
de solidaridad a los jóvenes de aquellos lugares tan probados. Por último,
saludo a la delegación de jóvenes procedentes de Toronto, que han
venido para participar en este encuentro y en la celebración del domingo de
Ramos.
Doy las gracias a los muchachos y muchachas que me han manifestado su deseo de
acoger la llamada del Señor, pero que, al mismo tiempo, han reconocido que no
siempre es fácil responderle con un "sí" abierto y generoso.
Amadísimos amigos, comprendo vuestras dificultades. Ciertamente, las múltiples
propuestas que llegan de numerosas partes a vuestra conciencia no os ayudan a
descubrir con facilidad el prodigioso designio de vida que tiene a Cristo como
centro unificador y propulsor. ¿No es verdad que algunos de vuestros coetáneos
viven como por momentos, eligiendo cada vez lo que puede parecer más cómodo?
Escuchadme. Si no dedicáis tiempo a la oración y no contáis con la ayuda de
un director espiritual, la confusión del mundo puede llegar incluso a ahogar
la voz de Dios. Como algunos han observado oportunamente, al tratar de
satisfacer las propias necesidades inmediatas se pierde la capacidad de amar en
nombre de Cristo y no se puede dar la vida por los demás, como él nos enseñó.
¿Qué hacer entonces?
3. Me habéis formulado la siguiente pregunta: "¿Qué debemos
hacer para ser sal de la tierra y luz del mundo?".
Para responder, debemos recordar ante todo que Dios creó al hombre a su
imagen, destinándolo a esa primera y fundamental vocación que es la
comunión con él. En esto consiste la más alta dignidad del ser humano.
Como recuerda el concilio Vaticano II, "el hombre es invitado al diálogo
con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por
amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si
no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador" (Gaudium et
spes, 19).
¡Sí, queridos amigos, hemos sido creados por Dios y para Dios, y el deseo
de él está inscrito en nuestro corazón! Dado que "la gloria de Dios
es el hombre que vive", como dijo san Ireneo de Lyon, Dios no deja de
atraer a sí al hombre, para que encuentre en él la verdad, la belleza y la
felicidad que busca sin descanso. Esta atracción que Dios ejerce sobre nosotros
se llama "vocación".
4. Precisamente porque hemos sido creados a imagen de Dios, hemos recibido
de él también el gran don que es la libertad. Pero si no se ejercita
bien, la libertad nos puede conducir lejos de Dios. Nos puede hacer perder la
dignidad de la que él nos ha revestido. Cuando no está plasmada por el
Evangelio, la libertad puede transformarse en esclavitud: la esclavitud
del pecado y de la muerte eterna.
Queridos jóvenes, queridos muchachos y muchachas de Roma, nuestros
progenitores, alejándose de la voluntad divina, cayeron en el pecado, es decir,
en el mal uso de la libertad. Sin embargo, el Padre celestial no nos abandonó; envió
a su Hijo Jesús para curar la libertad herida y restaurar de un modo aún más
hermoso la imagen que se había desfigurado. Jesús, victorioso sobre el pecado
y la muerte, afirmó su señorío sobre el mundo y sobre la historia. Él vive y
nos invita a no someter nuestra libertad personal a ningún poder terreno, sino
sólo a él y a su Padre omnipotente.
Jóvenes del nuevo milenio, no uséis mal vuestra libertad. No arruinéis
la gran dignidad de hijos de Dios que os ha sido dada. Someteos únicamente a
Cristo, que quiere vuestro bien y vuestra alegría auténtica (cf. Mt 23,
8-10); a él, que quiere que seáis hombres y mujeres plenamente felices y
realizados. De este modo descubriréis que sólo cumpliendo la voluntad de Dios
podemos ser luz del mundo y sal de la tierra.
5. Estas realidades tan sublimes como comprometedoras sólo se pueden
comprender y vivir en un clima de constante oración. Este es el secreto para
entrar y morar en la voluntad de Dios. Por tanto, son muy oportunas las
iniciativas de oración -sobre todo de adoración eucarística- que se
están difundiendo en la diócesis de Roma gracias a vosotros, jóvenes.
Quisiera decir además a todos y a cada uno: leed el Evangelio,
personal y comunitariamente, meditadlo y vividlo. El Evangelio es la palabra
viva y operante de Jesús, que nos da a conocer el amor infinito de Dios por
cada uno de nosotros y por la humanidad entera. El Maestro divino os llama a
cada uno de vosotros a trabajar en su campo; os llama a ser sus discípulos,
dispuestos a comunicar también a otros amigos vuestros lo que él os ha
comunicado.
Si hacéis esto, sabréis responder a la pregunta: "Señor, ¿qué
quieres que haga?". En efecto, la verdadera respuesta se halla en el
Evangelio, que esta tarde os entrego idealmente. Es el mandato
misionero de Jesús: "Vosotros sois la sal de la tierra. (...)
Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14). Os lo entrego por
manos de María, modelo luminoso de fidelidad a la vocación que le confió el
Señor.
¡Buen viaje a Toronto! ¡Ánimo!
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