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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA V ASAMBLEA PLENARIA
DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PASTORAL DE LA SALUD


 Jueves 2 de mayo de 2002 

 

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
amadísimos hermanos y hermanas: 


1. Me alegra particularmente nuestro encuentro, con ocasión de la asamblea plenaria del Consejo pontificio para la pastoral de la salud, durante la cual os proponéis estudiar y trazar un nuevo plan de trabajo para los próximos cinco años.

Saludo al presidente del dicasterio, el arzobispo monseñor Javier Lozano Barragán, y le agradezco las cordiales palabras que me ha dirigido para interpretar los sentimientos comunes de los presentes. Mi saludo se extiende a los señores cardenales y a los venerados hermanos en el episcopado, miembros del Consejo pontificio, a los consultores y expertos, al secretario y al subsecretario, así como a los oficiales sacerdotes, religiosos y laicos. Queridos hermanos, os agradezco a todos la valiosa ayuda que me dais en un ámbito tan cualificado del testimonio evangélico.

2. El ingente trabajo realizado por vuestro dicasterio durante estos diecisiete años desde su institución confirma la necesidad de que, entre los organismos de la Santa Sede, haya uno encargado específicamente de manifestar "la solicitud de la Iglesia por los enfermos, ayudando a quienes realizan un servicio para con los que están enfermos y los que sufren, con el fin de que el apostolado de la misericordia, al que se dedican, responda cada vez mejor a las nuevas exigencias" (Pastor bonus, art. 152).

Demos gracias al Señor por la amplia y articulada actividad pastoral que se realiza a escala mundial en el campo de la sanidad con el estímulo y el apoyo de vuestro dicasterio. Os animo a todos a proseguir con ardor y confianza en este camino, dispuestos a ofrecer a los hombres de nuestro tiempo el evangelio de la misericordia y de la esperanza.

3. Inspirándose en la carta apostólica Novo millennio ineunte, vuestra asamblea se propone como objetivo reflexionar sobre cómo mostrar mejor el rostro de Cristo doliente y glorioso, iluminando con el Evangelio el mundo de la salud, del sufrimiento y de la enfermedad, santificando al enfermo y a los profesionales de la salud, y promoviendo la coordinación de la pastoral de la salud en la Iglesia.

En este tiempo pascual contemplamos el rostro glorioso de Jesús, después de haber meditado, especialmente durante la Semana santa, en su rostro doliente. En estas dos dimensiones se encuentra la esencia del Evangelio y del ministerio de la Iglesia.

En la carta apostólica Novo millennio ineunte escribí que Jesús, "mientras se identifica con nuestro pecado, "abandonado" por el Padre, él se "abandona" en las manos del Padre"; de este modo vive "a la vez la unión profunda con el Padre, de por sí fuente de alegría y felicidad, y la agonía hasta el grito de abandono" (n. 26).

En el rostro doliente del Viernes santo se oculta la vida de Dios entregada por la salvación del mundo. Mediante el Crucificado, nuestra contemplación debe abrirse al Resucitado. La Iglesia, confortada por esta experiencia, está siempre dispuesta a reanudar su camino para anunciar a Cristo al mundo.

4. Vuestra actual asamblea plenaria centra su atención en programas orientados a iluminar con la luz del rostro doliente y glorioso de Cristo todo el universo de la sanidad. Es decisivo profundizar desde esta perspectiva la reflexión sobre las temáticas concernientes a la salud, a la enfermedad y al sufrimiento, dejándose guiar por una concepción de la persona humana y de su destino fiel al plan salvífico de Dios.

Las nuevas fronteras abiertas por el progreso de las ciencias de la vida, y las aplicaciones que derivan de ellas, han puesto en las manos del hombre un poder y una responsabilidad enormes. Si prevalece la cultura de la muerte, si en el campo de la medicina y de la investigación biomédica los hombres se dejan condicionar por opciones egoístas o por ambiciones prometeicas, será inevitable que la dignidad humana y la vida misma se vean amenazadas peligrosamente. Si, por el contrario, el trabajo en este importante sector de la salud se centra en la cultura de la vida, bajo la guía de la recta conciencia, el hombre encontrará respuestas válidas a sus expectativas más profundas.

Vuestro Consejo pontificio debe dar su contribución a una nueva evangelización del dolor, que Cristo asume y transfigura en el triunfo de la Resurrección. A este respecto, es esencial la vida de oración y el recurso a los sacramentos, sin los cuales resulta difícil el camino espiritual, no sólo de los enfermos, sino también de quienes los asisten.

5. El ámbito de la salud y del sufrimiento afronta hoy nuevos y complejos problemas, que requieren un compromiso por parte de todos. La disminución del número de religiosas comprometidas en este ámbito, el difícil ministerio de los capellanes de hospitales, las dificultades para organizar en las Iglesias locales una pastoral de la salud adecuada e incisiva, y la relación con el personal sanitario, que no siempre está en sintonía con las orientaciones cristianas, constituyen un conjunto de temas, con aspectos problemáticos, que seguramente son objeto de vuestra atenta reflexión.

Vuestro dicasterio, fiel a su misión, debe seguir manifestando la solicitud pastoral de la Iglesia por los enfermos; debe ayudar a los que cuidan de quienes sufren, de modo particular a los que trabajan en los hospitales, a tener siempre una actitud de respeto por la vida y la dignidad del ser humano. Para conseguir estos objetivos, resulta útil la colaboración generosa con las organizaciones internacionales de la salud.

El Señor, buen samaritano de la humanidad sufriente, os asista siempre. La Virgen santísima, Salud de los enfermos, os sostenga en vuestro servicio y sea vuestro modelo en la acogida y en el amor.
Asegurándoos mi oración, os imparto de corazón la bendición apostólica.

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