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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE RESPONSABLES ITALIANOS
DEL MOVIMIENTO CURSILLOS DE CRISTIANDAD


Sábado 4 de mayo de 2002

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Es para mí motivo de alegría encontrarme hoy con vosotros:  ¡gracias por esta visita! Vuestra presencia, tan numerosa y alegre, testimonia cuanto dije a los cursillistas de todo el mundo que acudieron a Roma con ocasión del gran jubileo del año 2000:  en verdad, "la pequeña semilla sembrada en España hace más de cincuenta años se ha convertido en un gran árbol lleno de frutos del Espíritu" (Discurso a los participantes en la III Ultreya, 29 de julio de 2000, n. 1:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de agosto de 2000, p. 3). Doy a todos mi más cordial bienvenida. Saludo, en particular, a vuestros dos representantes, que se han hecho intérpretes de los sentimientos comunes, así como a los animadores espirituales y a los diversos responsables del Movimiento.

Los Cursillos de cristiandad están presentes actualmente en más de sesenta países de todos los continentes y en ochocientas diócesis. Aquella semilla ha germinado y ha crecido durante estos años también en tierra italiana, dando abundantes frutos de conversión y santidad de vida, en profunda sintonía con las orientaciones pastorales de la Conferencia episcopal italiana.

2. En este momento deseo volver con el pensamiento, juntamente con vosotros, a dos citas que tuvieron gran significado y alcance. Me refiero, ante todo, al encuentro con los miembros de los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, en la plaza de San Pedro, durante la inolvidable vigilia de Pentecostés, el 30 de mayo de 1998.

En aquella ocasión reconocí en estas nuevas realidades eclesiales una respuesta providencial, suscitada por el Espíritu Santo para la formación cristiana y para la evangelización. Pero, al mismo tiempo, exhorté a crecer en la conciencia y en la identidad eclesial:  "Hoy ante vosotros se abre una etapa nueva:  la de la madurez eclesial. (...) La Iglesia espera de vosotros frutos "maduros" de comunión y de compromiso" ( Discurso en el encuentro mundial de los movimientos, 30 de mayo de 1998, n. 6:  L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de junio de 1998, p. 14).

Esa invitación conserva plenamente su actualidad y urgencia, y constituye un auténtico desafío que es preciso afrontar con valentía y determinación. En la línea de este compromiso para alcanzar una madurez eclesial cada vez más sólida se sitúa la solicitud que el organismo mundial de los Cursillos ha hecho al dicasterio competente de la Curia romana, a fin de obtener el reconocimiento canónico y la aprobación de sus estatutos.

3. El segundo acontecimiento importante que quisiera recordar aquí es la III Ultreya mundial, que culminó con el encuentro jubilar de vuestros miembros en la plaza de San Pedro, al que acabo de referirme. A este propósito, deseo renovaros la exhortación que os dirigí en aquella ocasión a ser testigos audaces de la "diaconía de la verdad", trabajando incansablemente con la "fuerza de la comunión".

En efecto, esa consigna es cada día más necesaria y comprometedora. Vosotros daréis ciertamente la valiosa contribución que brota de vuestro carisma particular. En efecto, el anuncio kerigmático que constituye el corazón de vuestro movimiento consiste únicamente en "fijar la mirada en el rostro de Cristo", a lo cual invité en la Novo millennio ineunte (cf. n. 16 ss). Esa mirada conlleva respetar "la primacía de la gracia", para emprender un camino de catequesis y oración, de conversión y santidad de vida. Los frutos que produce son un sentido más fuerte de pertenencia a la Iglesia y un nuevo impulso de evangelización en los ambientes de vida y de actividad diaria.

4. Amadísimos cursillistas, proseguid con confianza el camino de formación y vida cristiana que habéis emprendido con tanta generosidad. Duc in altum! Os encomiendo a la protección materna de María santísima, ejemplo admirable de obediencia a la voluntad del Padre y discípula fiel de su Hijo.

Asegurándoos un recuerdo especial en la oración, con afecto os imparto la bendición apostólica a vosotros, aquí presentes, y a vuestros seres queridos.

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