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VISITA PASTORAL A LA DIÓCESIS DE ISCHIA
DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II DURANTE
EL ENCUENTRO CON LOS JÓVENES EN ISCHIA
Domingo 5 de mayo de
2002
Amadísimos jóvenes:
1. "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del
mundo" (Mt 5, 13-14). Como sabéis, estas palabras de Jesús
constituyen el tema de la próxima Jornada mundial de la juventud. Las
dirigió el Maestro divino a sus discípulos a orillas del lago de Galilea, hace
dos mil años. Y las dirigirá de nuevo a miles de jóvenes cristianos de todas
las partes del mundo, durante el próximo verano, en Toronto. Esas mismas
palabras resuenan hoy aquí, a orillas del mar Tirreno, mientras concluye mi rápida,
pero intensa visita a vuestra hermosa isla. Resuenan para vosotros, queridos jóvenes
de Ischia. Y es para mí una gran alegría hacerme eco de la voz de Cristo, que
os invita a escuchar, reflexionar y actuar. Sólo la
palabra de Cristo puede iluminar verdaderamente vuestros pasos.
Os saludo con gran afecto, amadísimos jóvenes amigos, a todos y a cada uno.
Doy las gracias a vuestro obispo, que os ha presentado como "centinelas de
la mañana". Doy las gracias a vuestros representantes, que han hablado en
nombre de toda la juventud de Ischia. Gracias por vuestra cordial acogida, que
pone de manifiesto el entusiasmo de la juventud y el "genio" de
vuestra tierra.
2. "Vosotros sois la sal de la tierra" (Mt 5, 13).
Queridos muchachos y muchachas, no es difícil comprender esta primera imagen
usada por Jesús: la sal. Es una imagen muy significativa. Cuando
no existían medios para garantizar la larga conservación de los alimentos, la
sal no sólo tenía la función de dar sabor, sino que a menudo era
indispensable incluso para garantizar la posibilidad de acceso a los
alimentos. Al decir: "Vosotros sois la sal de la tierra", el
Redentor encomendaba a sus discípulos una doble misión: dar sabor
a la vida, mostrándole el sentido revelado en él, y permitir a todos el
acceso al alimento que viene de lo alto. En este doble sentido quisiera
aplicarlas hoy también a vosotros.
Jóvenes de Ischia, sed la sal de la tierra, que da sabor y belleza a la vida.
Mostrad, con gestos concretos y con la convicción de las palabras, que vale la
pena vivir y vivir juntos el amor que Jesús vino a revelarnos y
donarnos. ¿No es el amor de Cristo, vencedor del mal y de la muerte, el que nos
ha transformado? Haced que el mayor número posible de jóvenes viva esta misma
experiencia.
Sed la sal que permite que el alimento del cielo se distribuya a todos,
de manera que incluso los más distraídos y alejados, gracias a vuestro
entusiasmo, a vuestro celo y a vuestro compromiso humilde y perseverante, se
sientan llamados a creer en Dios y a amarlo en el prójimo.
Luz del mundo
3. "Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 14). Este es el
otro mensaje de Jesús a sus discípulos. La luz tiene como característica disipar
las tinieblas, calentar lo que toca y exaltar sus formas. Todo esto lo hace a
una altísima velocidad. Así pues, para los cristianos, y especialmente
para los jóvenes cristianos, ser luz del mundo quiere decir difundir por
doquier la luz que viene de lo alto. Quiere decir combatir la oscuridad,
tanto la que se debe a la resistencia del mal y del pecado, como la causada por
la ignorancia y los prejuicios.
Jóvenes de Ischia, sed rayos de la luz de Cristo. Él es la "luz del
mundo" (Jn 8, 12). Propagad esta luz en todos los
ambientes, especialmente donde Jesús no es conocido y amado; incluso donde es
rechazado. Con vuestra vida haced entender que la luz que proviene de lo alto no
destruye lo que es humano, sino que, por el contrario, lo exalta, como el
sol, que con su fulgor pone de relieve las formas y los colores. Dios no es
el rival del hombre, sino su amigo verdadero, su aliado más fiel.
Es preciso transmitir este mensaje con la velocidad de la luz. No perdáis
tiempo: vuestra juventud es demasiado valiosa como para desperdiciarla
aunque sea sólo en una mínima parte. Dios os necesita y os llama a cada
uno por su nombre.
4. Desde esta isla, rica en sol y en bellezas naturales, cubierta de
verde y rodeada por las aguas maravillosas del mare nostrum, llegue a
todos los jóvenes, comenzando por los muchos que vienen a visitarla, un
mensaje de luz y de esperanza. Queridos muchachos y muchachas, juntamente
con vuestros padres, vuestros pastores, vuestros educadores, vuestros
catequistas y vuestros amigos, sed sal y luz para los que el Señor ponga
en vuestro camino.
Os guíe María santísima, "Estrella del mar", que orienta
hacia el puerto seguro a quienes navegan en el gran mar de la vida,
resplandeciendo como estrella luminosa incluso en las horas más oscuras. Os
sirvan de ejemplo vuestros santos patronos, especialmente santa Restituta
y san Juan José de la Cruz. Que ninguna turbación, ningún miedo y ningún
pecado os separen del amor de Dios. Jesús es la luz que vence las tinieblas; la
sal que da sabor a los años de vuestra juventud y a toda vuestra existencia. Es
él quien os conserva en la belleza y en la fidelidad a Dios, Padre suyo y
nuestro.
Hasta la vista en Toronto, donde espero que estéis también algunos de
vosotros. Juntamente con vuestros coetáneos de todos los continentes,
ofreceremos al mundo un mensaje de esperanza. Vuestro obispo, al inicio, os ha
presentado como "centinelas de la mañana". Sí, amadísimos jóvenes
amigos, sed centinelas intrépidos del Evangelio, que esperan y preparan
la llegada del día nuevo, que es Cristo Señor.
Alguien podría pensar que los jóvenes de Ischia, y los jóvenes de Italia, son
muy ricos. Pero yo sé que aquí funciona otra economía: la economía
evangélica de los pobres de espíritu. Os deseo que la próxima Jornada mundial
de la juventud sea expresión de la madurez evangélica de todos los jóvenes
del mundo y, de modo especial, de los jóvenes de Italia y de los jóvenes de
vuestra hermosa isla.
Así pues, ¡ánimo! ¡Ánimo y esperanza! ¡Alabado sea Jesucristo!
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