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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS NUEVOS RECLUTAS
DE LA GUARDIA SUIZA PONTIFICIA

Lunes 6 de mayo de 2002

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Ilustre señor comandante;
reverendo capellán;
queridos guardias;
queridos familiares y amigos de la Guardia suiza: 


1. Os saludo cordialmente aquí, en el palacio apostólico. Doy una particular bienvenida a los reclutas que hoy se han reunido festivamente con sus padres, familiares y amigos. Vosotros, queridos guardias, tenéis el privilegio de trabajar durante algunos años en la ciudad santa y vivir en la "ciudad eterna".

Vuestras familias y los numerosos huéspedes, aquí presentes, además de participar en la ceremonia de juramento, realizan una peregrinación a los lugares santos de nuestra fe, a las tumbas de los Apóstoles. A todos os deseo que hagáis aquí, en Roma, la experiencia excepcional de lo que significa la "Iglesia universal" y, sobre todo, que el gozoso oficio divino y los encuentros de este día renueven y profundicen vuestra fe.

2. Hoy, 6 de mayo, es un día significativo y memorable en la vida de la Guardia suiza pontificia y de todas las personas vinculadas a ella, tanto en Roma como en vuestra amada Suiza. Queridos guardias, hace 475 años vuestros predecesores, durante el "saqueo de Roma" de 1527, demostraron su fidelidad heroica a la Sede de Pedro y al Sumo Pontífice con el sacrificio de su vida. A lo largo de la historia los soldados de la Guardia suiza han querido demostrar siempre al Papa y a toda la Iglesia que el Sucesor de Pedro podía contar con ellos. El servicio honrado y valiente de la protección de la persona del Santo Padre no podía cumplirse entonces, como tampoco puede cumplirse hoy, sin las características que distinguen a todo guardia suizo:  firmeza en la fe católica, fidelidad y amor a la Iglesia de Jesucristo, escrupulosidad y constancia en los pequeños y grandes deberes del servicio diario, valentía y humildad, altruismo y humanidad. Estas son las virtudes que deben embargar vuestro corazón cuando prestáis el servicio de honor y de seguridad en el Vaticano.

3. Queridos jóvenes, os doy las gracias por haber aceptado dedicar algunos años de vuestra vida a velar por el Papa y garantizar la seguridad de todos los que trabajan para la Santa Sede, convirtiéndoos así en herederos de una larga tradición de fidelidad y entrega, en el seno de la Guardia suiza. Deseo que, a pesar de las dificultades y las fatigas de vuestro servicio, viváis plenamente este tiempo de misión como una profundización de vuestra fe y de vuestra adhesión a la Iglesia, y como una experiencia de fraternidad entre vosotros. Estad atentos los unos a los otros, para sosteneros en el trabajo diario y para enriqueceros mutuamente, recordando siempre que, como dice el Apóstol, "mayor felicidad hay en dar que en recibir" (Hch 20, 35). Dirijo un saludo cordial a vuestras familias y a vuestros amigos, así como a los representantes de las autoridades suizas, que han venido para acompañaros en este día de fiesta.

4. Queridos reclutas, no olvidéis nunca vivir el servicio responsable que prestáis a la Santa Sede en calidad de "soldados del Papa" como misión que el Señor mismo os confía. Aprovechad el tiempo que pasáis aquí, en Roma, en el centro de la Iglesia, para crecer en la amistad con Cristo y caminar hacia la meta de toda verdadera vida cristiana:  la santidad.

María, a la que honramos de modo especial en el mes de mayo, os ayude a experimentar cada día más la comunión profunda con Dios que para nosotros, los creyentes, comienza en la tierra y culminará en el cielo. En efecto, como recuerda san Pablo, estamos llamados a ser "conciudadanos de los santos y familiares de Dios" (Ef 2, 19).

5. Encomendándoos a vosotros, a vuestras familias, a vuestros amigos y a cuantos han venido a Roma con ocasión de vuestro juramento a la intercesión de la santísima Virgen María, Madre de Dios, de vuestros patronos san Martín y san Sebastián, y del protector de vuestra patria, Nicolás de Flüe, os imparto de corazón la bendición apostólica.

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