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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE LAS ANTILLAS
EN VISITA "AD LIMINA"


 Martes 7 de mayo de 2002

 

Queridos hermanos en el episcopado: 

1. "Paz a los hermanos, y caridad con fe de parte de Dios Padre y del Señor Jesucristo" (Ef 6, 23). Con estas palabras del apóstol san Pablo y en la alegría de la Pascua os acojo a vosotros, obispos de las Antillas, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. A través de vosotros, saludo a todos los fieles de Cristo confiados a vuestro cuidado pastoral. Que la paz del Señor resucitado reine en todos los corazones y en todos los hogares de la región caribeña.

Agradezco al arzobispo Clarke las amables palabras con las que ha expresado la espiritualidad de comunión que es el centro de la Iglesia (cf. Novo millennio ineunte, 43-45). Esta comunión os trae a Roma, en peregrinación a las tumbas de los Apóstoles, donde renováis vuestra fidelidad a la tradición apostólica, cuyas raíces se remontan al mandato del Señor (cf. Mt 28, 19-20) y, en último término, implican la vida íntima de la Trinidad, fundamento de toda realidad.

Venís como pastores llamados a compartir plenamente el sacerdocio eterno de Cristo. Ante todo, sois sacerdotes:  no sois ejecutivos, directores de empresa, agentes financieros o burócratas, sino sacerdotes. Esto significa, sobre todo, que habéis sido llamados a ofrecer el sacrificio, pues esta es la esencia del sacerdocio, y el centro del sacerdocio cristiano es la ofrenda del sacrificio de Cristo. Por eso la Eucaristía es la esencia misma de lo que somos como sacerdotes; por eso, no podemos hacer nada más importante que ofrecer el sacrificio eucarístico; y, por eso, nuestra celebración comunitaria de la Eucaristía es el centro de vuestra visita ad limina. No podemos olvidar nunca que las tumbas de los Apóstoles que veneramos en Roma son tumbas de mártires, cuya vida y muerte penetraron hasta tal punto en lo más profundo del sacrificio de Cristo, que pudieron decir:  "Con Cristo estoy crucificado:  y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 19-20). Este fue el seno de su extraordinaria obra misionera que nosotros, sus sucesores, debemos emular en nuestra época si queremos ser fieles a la nueva evangelización, para la que el concilio Vaticano II preparó providencialmente a la Iglesia.

2. El Concilio fue "la gran gracia que la Iglesia ha recibido en el siglo XX" (Novo millennio ineunte, 57). Aunque los decenios que nos separan de él no han estado exentos de dificultades -ha habido períodos durante los cuales parecían peligrar elementos importantes de la vida cristiana-, numerosos signos indican ahora esta nueva primavera del espíritu, cuyo carácter profético mostró de manera evidente el gran jubileo del año 2000. Durante los años posteriores al Concilio, la aparición de nuevas aspiraciones espirituales y de nuevas energías apostólicas entre los fieles de la Iglesia ha sido sin duda uno de los frutos del Espíritu. Los laicos viven la gracia de su bautismo bajo formas que manifiestan de manera más resplandeciente la rica gama de los carismas en la Iglesia; por esto no dejamos de dar gracias a Dios.

Asimismo, es verdad que el despertar de los fieles laicos en la Iglesia ha suscitado al mismo tiempo, también en vuestro país, problemas relativos a la llamada al sacerdocio, unidos al menor número de candidatos a entrar en los seminarios de las Iglesias que os han sido encomendadas. Como pastores, estáis sumamente preocupados, puesto que, como sabéis bien, la Iglesia católica no puede existir sin el ministerio sacerdotal que Cristo mismo desea para ella.

Algunas personas, como sabéis, afirman que la disminución del número de sacerdotes es obra del Espíritu Santo y que Dios mismo guiará a la Iglesia, haciendo que el gobierno de los fieles laicos sustituya el gobierno de los sacerdotes. Ciertamente, esa afirmación no tiene en cuenta lo que los padres conciliares expresaron cuando trataron de impulsar una implicación mayor de los fieles laicos en la Iglesia. En su enseñanza, los padres conciliares destacaron simplemente la profunda complementariedad entre los sacerdotes y los laicos que entraña la naturaleza sinfónica de la Iglesia. Una comprensión errónea de esta complementariedad lleva a veces a una crisis de identidad y de confianza en los sacerdotes, y también a formas de compromiso laico demasiado clericales o demasiado politizadas.

El compromiso de los laicos se convierte en una forma de clericalismo cuando las funciones sacramentales o litúrgicas que corresponden al sacerdote son asumidas por los fieles laicos, o cuando estos desempeñan tareas que competen al gobierno pastoral propio del sacerdote. En esas situaciones, frecuentemente no se tiene en cuenta lo que el Concilio enseñó sobre el carácter esencialmente secular de la vocación laica (cf. Lumen gentium, 31). El sacerdote, en cuanto ministro ordenado, preside en nombre de Cristo la comunidad cristiana, tanto en el plano litúrgico como en el pastoral. Los laicos le ayudan de muchas maneras en esta tarea. Pero el ámbito principal del ejercicio de la vocación laical es el mundo de las realidades económicas, sociales, políticas y culturales. Es en este mundo donde los laicos están invitados a vivir su vocación bautismal, no como consumidores pasivos, sino como miembros activos de la gran obra que expresa el carácter cristiano. Al sacerdote corresponde presidir la comunidad cristiana para permitir a los laicos realizar la tarea eclesial y misionera que les compete. En un tiempo de secularización insidiosa, puede parecer extraño que la Iglesia insista tanto en la vocación secular de los laicos. Ahora bien, precisamente el testimonio evangélico de los fieles en el mundo es el centro de la respuesta de la Iglesia al mal de la secularización (cf. Ecclesia in America, 44).

El compromiso de los laicos se politiza cuando el laicado es absorbido por el ejercicio del "poder" dentro de la Iglesia. Esto sucede cuando no se considera a la Iglesia como "misterio" de gracia que la caracteriza, sino en términos sociológicos, o incluso políticos, basándose frecuentemente en una comprensión errónea de la noción de "pueblo de Dios", noción que tiene profundas y ricas bases bíblicas y que el concilio Vaticano II utiliza con tanto acierto. Cuando no es el servicio sino el poder el que modela toda forma de gobierno en la Iglesia, los intereses opuestos comienzan a hacerse sentir tanto en el clero como en el laicado. El clericalismo es para los sacerdotes la forma de gobierno que manifiesta más poder que servicio, y que engendra siempre antagonismos entre los sacerdotes y el pueblo; este clericalismo se encuentra en formas de liderazgo laico que no tienen suficientemente en cuenta la naturaleza trascendente y sacramental de la Iglesia, ni su papel en el mundo. Estas dos actitudes son nocivas. Por el contrario, la Iglesia necesita un sentido de complementariedad más profundo y más creativo entre la vocación del sacerdote y la de los laicos. Sin él, no podemos esperar ser fieles a las enseñanzas del Concilio ni superar las dificultades habituales relacionadas con la identidad del sacerdote, la confianza en él y la llamada al sacerdocio.

3. Pero también debemos superar los confines de la Iglesia, porque el Concilio se preocupó esencialmente por fomentar nuevas energías para su misión en el mundo. Sois conscientes de que una parte esencial de su misión evangelizadora es la inculturación del Evangelio, y sé que en vuestra región se ha prestado mucha atención a la necesidad de desarrollar formas caribeñas de culto y vida católicos. En la encíclica Fides et ratio subrayé que "el Evangelio no es contrario a una u otra cultura como si, entrando en contacto con ella, quisiera privarla de lo que le pertenece, obligándola a asumir formas extrínsecas no conformes a la misma" (n. 71). Asimismo, afirmé que en el encuentro con el Evangelio las culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario "son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo incentivos para ulteriores desarrollos" (ib.; cf. Ecclesia in America, 70).

Con este fin, es importante recordar los tres criterios para discernir si nuestros intentos por inculturar el Evangelio tienen bases sólidas o no. El primero es la universalidad del espíritu humano, cuyas necesidades básicas no son diferentes ni siquiera en culturas completamente diversas. Por tanto, ninguna cultura puede ser considerada absoluta hasta el punto de negar que el espíritu humano, en el nivel más profundo, es el mismo en todo tiempo, lugar y cultura. El segundo criterio es que, al comprometerse con nuevas culturas, la Iglesia no puede abandonar la valiosa herencia que proviene de su compromiso inicial con la cultura grecolatina, porque eso significaría "ir en contra del designio providencial de Dios, que conduce su Iglesia por los caminos del tiempo y de la historia" (Fides et ratio, 72). Así pues, no se trata de rechazar la herencia grecolatina para permitir al Evangelio encarnarse en la cultura caribeña, sino, más bien, de hacer que la herencia cultural de la Iglesia entable un diálogo profundo y mutuamente enriquecedor con la cultura caribeña. El tercer criterio es que una cultura no debe encerrarse en su propia diversidad, no debe refugiarse en el aislamiento, oponiéndose a otras culturas y tradiciones. Esto implicaría negar no sólo la universalidad del espíritu humano, sino también la universalidad del Evangelio, que no es ajeno a ninguna cultura y procura arraigar en todas.

4. En la exhortación apostólica Ecclesia in America afirmé que "es necesario que los fieles pasen de una fe rutinaria (...) a una fe consciente, vivida personalmente. La renovación en la fe será siempre el mejor camino para conducir a todos a la Verdad, que es Cristo" (n. 73). Por eso, es esencial desarrollar en vuestras Iglesias particulares una nueva apologética para vuestro pueblo, a fin de que comprenda lo que enseña la Iglesia y así pueda dar razón de su esperanza (cf. 1 P 3, 15). En un mundo donde las personas están sometidas a la continua presión cultural e ideológica de los medios de comunicación social y a la actitud agresivamente anticatólica de muchas sectas, es esencial que los católicos conozcan lo que enseña la Iglesia, comprendan esa enseñanza y experimenten su fuerza liberadora. Sin esa comprensión faltará la energía espiritual necesaria para la vida cristiana y para la obra de evangelización.

La Iglesia está llamada a proclamar una verdad absoluta y universal al mundo en una época en la que en muchas culturas hay una profunda incertidumbre sobre si existe o no esa verdad. Por consiguiente, la Iglesia debe hablar con la fuerza del testimonio auténtico. Al considerar lo que esto entraña, el Papa Pablo VI identificó cuatro cualidades, que llamó perspicuitas, lenitas, fiducia, prudentia:  claridad, afabilidad, confianza y prudencia (cf. Ecclesiam suam, 38).

Hablar con claridad significa que es preciso explicar de forma comprensible la verdad de la Revelación y las enseñanzas de la Iglesia que provienen de ella. Lo que enseñamos no siempre es accesible inmediata o fácilmente a los hombres de nuestro tiempo. Por eso, hay que explicar, no sólo repetir. Esto es lo que quería decir cuando afirmé que necesitamos una nueva apologética, adecuada a las exigencias actuales, que tenga presente que nuestra tarea consiste en ganar almas, no en vencer disputas; en librar una especie de lucha espiritual, no en enzarzarnos en controversias ideológicas; en reivindicar y promover el Evangelio, no en reivindicarnos o promovernos a nosotros mismos.

Esta apologética necesita respirar un espíritu de afabilidad, una humildad y compasión que comprenden las angustias y los interrogantes de la gente y, al mismo tiempo, no ceden a una dimensión sentimental del amor y la compasión de Cristo, separándolos de la verdad. Sabemos que el amor de Cristo puede implicar grandes exigencias, precisamente porque estas no están vinculadas al sentimentalismo, sino a la única verdad que libera (cf. Jn 8, 32).

Hablar con confianza significa no perder nunca de vista la verdad absoluta y universal revelada en Cristo, y tampoco el hecho de que esa es la verdad que todos los hombres anhelan, aunque parezcan indiferentes, reacios u hostiles.

Hablar con la sabiduría práctica y el buen sentido que Pablo VI llama prudencia y que san Gregorio Magno considera una virtud de los valientes (cf. Moralia, 22, 1), significa dar una respuesta clara a quienes preguntan:  "¿Qué debemos hacer?" (Lc 3, 10. 12. 14). La grave responsabilidad de nuestro ministerio episcopal se manifiesta aquí en todo su exigente desafío. Debemos implorar a diario la luz del Espíritu Santo, para hablar según la sabiduría de Dios y no según la del mundo, "para no desvirtuar la cruz de Cristo" (1 Co 1, 17).

El Papa Pablo VI concluía afirmando que hablar con perspicuitas, lenitas, fiducia y prudentia "nos hará sabios, nos hará maestros" (Ecclesiam suam, 38). Y eso es lo que estamos llamados a ser sobre todo:  maestros de verdad, implorando siempre "la gracia de ver la vida plena y la fuerza para hablar eficazmente de ella" (san Gregorio Magno, Comentario sobre Ezequiel, I, 11, 6).

5. Queridos hermanos en el episcopado, estoy convencido de que muchos de los problemas que afrontáis en vuestro ministerio, incluyendo la necesidad de un número mayor de vocaciones sacerdotales y religiosas, se resolverán si os entregáis con mayor generosidad aún a la labor misionera. Este fue un importante objetivo del Concilio; si desde entonces ha habido problemas internos en la Iglesia, quizá eso se ha debido, en parte, a que la comunidad católica ha sido menos misionera de lo que el Señor Jesús y el Concilio querían.

Queridos hermanos en el episcopado, también vuestras Iglesias particulares deben ser misioneras, en el sentido de que deben ir con audacia a todos los rincones de la sociedad caribeña, incluso al más oscuro, irradiando la luz del Evangelio y el amor que no conoce límites. Es tiempo de que echéis vuestras redes donde parece que no hay peces (cf. Lc 5, 4-5):  Duc in altum! Al planificar esta misión, es importante recordar que debemos "apostar por la caridad" (Novo millennio ineunte, 49), para que "el siglo y el milenio que comienzan vean todavía, y es de desear que lo vean con mayor fuerza, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres" (ib.). Pero más importante aún es que fijéis vuestra mirada en Jesús (cf. Hb 12, 2), sin perderlo de vista jamás, porque él es el comienzo y el fin de toda la misión cristiana.

Invocando sobre vosotros en este tiempo pascual una nueva efusión de los dones del Espíritu Santo, y encomendando a vuestras amadas comunidades, "semillas santas del cielo" (san Agustín, Sermón 34, 5), a la incesante protección de María, Madre del Redentor, os imparto mi bendición apostólica a vosotros, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, y a todos los fieles laicos del Caribe como prenda de gracia y paz en Jesucristo, el primogénito de entre los muertos.

 

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