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ALOCUCIÓN DEL PAPA JUAN PABLO II A
LOS ALCALDES DE VARIAS CIUDADES DEL MUNDO*
Lunes 13 de mayo de
2002
Queridos amigos:
Me alegra encontrarme con vosotros, alcaldes de algunas de las ciudades más
importantes del mundo. Estáis reunidos en Roma para reflexionar sobre cómo
influye la globalización en la vida de vuestras ciudades y sobre las
oportunidades que ofrece para crear vínculos más estrechos entre ellas.
Agradezco profundamente al honorable Walter Veltroni, alcalde de Roma, sus
amables palabras de introducción y de síntesis.
Una ciudad es mucho más que un territorio, una zona de producción económica o
una realidad política. Es, sobre todo, una comunidad de personas y
especialmente de familias con sus hijos. Es una experiencia humana viva,
arraigada históricamente y distinta culturalmente. Los que ejercen el control
administrativo y político sobre ella tienen la gran responsabilidad de velar
por el bien común de las personas, seres humanos dotados de una dignidad y
derechos inalienables. Precisamente en calidad de ciudadanos tienen importantes
deberes con respecto a la comunidad.
En el aspecto ético, una ciudad debería caracterizarse sobre todo por la
solidaridad. Cada uno de vosotros afronta serios problemas sociales y económicos
que no se pueden resolver sin crear un nuevo estilo de solidaridad humana. Las
instituciones y las organizaciones sociales, en diferentes niveles, así como
los Estados, deben participar en la promoción de un movimiento general de
solidaridad entre todos los sectores de la población, prestando atención
especial a los débiles y a los marginados.
No se trata de una cuestión de conveniencia. Es una necesidad de orden moral,
con vistas al cual es preciso educar a todos, y con el cual deben
comprometerse, como deber de conciencia, los que ejercen
cualquier tipo de influencia.
El objetivo de la solidaridad debe ser el progreso de un mundo más humano para
todos, un mundo en el que todas las personas puedan participar de un modo
positivo y fecundo, y en el que la riqueza de algunos ya no sea un obstáculo
para el desarrollo de los demás, sino una ayuda.
Mientras reflexionáis en las numerosas y complejas cuestiones sobre las que se
ha centrado vuestra conferencia, os exhorto a ver vuestra tarea como una
oportunidad única para hacer el bien y para mejorar realmente el mundo en el
que vivimos. Dios todopoderoso ilumine y sostenga vuestros esfuerzos. Sobre
vosotros y sobre vuestros ciudadanos invoco abundantes bendiciones divinas de
armonía y paz.
© Copyright 2002
- Libreria Editrice Vaticana
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