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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON OCASIÓN DE LA DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA
DE TIMOR ORIENTAL

 

A mis hermanos en el episcopado
los administradores apostólicos
de Dili y de Baucau
A las honorables autoridades
Al amado pueblo timorés


Con una solemne celebración eucarística habéis querido dar gracias a Dios por el don de la libertad y de la independencia de vuestro país, en presencia del arzobispo Renato Martino, mi enviado extraordinario.

En este momento tan significativo de vuestra historia, mientras os disponéis a entrar en el concierto de las naciones libres de la tierra, me uno espiritualmente a todos vosotros para compartir vuestro sentimiento de júbilo y para impulsaros a construir una sociedad justa, libre, solidaria y pacífica.

¡Ha llegado la hora de la libertad! ¡Ha llegado el tiempo de la reconstrucción! Para vosotros, amadísimos timoreses, resuenan las palabras del apóstol san Pablo:  "Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud" (Ga 5, 1). En efecto, es preciso defender y preservar siempre la libertad, tanto de lo que podría limitarla como de las falsificaciones que pueden desnaturalizar su autenticidad, en detrimento de la persona humana y de su dignidad. Por tanto, sigue siendo válida la exhortación del Apóstol:  "Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de  la  libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios" (1 P 2, 16).

Esta patria, que Dios pone en vuestras manos diligentes, deberá fundarse en valores sin los cuales no existe una verdadera democracia:  respeto de la vida y de toda persona; solidaridad efectiva entre los miembros de la misma comunidad; apertura a la contribución positiva de cada una de sus categorías y de todos sus miembros, respetando las diferentes competencias; atención a las necesidades reales de las familias, y especialmente de los jóvenes, que son la promesa del futuro del país recién nacido. En todo esto los cristianos deben servir de ejemplo, sobre todo porque, como enseña la liturgia de este domingo de Pentecostés, han recibido la fuerza del Espíritu Santo para renovarse a sí mismos y renovar el mundo.

Por tanto, a todo el querido pueblo timorés le expreso mi más ferviente deseo de todo bien; en particular, a su excelencia el señor Kay Rala Xanana Gusmão, presidente electo de la República, y a los que ejercen cargos institucionales, tanto a nivel nacional como local. En efecto, a ellos les compete más directamente la responsabilidad de velar por la correcta puesta en marcha de todas las estructuras políticas y administrativas, consolidando su operatividad y funcionalidad con vistas a una sociedad en la que todos puedan ser artífices de un mismo proyecto.

Dirijo un fraterno y afectuoso saludo a los excelentísimos monseñores Carlos Filipe Ximenes Belo y Basílio do Nascimento, administradores apostólicos de Dili y Baucau, y los exhorto a que, con su palabra iluminada por la fe, su ejemplo de vida y su constante testimonio de fidelidad al Evangelio y de generoso servicio pastoral, sigan siendo puntos seguros de referencia y orientación. Mi pensamiento se dirige también a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, que trabajan incansablemente en las parroquias, en las escuelas y en los dispensarios médicos, para que prosigan su valioso apostolado de evangelización y promoción, tanto en el seno de las comunidades católicas como en beneficio de la entera población timoresa.

Al impartiros de corazón la bendición apostólica a todos vosotros, invoco sobre las autoridades de la República democrática de Timor oriental y sobre todos los que trabajarán por un próspero y sereno futuro, la asistencia divina y la intercesión de María Inmaculada, a la que con tanto cariño invocáis con el título de "Virgen de Aitara".

Vaticano, 6 de mayo de 2002

 

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