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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A AZERBAIYÁN Y BULGARIA

CEREMONIA DE BIENVENIDA

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Plaza Alexander Nevski de Sofía, 23 de mayo de 2002

 

Señor presidente; 
Santidad;
ilustres miembros del Cuerpo diplomático;
distinguidas autoridades;
representantes de las diversas confesiones religiosas;
queridos hermanos y hermanas:
 

1. Con emoción e íntima alegría me encuentro hoy en Bulgaria y puedo dirigiros mi saludo cordial. Doy gracias a Dios omnipotente por haberme concedido cumplir un deseo que albergaba desde hace tiempo en mi corazón.

Todos los años, con ocasión de la fiesta de san Cirilo y san Metodio, apóstoles de los pueblos eslavos, suelo acoger en el Vaticano a los representantes del Gobierno y de la Iglesia de Bulgaria. Por eso, en cierto modo, hoy vengo a devolver la visita y a encontrarme en su hermoso país con el amado pueblo búlgaro. En este momento, pienso en mi predecesor el Papa Adriano II, que se reunió personalmente con los santos hermanos de Tesalónica, cuando fueron a Roma para llevar las reliquias de san Clemente, Papa y mártir (cf. Vida de Constantino, XVII, 1), y para testimoniar la comunión de la Iglesia que habían fundado con la Iglesia de Roma. Hoy, el Obispo de Roma viene a vosotros, impulsado por los mismos sentimientos de comunión en la caridad de Cristo.

En esta particular circunstancia, mi pensamiento va también a otro predecesor mío, el beato Papa Juan XXIII, que durante diez años fue delegado apostólico en Bulgaria y permaneció siempre profundamente unido a esta tierra y a sus habitantes. En su recuerdo, saludo a todos con afecto y a todos digo que en ninguna circunstancia he dejado de amar al pueblo búlgaro, presentándolo constantemente en la oración ante el trono del Altísimo:  que mi presencia hoy entre vosotros sea manifestación elocuente de los sentimientos de estima y afecto que albergo por esta noble nación y por todos sus hijos.

2. Saludo cordialmente a las autoridades de la República, y les agradezco las invitaciones que me han dirigido y el empeño puesto en la preparación de mi visita. A usted, señor presidente, le expreso mi profunda gratitud por las amables palabras con que me ha acogido en esta histórica plaza. A través de los honorables miembros del Cuerpo diplomático, mi pensamiento se dirige también a los pueblos que aquí dignamente representan.

Saludo con deferencia a Su Santidad el patriarca Maxim y a los metropolitas y obispos del Santo Sínodo, así como a todos los fieles de la Iglesia ortodoxa de Bulgaria:  deseo ardientemente que mi visita sirva para reforzar nuestro conocimiento recíproco, a fin de que, con la ayuda de Dios y en el día y del modo que a él le agrade, podamos llegar a vivir "en perfecta unión de pensamiento y de propósitos" (cf. 1 Co 1, 10), recordando las palabras de nuestro único Señor:  "En esto conocerán todos que sois discípulos míos:  si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 35).

3. Abrazo con particular afecto a mis hermanos obispos Christo, Gheorghi, Petko y Metodi, así como a todos los hijos e hijas de la Iglesia católica, sacerdotes, religiosos y laicos:  vengo a vosotros con el saludo y el deseo de paz que el Señor resucitado da a sus discípulos (cf. Jn 20, 19), para confirmaros en la fe y estimularos en el camino de la vida cristiana.

Saludo a los cristianos de las demás comunidades eclesiales, a los miembros de la comunidad judía, con su presidente, y a los fieles del islam, encabezados por el gran muftí, y reafirmo aquí, en sintonía con el encuentro de Asís, la convicción de que toda religión está llamada a promover la justicia y la paz entre los pueblos, el perdón, la vida y el amor.

4. Bulgaria acogió el Evangelio gracias a la predicación de san Cirilo y san Metodio, y aquella semilla sembrada en tierra fértil ha producido a lo largo de los siglos copiosos frutos de testimonio cristiano y de santidad. Incluso durante el largo y duro invierno del sistema totalitario, que marcó con el sufrimiento vuestro país, así como tantos otros países de Europa, se mantuvo la fidelidad al Evangelio, y numerosos hijos de este pueblo vivieron heroicamente su adhesión a Cristo, llegando en muchos casos hasta el sacrificio de su vida.

Quiero aquí rendir homenaje a esos valientes testigos de la fe, pertenecientes a las diversas confesiones cristianas. Que su sacrificio no sea estéril, sino que sirva de ejemplo y haga fecundo el compromiso ecuménico con vistas a la unidad plena de los cristianos. Que también se inspiren en ellos cuantos trabajan por la construcción de una sociedad basada en la verdad, en la justicia y en la libertad.

5. Es preciso curar las heridas y proyectar con optimismo el futuro. Ciertamente, se trata de un camino difícil y lleno de obstáculos, pero el compromiso concorde de todos los componentes de la nación hará posible alcanzar las metas deseadas. Sin embargo, hay que proceder con sabiduría en la legalidad y en la salvaguardia de las instituciones democráticas, sin escatimar sacrificios, conservando y promoviendo los valores que fundan la verdadera grandeza de una nación:  la honradez moral e intelectual, la defensa de la familia, la acogida de los necesitados y el respeto a la vida humana desde su concepción hasta su fin natural.

Ojalá que el esfuerzo de renovación social emprendido valientemente por Bulgaria encuentre  la acogida inteligente y el apoyo generoso de la Unión europea.

6. Probablemente aquí, cerca de las tumbas de los mártires, se reunieron en el año 342 ó 343 los obispos de Oriente y de Occidente para la celebración del importante concilio de Sérdica, donde se discutió sobre el destino de la Europa cristiana. En los siglos sucesivos, surgió aquí la basílica de la Sophia, la divina Sabiduría, que, según el pensamiento cristiano, indica los fundamentos sobre los cuales debe edificarse la ciudad de los hombres. El camino que conduce al auténtico progreso de un pueblo no puede ser sólo político y económico; también debe presuponer necesariamente la dimensión espiritual y moral. El cristianismo está en las raíces mismas de la historia y de la cultura de este país; por tanto, no se podrá prescindir de él en un serio proceso de crecimiento proyectado hacia el futuro.

La Iglesia católica, con el compromiso diario de sus hijos y la disponibilidad de sus estructuras, quiere contribuir a conservar y desarrollar el patrimonio de valores espirituales y culturales, del que el país se siente orgulloso. Desea unir sus esfuerzos con los de los demás cristianos, para poner al servicio de todos los fermentos de civilización que el Evangelio puede ofrecer a las generaciones del nuevo milenio.

7. Por su situación geográfica, Bulgaria sirve de puente entre la Europa oriental y la Europa del sur, casi como encrucijada espiritual, tierra de encuentro y de comprensión recíproca. Aquí han confluido las riquezas humanas y culturales de las diversas regiones del continente, y han encontrado acogida y respeto. Deseo rendir homenaje públicamente a esta tradicional hospitalidad del pueblo búlgaro, recordando en particular los beneméritos esfuerzos realizados para salvar a miles de judíos durante la segunda guerra mundial.

La Madre de Dios, aquí amada y venerada de forma particular, custodie a Bulgaria bajo su manto y obtenga que su pueblo crezca y prospere en la fraternidad y en la concordia. Dios todopoderoso colme de sus bendiciones a vuestro noble país, asegurándole un futuro próspero y sereno.

 

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