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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A AZERBAIYÁN Y BULGARIA

ENCUENTRO CON EL PATRIARCA MAXIM
Y EL SANTO SÍNODO

 

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Sofía, viernes 24 de mayo de 2002

 

Santidad;
venerados metropolitas y obispos, 
y todos vosotros, queridos hermanos en el Señor:
 

¡Cristo ha resucitado!

1. Me alegra poderme reunir con vosotros, hoy, 24 de mayo, porque este es un día particular, grabado profundamente en mi corazón y en mi memoria. Las visitas de las delegaciones búlgaras que, desde el inicio de mi ministerio como Obispo de Roma, he tenido la alegría de recibir en el Vaticano el día 24 de mayo de cada año, han sido para mí gratas ocasiones de encuentro no sólo con la noble nación búlgara, sino también con la Iglesia ortodoxa de Bulgaria y con Vuestra Santidad, en las personas de los obispos que lo representaban.

Hoy el Señor nos permite encontrarnos personalmente e intercambiarnos "el beso de la paz". Agradezco la disponibilidad con que Vuestra Santidad y el Santo Sínodo me han permitido realizar un profundo deseo, que alimentaba desde hace tiempo en mi corazón. Vengo a vosotros con sentimientos de estima por la misión que la Iglesia ortodoxa de Bulgaria está llevando a cabo, y deseo testimoniar respeto y aprecio por su compromiso en favor de estas poblaciones.

2. A lo largo de los siglos, a pesar de vicisitudes históricas complejas y a veces hostiles, la Iglesia que Vuestra Santidad guía hoy ha sabido anunciar con perseverancia la encarnación del Hijo unigénito de Dios y su resurrección. A toda generación ha repetido la buena nueva de la salvación. También hoy, al inicio del tercer milenio, con fuerzas renovadas testimonia la salvación que el Señor brinda a cada hombre y propone a todos la esperanza que no defrauda y que nuestro mundo necesita profundamente.

Santidad, mi visita, la primera en la historia que realiza a este país un Obispo de Roma, al encontrarme con usted juntamente con el Santo Sínodo, es con razón un momento de alegría, porque es signo de un crecimiento progresivo en la comunión eclesial. Sin embargo, esto no puede hacernos olvidar una franca constatación:  nuestro Señor Jesucristo fundó su Iglesia una y única, pero nosotros, hoy, nos presentamos al mundo divididos como si Cristo mismo estuviera dividido. "Esta división contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura" (Unitatis redintegratio, 1).

3. La comunión plena entre nuestras Iglesias ha sufrido dolorosas laceraciones en el decurso de la historia, "a veces, no sin culpa de los hombres por ambas partes" (ib., 3). "Desgraciadamente, estos pecados del pasado hacen sentir todavía su peso y permanecen como tentaciones del presente. Es necesario hacer propósito de enmienda, invocando con fuerza el perdón de Cristo" (Tertio millennio adveniente, 34).

Con todo, nos conforta un dato:  el alejamiento que ha existido entre católicos y ortodoxos nunca ha apagado en ellos el deseo de restablecer la plena comunión eclesial, para que se exprese de forma más evidente la unidad por la que el Señor oró al Padre. Hoy podemos dar gracias a Dios porque los vínculos existentes entre nosotros se han fortalecido mucho.

Ya el concilio Vaticano II subrayaba, al respecto, que las Iglesias ortodoxas "tienen verdaderos sacramentos, y sobre todo, en virtud de la sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía" (Unitatis redintegratio, 15). Además, el Concilio recordaba y reconocía que "una cierta variedad de ritos y costumbres no se opone a la unidad de la Iglesia, es más, aumenta su esplendor y contribuye no poco al cumplimiento de su misión" (ib., 16), y añadía:  "La observancia perfecta de  este principio tradicional, no siempre guardada, ciertamente, es condición previa absolutamente necesaria para el restablecimiento de la unidad" (ib.).

4. Al afrontar esta cuestión, no podemos por menos de dirigir nuestra mirada al ejemplo de unidad que dieron concretamente en el primer milenio los santos hermanos Cirilo y Metodio, de los que vuestro país guarda un recuerdo vivo y una herencia profunda. También los que en el ámbito político están trabajando en el proceso de unificación europea pueden mirar ese testimonio. En efecto, al buscar su propia identidad, el continente no puede por menos de volver a sus raíces cristianas. Europa entera, tanto la occidental como la oriental, espera el compromiso común de católicos y ortodoxos en defensa de la paz y la justicia, de los derechos del hombre y de la cultura de la vida.

El ejemplo de san Cirilo y san Metodio se propone como emblemático sobre todo con vistas a la unidad de los cristianos en la única Iglesia de Cristo. Enviados al este de Europa por el patriarca de Constantinopla para llevar la verdadera fe a los pueblos eslavos en su lengua, ante los obstáculos que les planteaban las diócesis occidentales limítrofes, que consideraban responsabilidad suya llevar la cruz de Cristo a los países eslavos, acudieron al Papa para que autenticara su misión (cf. Slavorum apostoli, 5). Por tanto, son para nosotros "como los eslabones de unión, o como un puente espiritual, entre la tradición oriental y la occidental, que confluyen en la única gran tradición de la Iglesia universal. Para nosotros son paladines y a la vez patronos en el esfuerzo ecuménico de las Iglesias hermanas de Oriente y Occidente, para volver a encontrar, mediante el diálogo y la oración, la unidad visible en la comunión perfecta y total; "unión  que (...) no es absorción ni tampoco fusión". La unidad es el encuentro en la verdad y en el amor que nos han  sido  dados por el Espíritu" (ib., 27).

5. Me complace evocar, en este encuentro, los múltiples contactos entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa de Bulgaria, iniciados con el concilio Vaticano II, al que envió sus propios observadores. Confío en que estos contactos directos, felizmente incrementados en los años pasados, influirán positivamente también en el diálogo teológico, en el que católicos y ortodoxos están comprometidos a través de la Comisión mixta internacional creada para ello.

Precisamente con el fin de alimentar el conocimiento recíproco, así como la caridad mutua y la colaboración fraterna, me alegra ofrecer a la comunidad ortodoxa búlgara de Roma el uso litúrgico de la iglesia de San Vicente y San Anastasio en Fuente de Trevi, según las modalidades que nuestros respectivos delegados deberán determinar.

Me han informado también de que el V Concilio de la Iglesia ortodoxa búlgara restableció, el pasado mes de noviembre, la metropolía de Silistra, la antigua Dorostol. De aquella región provenía el joven soldado Dasio, de cuyo martirio se celebra este año el XVII centenario.
Acogiendo de buen grado el deseo que me manifestaron, con alegría he traído conmigo, gracias a la generosa disponibilidad de la archidiócesis de Ancona-Osimo, una insigne reliquia del santo para regalarla a esta Iglesia.

6. Por último, Santidad, quisiera expresarle a usted y a todos los obispos de su Iglesia mi viva gratitud por la acogida que me han dispensado. Me siento profundamente conmovido.
Con sentimientos fraternos le aseguro mi constante oración para que el Señor conceda a la Iglesia ortodoxa de Bulgaria realizar con valentía, juntamente con la Iglesia católica, la misión de evangelización que él le ha confiado en este país.

Que Dios bendiga los esfuerzos de Vuestra Santidad, de los metropolitas y obispos, del clero, de los monjes y monjas, concediendo una abundante cosecha espiritual a los trabajos apostólicos de cada uno.

La Virgen santísima, venerada con ternura por los fieles de la Iglesia ortodoxa de Bulgaria, vele sobre ella y la proteja hoy y siempre.

¡Cristo ha resucitado!

 

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