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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A AZERBAIYÁN Y BULGARIA

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Aeropuerto de Plovdiv, 26 de mayo de 2002

 

Ilustres autoridades;
queridos hermanos en el episcopado;
hermanas y hermanos en el Señor:
 

1. Mi visita a la amada tierra de Bulgaria, a pesar de su breve duración, ha colmado mi corazón de emoción y alegría. El Papa ha tenido la oportunidad de encontrarse con el pueblo búlgaro, admirar sus virtudes y cualidades, y apreciar sus grandes talentos y sus generosas energías. Doy gracias a Dios, que me ha concedido realizar esta peregrinación precisamente en los días en que se celebra la memoria de los santos hermanos Cirilo y Metodio, apóstoles de los pueblos eslavos.

Doy las gracias a cuantos han contribuido a hacer agradable y útil este viaje. Ante todo, al señor presidente de la República y a las autoridades del Gobierno, que me han invitado, han colaborado eficazmente en la realización de mi visita y han honrado con su presencia los diversos encuentros.

Manifiesto, asimismo, mi sincera gratitud a Su Santidad el patriarca Maxim, a los metropolitas y obispos del Santo Sínodo, y a todos los fieles de la Iglesia ortodoxa de Bulgaria. Juntamente con los católicos, también los ortodoxos sufrieron en años aún recientes una dura persecución a causa de su fidelidad al Evangelio:  ojalá que tanto sacrificio haga fecundo el testimonio de los cristianos en este país y, con la gracia de Dios, apresure el día en que podamos gozar de la unidad plena restablecida entre nosotros.

Dirijo también un saludo cordial a los fieles del islam y a la comunidad judía:  que la adoración al único Dios altísimo inspire en todos propósitos de paz, de comprensión y de respeto mutuo, con el compromiso de construir una sociedad justa y solidaria.

2. Por último, dirijo mi saludo de despedida con particular afecto a los queridos hermanos en el episcopado y a todos los hijos de la Iglesia católica:  he venido a Bulgaria para celebrar juntamente con vosotros los misterios de nuestra fe y reconocer el don sublime del martirio con el que los beatos Eugenio Bossilkov, Pedro Vitchev, Pablo Djidjov y Josafat Chichkov confirmaron su fidelidad al Señor. Que su ejemplo sea para todos vosotros un fuerte estímulo a una generosa coherencia en la práctica de la vida cristiana.

A la luz de su glorioso testimonio, os exhorto:  "Dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza" (1 P 3, 15). De este modo, serviréis eficazmente a la causa del Evangelio y contribuiréis con creatividad original al verdadero progreso de Bulgaria.

3. Una última palabra a todo el amado pueblo búlgaro, sin distinción alguna. Una palabra que es eco de la que pronunció mi venerado predecesor, el beato Papa Juan XXIII, en el momento de dejar este país, en diciembre de 1934. Se refirió entonces a una tradición irlandesa según la cual, en la vigilia de Navidad, cada casa debe tener una vela encendida en la ventana para indicar a José y a María que allí los espera una familia en torno al fuego del hogar. A la multitud que había ido a despedirlo, monseñor Roncalli le dijo:  "Si alguien de Bulgaria pasa por mi casa, durante la noche, en medio de las dificultades de la vida, encontrará siempre en mi ventana la lámpara encendida. Llame, llame. No le preguntaré si es católico u ortodoxo:  basta que sea hermano de Bulgaria. Entre; dos brazos hermanos y un corazón afectuoso de amigo lo acogerán con alegría" (Homilía de Navidad, 25 de diciembre de 1934).

Estas palabras las repite hoy el Papa de Roma que, partiendo del hermoso País de las rosas, conserva en los ojos y en el corazón las imágenes de sus encuentros con todos vosotros.
Dios bendiga a Bulgaria; con la abundancia de su gracia haga que sus habitantes sientan mi afecto y mi gratitud; y conceda a la nación días de progreso, prosperidad y paz.

 

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