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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS SUPERIORES Y SUPERIORAS GENERALES DE INSTITUTOS MISIONEROS
Viernes
31 de mayo de 2002
Señor cardenal; venerados hermanos en el episcopado y en
el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas:
1. Me alegra encontrarme con vosotros, con ocasión de la reunión
organizada por la Congregación para la evangelización de los pueblos con los
superiores y las superioras de los institutos de vida consagrada y las
sociedades de vida apostólica comprometidos al servicio de la misión ad
gentes.
Saludo al señor cardenal Crescenzio Sepe y le agradezco las cordiales palabras
que me ha dirigido, haciéndose intérprete de los sentimientos de los
presentes. Os saludo a cada uno de vosotros, queridos hermanos y hermanas que
representáis a los numerosos institutos y sociedades dedicados al trabajo
misionero. Os agradezco a todos el servicio eclesial que prestáis según
vuestro carisma propio, y la cooperación que dais cada día a la difusión del
Evangelio en todo el mundo.
En la encíclica Redemptoris
missio escribí que, después de dos mil años, "la misión de
Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de
cumplirse" (n. 1). El concilio Vaticano II reafirmó que toda la Iglesia es
misionera y, por tanto, todo bautizado debe sentirse llamado a dar su contribución
al anuncio del Evangelio.
2. Además, si se mira bien, la misión y la vida consagrada son realidades
estrechamente interdependientes. En efecto, la dimensión misionera, al formar
parte de la naturaleza misma de la Iglesia, no puede ser facultativa para los
religiosos y las religiosas, los cuales, "dado que, por su misma consagración,
se dedican al servicio de la Iglesia, están obligados a contribuir de modo
especial a la tarea misional, según el modo propio de su instituto" (ib.,
69; cf. Código de derecho canónico, c. 783). Así pues, se puede decir
que el espíritu misionero se halla en el corazón mismo de toda forma de vida
consagrada (cf. Vita
consecrata, 25).
A lo largo de los siglos las personas consagradas han estado siempre en la
vanguardia de la acción misionera ad gentes. Muchas de ellas han dejado
su casa, su familia y su país de origen para ir con valentía "hasta los
confines de la tierra" (cf. Hch 1, 8), a fin de llevar a todo hombre
y a toda mujer el mensaje del Evangelio. Han debido afrontar a menudo
dificultades y obstáculos, renuncias y sacrificios. Algunos, ciertamente no
pocos, han sellado con el martirio su testimonio de Cristo.
Tras esas huellas también vuestros institutos siguen caminando con una única
finalidad, la de hacer que la luz del Evangelio ilumine a cuantos "habitan
en tinieblas y sombras de muerte" (Lc 1, 79).
3. Aprovecho de buen grado este encuentro para agradeceros vuestro generoso
compromiso en favor de la misión. Al mismo tiempo, os quisiera invitar a
dedicaros con mayor determinación aún a esta causa, reviviendo en vosotros el
celo ardiente de san Pablo, que exclamaba: "¡Ay de mí si no
predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16).
Ciertamente, la misión es exigente y ante los problemas, las incomodidades, las
incomprensiones y la disminución de las vocaciones misioneras ad vitam,
podría surgir a veces la tentación del desaliento y del cansancio. Podríais
contagiaros del peligro de la rutina o de una cierta aridez espiritual. Resistid
a estos peligros, hallando en la unión profunda con Dios el vigor para superar
todo obstáculo.
Que os sostenga la certeza de que Cristo está presente. Él nos asegura:
"He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28, 20). El Señor está siempre con nosotros, tanto
en los momentos de intensidad espiritual y de "cosecha de frutos",
como en los tiempos del trabajo y el dolor "de la siembra". Como
recuerda el salmista, también el misionero "al ir va llorando, llevando la
semilla; al volver, vuelve cantando trayendo sus gavillas" (Sal 125,
6).
4. En la prometedora etapa de la nueva evangelización, que estamos
viviendo, es necesario seguir cultivando una fecunda comunión entre los
institutos misioneros, los obispos y las Iglesias particulares, manteniendo un
diálogo constante, animado por la caridad, tanto a nivel diocesano como
nacional, con las Uniones de superiores y superioras, en el respeto de los
diversos carismas, tareas y ministerios.
A este propósito, son muy útiles los convenios estipulados entre los obispos y
los moderadores de los institutos que se dedican a la tarea misional
(cf. Código de derecho canónico, can. 790, 1, 2°), para que
las relaciones establecidas, los esfuerzos realizados y las estructuras creadas
contribuyan del mejor modo posible a la actividad misional de la Iglesia.
El espíritu de comunión, que nace del sentir cum Ecclesia (cf. Vita
consecrata, 46), se desarrolla de modo significativo en la colaboración
con la Sede apostólica y con los organismos encargados de la actividad
misional, principalmente con la Congregación para la evangelización de los
pueblos, a la que compete "dirigir y coordinar en todo el mundo la obra de
evangelización" (Pastor
bonus, art. 85). Por tanto, me alegra el encuentro organizado durante
estos días, dedicado a la reflexión, al intercambio y a la búsqueda de una
colaboración más intensa y fecunda. Os invito a repetir esta experiencia y a
mantener siempre vivo el clima de comunión que se crea en estas reuniones.
5. Amadísimos hermanos y hermanas, os acompaño y estoy cerca de vosotros
con la oración, a la vez que invoco sobre vuestro compromiso la protección
celestial de los numerosos mártires y santos misioneros, y de los fundadores y
fundadoras de vuestros institutos. Os encomiendo, en esta fiesta de la Visitación
de la santísima Virgen María, a la Estrella de la evangelización, para que os
sostenga en vuestro servicio misionero diario y sea vuestro modelo de entrega
total al Evangelio.
Con estos sentimientos, os imparto de corazón una bendición apostólica
especial, que extiendo de buen grado a todos los miembros de vuestras
comunidades respectivas y a cuantos encontréis en vuestro apostolado.
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