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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A la Fraternidad católica Vuestra reflexión sobre la vida familiar, la juventud y la promoción humana no puede por menos de abrir vuestro corazón y vuestra mente a las necesidades de la humanidad, que se esfuerza por encontrar una finalidad en un mundo turbado con mucha frecuencia por una "crisis de sentido" (Fides et ratio, 81). Sois plenamente conscientes de la urgencia de una nueva evangelización, una evangelización de la cultura, para que la vida se caracterice por la esperanza más que por el miedo o el escepticismo. En mi carta apostólica Novo millennio ineunte animé a todos a confiar en las palabras de Cristo a Pedro: "Rema mar adentro" -"Duc in altum!"- (Lc 5, 4). Os exhorto a hacer que vuestras comunidades sean signos vivos de esperanza, faros de la buena nueva de Cristo para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Ser testigos auténticos de la esperanza significa ser testigos auténticos de la verdad y de la visión de la vida confiada a la Iglesia y proclamada por ella. La comunión de fe y de vida, en unión cordial con los sucesores de los Apóstoles, es de por sí un fuerte testimonio del ancla de verdad que el mundo tanto necesita. Por eso, el gran desafío que afrontamos en este nuevo milenio consiste en hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión (cf. Novo millennio ineunte, 43). Y desde luego, lo que es un desafío para toda la Iglesia, lo es también para la Fraternidad católica de comunidades carismáticas de la Alianza. La fidelidad a la índole eclesial de vuestras comunidades hará que su oración y su actividad sean instrumentos del profundo misterio vivificante de la Iglesia. Precisamente esto determinará su capacidad de atraer a nuevos miembros. Así, con san Pedro, os exhorto a dar razón de la esperanza que hay en vosotros; pero hacedlo con dulzura y respeto (cf. 1 P 3, 15-16). Encomendando los trabajos de vuestra conferencia a la protección constante de María, Madre de la Iglesia y Sede de la Sabiduría, os imparto de buen grado mi bendición apostólica a cada uno de vosotros y a las comunidades que representáis. Vaticano, 7 de noviembre de 2002
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