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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA
PLENARIA DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS


Lunes 11 de noviembre de 2002

 

Queridos miembros de la Academia pontificia de ciencias: 

Me alegra saludaros con ocasión de vuestra asamblea plenaria, y doy una bienvenida particularmente cordial a los nuevos miembros. Vuestro debate y reflexión de este año se centra en el tema:  "Los valores culturales de la ciencia". Este tema os permite considerar los desarrollos científicos en su relación con otros aspectos generales de la experiencia humana.

De hecho, antes de hablar de los valores culturales de la ciencia, podríamos afirmar que la ciencia misma representa un valor para el conocimiento humano y para la comunidad humana. En efecto, gracias a la ciencia comprendemos mejor hoy el lugar que ocupa el hombre en el universo, la relación entre la historia humana y la historia del cosmos, la cohesión estructural y la simetría de los elementos que componen la materia, la notable complejidad y, al mismo tiempo, la asombrosa coordinación de los procesos vitales mismos. Gracias a la ciencia podemos apreciar mucho mejor lo que un miembro de esta Academia ha llamado "la maravilla del ser humano":  es el título que John Eccles, galardonado con el premio Nobel en 1963 por sus investigaciones en el campo de la neurofisiología y miembro de la Academia pontificia de ciencias, dio a su libro sobre el cerebro y la mente humana (J.C. Eccles, D. N. Robinson, The Wonder of Being HumanOur Brain and Our Mind, Free Press, Nueva York 1984).

Este conocimiento representa un valor extraordinario y profundo para toda la familia humana, y tiene también un gran significado para las disciplinas filosófica y teológica al continuar a lo largo del camino del intellectus quaerens fidem y de la fides quaerens intellectum, y al buscar una comprensión cada vez más completa de la riqueza del conocimiento humano y de la revelación bíblica. Si la filosofía y la teología captan hoy mejor que en el pasado lo que significa un ser humano en el mundo, lo deben en gran parte a la ciencia, porque esta nos ha mostrado cuán numerosas y complejas son las obras de la creación y cuán ilimitado es aparentemente el cosmos creado. La admiración absoluta que inspiró las primeras reflexiones filosóficas sobre la naturaleza no disminuye cuando se hacen nuevos descubrimientos científicos. Al contrario, aumenta cuando se logra una nueva percepción. La especie capaz de "asombro creatural" se transforma cuando nuestra comprensión de la verdad y de la realidad se hace más amplia, cuando somos estimulados a investigar cada vez más profundamente en el ámbito de la experiencia y la existencia humanas.

Con todo, el valor cultural y humano de la ciencia se aprecia también en su paso del nivel de investigación y reflexión al de actuación práctica. De hecho, el Señor Jesús dijo a sus discípulos:  "A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho" (Lc 12, 48). Por eso los científicos, precisamente porque "saben más", están llamados a "servir más". Dado que la libertad de que gozan en la investigación les permite el acceso al conocimiento especializado, tienen la responsabilidad de usarlo sabiamente en beneficio de toda la familia humana. No me refiero sólo a los peligros que entraña una ciencia desprovista de una ética fundada firmemente en la naturaleza de la persona humana y en el respeto del medio ambiente, temas que he abordado muchas veces en el pasado (cf. Discursos a la Academia pontificia de ciencias, 28 de octubre de 1994, 27 de octubre de 1998 y 12 de marzo de 1999; Discurso a la Academia pontificia para la vida, 24 de febrero de 1998).

Pienso también en los enormes beneficios que la ciencia puede aportar a los pueblos del mundo a través de la investigación básica y las aplicaciones tecnológicas. Cuando la comunidad científica protege su autonomía legítima de las presiones económicas y políticas, sin ceder a las fuerzas del consenso o a la búsqueda del lucro, y se entrega a una investigación desinteresada, orientada a la verdad y al bien común, puede ayudar a los pueblos del mundo y servirles de una manera que no es posible a otras estructuras.

Al inicio de este nuevo siglo, los científicos deben preguntarse si no pueden hacer algo más a este respecto. En un mundo cada vez más globalizado, ¿no deben hacer mucho más para elevar los niveles de instrucción y mejorar las condiciones sanitarias, para estudiar estrategias con vistas a una distribución más equitativa de los recursos, para facilitar la libre circulación de la información y el acceso de todos al conocimiento que mejora la calidad de vida y eleva sus niveles? ¿No pueden hacer oír su voz más claramente y con mayor autoridad en favor de la paz del mundo? Sé que pueden hacerlo, y sé que podéis hacerlo también vosotros, queridos miembros de la Academia pontificia de ciencias. A la vez que os preparáis para celebrar el IV centenario de la Academia, el próximo año, transmitid estas preocupaciones y aspiraciones comunes a las agencias internacionales para las que trabajáis y a vuestros colegas, llevadlas a los lugares donde os dedicáis a la investigación y a la enseñanza. De esta manera, la ciencia ayudará a unir las mentes y los corazones, promoviendo el diálogo no sólo entre los investigadores en las diferentes partes del mundo, sino también entre las naciones y las culturas, dando una inestimable contribución a la paz y a la armonía entre los pueblos.

A la vez que os renuevo mi cordial deseo de éxito en vuestro trabajo durante estos días, elevo mi voz al Señor del cielo y de la tierra, pidiendo que vuestra actividad sea cada vez más un instrumento de verdad y de amor en el mundo. Sobre vosotros, sobre vuestras familias y sobre vuestros colegas invoco de corazón una abundancia de gracia y bendiciones divinas.

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