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MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
A su excelencia reverendísima Al dirigir mi cordial saludo a los organizadores y a cuantos intervengan en el Congreso, expreso mi sincero aprecio por esta iniciativa, que responde muy bien a la orientación pastoral indicada en la carta apostólica Novo millennio ineunte: "Muchas cosas serán necesarias para el camino histórico de la Iglesia también en este nuevo siglo; pero si faltara la caridad (ágape), todo sería inútil" (n. 42). La caridad implica espíritu de fraternidad en la Iglesia, llamada a ser casa y escuela de comunión (cf. ib., 43). Además, la caridad exige por su misma naturaleza prestar una atención operante y concreta a todo ser humano, especialmente a los pequeños y los pobres. En el vasto campo de acción de esta renovada "creatividad de la caridad" (ib., 50), tienen un papel insustituible que desempeñar los laicos cristianos, llamados a animar con espíritu evangélico todos los ámbitos de la vida social. Para hacerlo, deberán mantener fija su mirada en Cristo, haciéndose cada vez más capaces de auténtica oración contemplativa. Es preciso recomenzar constantemente de él y reconocer su rostro en los hermanos más probados y marginados. Que la Virgen María, espejo de caridad y justicia, sea para cada uno modelo para imitar y Madre a quien invocar incesantemente. En el contexto espiritual y eclesial del Año del Rosario, que he querido convocar para invitar a los fieles a redescubrir esa valiosa oración, este Congreso asume una importancia singular, especialmente por la obra que desea promover. Que la meditación de los misterios de Cristo, contemplados bajo la guía de María en el rezo del santo Rosario, cree el clima propicio para construir una realidad humana impregnada del amor redentor de Cristo. Con este fin, aseguro mi recuerdo en la oración, a la vez que expreso mis
mejores deseos, que acompaño de buen grado con una bendición apostólica
especial.
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