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MENSAJE
DEL PAPA JUAN PABLO II
A la reverenda madre Con gran alegría me uno a vuestra acción de gracias al Señor por los beneficios recibidos. Aliento igualmente vuestro deseo de mirar al futuro con valentía profética, para comprender mejor cuáles son los desafíos y las expectativas de la Iglesia y del mundo. Es lo que queréis hacer durante la actual asamblea capitular, que tiene como tema: "Nuestro carisma en un mundo que cambia". 2. Vuestro carisma hunde sus raíces en el admirable misterio de la Visitación de la Virgen a santa Isabel. A esta escena evangélica, muy elocuente en su sencillez, se dirige la atención de cada una de vosotras. Queréis inspiraros siempre en ella, tanto cuando trabajáis entre los niños abandonados y desnutridos, como cuando os ponéis al servicio de los ancianos y los enfermos, en las parroquias o en tierra de misión. Ciertamente, las riquezas espirituales que brotan de este pasaje del evangelio de san Lucas son inagotables. El ejemplo de la Virgen requiere ser actualizado y adaptado constantemente según las diversas exigencias históricas, geográficas y culturales. En un mundo que cambia, el carisma no se modifica, pero necesita, para trabajar eficazmente y dar frutos abundantes, la "creatividad de la caridad" de la que hablé en la carta apostólica Novo millennio ineunte (cf. n. 50). 3. Ser "Esclavas de la Visitación" significa imitar cada día a María santísima, que, habiendo acogido con fe el anuncio del ángel, "se dirigió con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá" (Lc 1, 39), para estar cerca de Isabel, que necesitaba ayuda porque esperaba a Juan el Precursor. Hacerse prójimo de la persona necesitada: este es el mandamiento que Cristo dio a todo discípulo, y que vosotras asumís como ideal y objetivo de vuestra existencia y de vuestra acción comunitaria. Dios revela a María el prodigioso embarazo de su prima anciana, como signo de que para él nada es imposible. También a vosotras el Señor os ha indicado y seguirá indicándoos a las personas con las que debéis ser solidarias, para que en vosotras y en ellas crezcan la fe y la gratitud hacia su misericordia infinita y omnipotente. Queridas hermanas, proseguid en esta dirección, conscientes de que en el prójimo necesitado honráis y servís a Cristo mismo. Además, procurad crecer cada día más en el espíritu de comunión fraterna. Una comunidad donde reina la caridad de Cristo trabaja con alegría y armonía, superando más fácilmente obstáculos y dificultades. 4. Queridísimas hermanas, sed sobre todo personas de fe y oración
incesante. La comunión íntima con Dios, "realizada en nosotros por el Espíritu
Santo, nos abre, por Cristo y en Cristo, a la contemplación del rostro del
Padre" (Novo
millennio ineunte, 32). ¿Qué sería vuestro instituto sin esta alma?
¿Qué sería el servicio a los hermanos sin el impulso invisible de la oración
constante? Todo se reduciría a mera asistencia y actividad social, perdiendo su
valor de testimonio profético. A cada una de vosotras deseo que viva y trabaje en su comunidad con este estilo, que crea el clima favorable a la santidad. En Italia, Polonia, Brasil, Filipinas, Kenia y Madagascar, y en cualquier lugar donde la Providencia quiera llamaros, conservad intacto vuestro carisma. Que os guíe y asista María, la Virgen de la Visitación: con ella elevad cada día vuestro "magníficat" a Dios, rico en misericordia. Por mi parte, no dejaré de recordaros en la oración, a la vez que os bendigo de corazón a vosotras, los trabajos del capítulo y a toda vuestra familia religiosa. Vaticano, 8 de septiembre de 2002
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