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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS PEREGRINOS QUE HABÍAN PARTICIPADO
EN LA CANONIZACIÓN


Lunes 7 de octubre de 2002

 

Amadísimos hermanos y hermanas: 

1. Con alegría os dirijo mi cordial saludo, al día siguiente de la canonización del beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Agradezco a monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, las palabras con que se ha hecho intérprete de todos los presentes. Saludo con afecto a los numerosos cardenales, obispos y sacerdotes que han querido participar en esta celebración.

Para este encuentro festivo se ha reunido una gran multitud de fieles, procedentes de numerosos países y pertenecientes a los ambientes sociales y culturales más diversos:  sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, intelectuales y artesanos. Es un signo del celo apostólico que ardía en el alma de san Josemaría.

2. En el fundador del Opus Dei destaca el amor a la voluntad de Dios. Existe un criterio seguro de santidad:  la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. El Señor tiene un proyecto para cada uno de nosotros; a cada uno confía una misión en la tierra. El santo no logra ni siquiera concebirse  a sí mismo fuera del designio de Dios:  vive sólo para realizarlo.

San Josemaría fue elegido por el Señor para anunciar la llamada universal a la santidad y para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Se podría decir que fue el santo de lo ordinario. En efecto, estaba convencido de que, para quien vive en una perspectiva de fe, todo ofrece ocasión de un encuentro con Dios, todo se convierte en estímulo para la oración. La vida diaria, vista así, revela una grandeza insospechada. La santidad está realmente al alcance de todos.

3. Escrivá de Balaguer fue un santo de gran humanidad. Todos los que lo trataron, de cualquier cultura o condición social, lo sintieron como un padre, entregado totalmente al servicio de los demás, porque estaba convencido de que cada alma es un tesoro maravilloso; en efecto, cada hombre vale toda la sangre de Cristo. Esta actitud de servicio es patente en su entrega al ministerio sacerdotal y en la magnanimidad con la cual impulsó tantas obras de evangelización y de promoción humana en favor de los más pobres.

El Señor le hizo entender profundamente el don de nuestra filiación divina. Él enseñó a contemplar el rostro tierno de un Padre en el Dios que nos habla a través de las más diversas vicisitudes de la vida. Un Padre que nos ama, que nos sigue paso a paso y nos protege, nos comprende y espera de cada uno de nosotros la respuesta del amor. La consideración de esta presencia paterna, que lo acompaña a todas partes, le da al cristiano una confianza inquebrantable; en todo momento debe confiar en el Padre celestial. Nunca  se  siente solo ni tiene miedo. En la cruz -cuando se presenta- no ve un castigo sino una misión confiada  por  el mismo Señor. El cristiano es necesariamente optimista, porque sabe que es hijo de Dios en Cristo.

4. San Josemaría estaba profundamente convencido de que la vida cristiana entraña una misión y un apostolado:  estamos en el mundo para salvarlo con Cristo. Amó apasionadamente el mundo, con un "amor redentor" (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 604). Precisamente por eso, sus enseñanzas han ayudado a tantos fieles a descubrir la fuerza redentora de la fe, su capacidad de transformar la tierra.

Este mensaje tiene numerosas implicaciones fecundas para la misión evangelizadora de la Iglesia. Fomenta la cristianización del mundo "desde dentro", mostrando que no puede haber conflicto entre la ley divina y las exigencias del auténtico progreso humano. Este sacerdote santo enseñó que Cristo debe ser la cumbre de toda actividad humana (cf. Jn 12, 32). Su mensaje impulsa al cristiano a actuar en lugares donde se está forjando el futuro de la sociedad. De la presencia activa de los laicos en todas las profesiones y en las fronteras más avanzadas del desarrollo sólo puede derivar una contribución positiva para el fortalecimiento de la armonía entre fe y cultura, que es una de las mayores necesidades de nuestro tiempo.

5. San Josemaría Escrivá dedicó su vida al servicio de la Iglesia. En sus escritos, los sacerdotes, los laicos que siguen los caminos más diversos, los religiosos y las religiosas encuentran una fuente estimulante de inspiración. Queridos hermanos y hermanas, al imitarlo con una apertura de mente y de corazón, dispuestos a servir a las Iglesias locales, contribuís a fortalecer la "espiritualidad de comunión" que la carta apostólica Novo millennio ineunte indica como uno de los objetivos más importantes para nuestro tiempo (cf. nn. 42-45).

Me complace concluir refiriéndome a la fiesta litúrgica de hoy, Nuestra Señora del Rosario. San Josemaría escribió un hermoso opúsculo titulado "Santo rosario", que se inspira en la infancia espiritual, disposición del alma propia de quienes quieren llegar a un abandono total a la voluntad divina. De todo corazón os encomiendo a la protección materna de María a todos vosotros, así como a vuestras familias y vuestro apostolado, agradeciéndoos vuestra presencia.

6. Doy las gracias una vez más a todos los presentes, especialmente a los que han venido de lejos. Queridos hermanos y hermanas, os invito a dar por doquier un testimonio luminoso de fe, según el ejemplo y la enseñanza de vuestro santo fundador. Os acompaño con mi oración y os bendigo de corazón a vosotros, a vuestras familias y vuestras actividades.

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